Totem

III. Yomi

Miraron hacia el interior de aquel lugar. La inmensidad que se extendía ante ellos los dejó mudos durante unos segundos. Los sucesos y emociones encadenados de los últimos minutos no les habían permitido fijarse en el entorno hasta ese momento. Se trataba de una inmensa llanura casi desprovista de vegetación salvo por una especie de arbustos ennegrecidos y sin vida, como si algo los hubiera devorado desde dentro, dejando únicamente el esqueleto. El paraje era bañado por una luz rojiza de origen desconocido, pues no se veía su fuente, ya fuera esta natural o artificial. Mucho más allá, se vislumbraba una luz más clara y limpia en la cual los chicos querían adivinar un paisaje menos terrorífico e insano. No obstante, era necesario pasar por allí y comenzaron a caminar con cautela, mirando a su alrededor, pendientes de cualquier movimiento o criatura que pudiera resultar hostil.

—¿Cómo encontraremos a Samina? Esto parece no tener fin —dijo Luís.

Al oír la pregunta, el Sensei frunció el ceño y bajó la mirada, sin dejar de caminar. Los chicos lo observaban con curiosidad, pues todavía no se habían acostumbrado a su nueva apariencia, o mejor dicho, a su antigua apariencia.

Luís se disponía a repetir la pregunta, cuando su maestro respondió:

—De momento, lo único que podemos hacer es utilizar el vínculo que nos conecta con ella, sobre todo a ti, Irma. Vosotras dos estáis muy unidas. Concéntrate, intenta sentir cuál es su paradero y no ignores tus intuiciones. Las reglas de nuestro mundo no rigen aquí. Estamos demasiado limitados por lo material y la excesiva racionalidad de nuestro mundo. Hemos dejado abandonada nuestra parte intuitiva y espiritual. Pero aquí, esa parte es muy importante. Solo tenéis que buscarla en vuestro interior. La encontraréis. No está muerta, solo dormida.

—Mientras tanto, debemos seguir caminando. No es seguro quedarse parados.

—Pero, ¿en qué dirección? —inquirió Hamdi.

—¿Sientes algo, Irma? —preguntó a su vez el Sensei.

—No —respondió la muchacha, abrumada por la responsabilidad.

—¿Luís? —El Sensei confiaba en las dotes mentales de Luís, pero este negó silenciosamente.

—No os preocupéis, la encontraremos. Vuestra intuición no tardará en despertar de su letargo.

—Yo creo que deberíamos ir hacia esa luz —dijo Hamdi, señalando el resplandor que habían vislumbrado en su primera exploración visual del lugar—. Parece más luminoso que esto… o menos lúgubre, por lo menos.

El Sensei asintió y el grupo varió la dirección, de acuerdo con la propuesta de Hamdi.

Después de varios minutos de silencio, Irma hizo una pregunta al Sensei.

—¿Sabes qué extensión tiene esto?

—Es imposible saberlo. Y aunque alguien tuviera ese conocimiento, no creo que se pudiera medir en términos físicos. Ni siquiera el tiempo transcurre de la misma forma.

—¿Eso significa que cuando volvamos pueden haber pasado cien años y nuestra familia haber muerto o al contrario, que hayan pasado años para nosotros y para ellos solo un minuto o algo así?

El Sensei levantó las manos, pidiendo calma a Luís. La imaginación del muchacho podía contribuir a que cundiera el pánico. Había que sujetar con firmeza las riendas de ese fogoso corcel antes de que se desbocara.

—No, simplemente quiero decir que hay un desfase de tiempo, tal vez de unas horas, pero no puedo precisar más. Sea como fuere, estamos aquí y no nos vamos a echar atrás, así que concentrémonos en encontrar a Samina. Nos ocuparemos de los problemas según vayan apareciendo, no antes. Pero hay varias cosas que quiero que entendáis: cualquier ser del universo puede acceder a Yomi, siempre que sepa cómo. Hay muchos guías que muestran la entrada, como yo estoy haciendo con vosotros. Eso significa que hay criaturas de todo tipo: algunas tienen buenas intenciones, otras malas y otras… peores. Lo que intento deciros es que nunca se puede saber lo que uno puede encontrar aquí y hay que estar en guardia. No os fiéis de lo que veáis u oigáis, porque gran parte de ello está creado por las mentes de los que permanecen aquí. Podemos encontrar paraísos, infiernos o lugares aparentemente corrientes y vulgares, dependiendo de la mente de la cual surjan.

—Entonces, podríamos crear mundos. ¡Qué pasada! —exclamó Hamdi entusiasmado.

—Sí, si te quedas el suficiente tiempo aquí, lo cual no es muy recomendable. Existe el riesgo de quedarte enganchado, de olvidar que este no es tu sitio y que tienes una vida fuera.

—Y además podríamos viajar en el tiempo. Tú lo hiciste ¿no, Sensei? —preguntó Luís. Hamdi había vuelto a avivar su fuego creativo.

—Bueno, yo no tuve elección. —La conversación estaba tomando unos derroteros que no entusiasmaban lo más mínimo al Sensei. Los chicos se estaban formando una idea equivocada—. Esto no es un parque de atracciones.  Estamos aquí para salvar a Samina, nada más. Jugar con este sitio es como hacerlo con gasolina. Si no vas con mucho cuidado, si utilizas solo un poco más de la cuenta, te explotará en la cara.

Apenas dejó de hablar el Sensei, el crujido de una rama asustó a los chicos. La conversación se había terminado. Una figura se recortaba contra la rojiza luz omnipresente, propia de un apocalipsis post-nuclear.

—Bienvenido de nuevo, samurai. O mejor dicho, ronin.

—Saludos, chamán —respondió el Sensei. Los dos hombres se trataban mutuamente como si se hubieran visto el día anterior. Los chicos se relajaron ligeramente al oír la palabra «chamán».

—Algo muy grave debe haber ocurrido para que vuelvas a este lugar de sufrimiento y confusión, contraviniendo las instrucciones que te di.

—Creo que sabes perfectamente lo que hacemos aquí y que no habría vuelto, y menos todavía arrastrando aquí a los chicos, a menos que ocurriera algo de extrema gravedad.

—Tu misión era protegerlos, no ponerlos en peligro, ronin.

La dura afirmación del chamán golpeó al Sensei como un mazazo. Sus alumnos se miraron entre sí, sin entender. ¿Misión? ¿A qué misión se refería ese hombre?

—Lo sé —respondió dolido el Sensei—. Precisamente estamos aquí para salvar a uno de los miembros del grupo.

—Deberías haber evitado que a ella le pasara algo —insistió el chamán.

—Para ello deberías haberme dotado del don de la videncia, porque no puedo ver el futuro ni estar en dos lugares a la vez.

—¡Deje de culpar al Sensei! —gritó Irma. Y deje de hablar de nosotros como si no estuviéramos presentes. Él no pudo hacer nada porque no sabía nada. Yo se lo oculté. ¡Yo tuve la culpa!

Irma calló sin dejar de mirar furiosamente al chamán, con el pecho hinchándose y deshinchándose rápidamente. Los demás también lo miraban con expresión hostil.

—Vaya, Sensei —dijo el chamán, después de un tenso silencio—. Parece ser que tus alumnos te profesan una gran devoción.

—Mucho mayor de la que merezco —respondió el aludido.

—Algo debes haber hecho bien cuando te defienden con tal lealtad. Aunque la vehemente jovencita es la que ha alzado su voz, no hay que ser muy sagaz para darse cuenta de que los demás están de acuerdo con ella. Así pues, me disculpo por haberme precipitado en juzgarte, ronin. Y no solo ante ti, sino también ante tus alumnos. —Miró al grupo de adolescentes, a los que había ignorado hasta el momento—. Y especialmente ante ti, señorita cascarrabias. —Seguidamente dibujó una leve sonrisa para suavizar el calificativo, e hizo una teatral reverencia para enfatizar su disculpa—. ¡Ah! Una cosa más: tú tampoco tuviste la culpa de lo que le pasó a tu amiga.

La afirmación desconcertó a Irma. A pesar de ello, continuó contradiciendo al chamán.

—Usted no estaba allí, no puede saber lo que pasó.

—Estoy de acuerdo en lo primera afirmación, no así en la segunda. Ronin —continuó sin dar a Irma la oportunidad de responder—, seguid la podredumbre. Os conducirá hasta la chica.

Sin previo aviso ni despedida alguna, el chamán se dio la vuelta y echó a caminar, internándose en una neblina más espesa todavía que la que reinaba en el resto de aquel lugar sin vida. Irma echó a correr tras él.

—Espere, por favor. Díganos algo más.

Pero el hombre había desaparecido. Irma miró en todas direcciones, intentando localizarlo. Fue inútil.

—Irma, no te esfuerces —advirtió el Sensei con calma—. No volverá por mucho que lo llames. Debemos hacer lo que nos ha indicado. Estad atentos a cualquier cosa que pueda parecerse a la podredumbre a la que se refería el chamán.

Irma no parecía muy convencida, pero se rindió, y volvió a unirse al grupo en silencio. Después de unos minutos, su inquieta mente volvió a agitarse.

—Sensei, el chamán hablaba de nosotros como si nos conociera y parecía saber lo que le pasó a Samina. ¿Cómo es posible?

—Yo no sé mucho más que vosotros. El chamán siempre habla de forma enigmática y nunca satisface completamente la curiosidad o las inquietudes de quien lo interroga. Jamás responderá una pregunta si no es su intención hacerlo. Pero puede que sea mejor así. Algunas cosas es mejor descubrirlas por uno mismo. Puede dar la impresión de insensible, pero no lo es. Sé que es difícil de creer, pero yo lo conozco bien. Te dice siempre lo que necesitas saber, ni una palabra más.  

—Entonces, ¿no sabes a qué se refería con lo de «tu misión».

—Me encargó la misión de ayudar a todo el que pudiera, pero también me dijo que debía esperar algo especial, como os conté. Ya no sé más. Tal vez mi verdadera misión seáis vosotros.

—¿Y qué tenemos de especial nosotros? Somos un grupo de pringaos.

El Sensei sonrió y miró a Irma con sus ojos rasgados.

—Mucho, Irma, tenéis mucho de especial. Y ahora, concentrémonos en buscar pistas. El resto lo iremos descubriendo poco a poco.

Después de caminar un buen rato sin rumbo fijo, Alberto exclamó:

—¡Deeajh! ¡Qué asco! Parece un moco. Yo diría que el tío de la melena podría referirse a esto cuando dijo lo de la podredumbre.

Los demás se acercaron a Alberto y vieron algo parecido a una salpicadura en la cual se entremezclaban varias tonalidades, dominando un sucio verde con una fosforescencia interna que la hacía brillar levemente en la penumbra. La textura era densa y pegajosa y desprendía un olor nauseabundo. Alberto tenía razón, aquello era muy parecido a un moco.

—El dueño de esto debe tener un buen resfriado. Debería ir al médico porque está podrido por dentro —diagnosticó Alberto.

—¡Ah! Cállate ya, me están dando náuseas, tío —se quejó Luís con una mueca de asco.

Alberto sonrió como si acabaran de hacerle un cumplido.

—¡Mirad, allí hay otro salivazo! —dijo Hamdi.

Hamdi tenía razón. Un nuevo salivazo infecto, pues eso parecía, se destacaba en la uniforme penumbra rojiza. Un poco más adelante divisaron otro… y otro más allá. No era difícil localizarlos debido a su matiz fosforescente. A medida que avanzaban siguiendo el asqueroso rastro, la distancia entre una salpicadura de inmundicia y otra se reducía, hasta que se formó un hilo continuo que un poco más allá adquirió la anchura de un pequeño riachuelo. Al alzar la vista quedaron impresionados al divisar cientos de riachuelos verdosos que corrían casi en paralelo al que estaban siguiendo, todavía a cierta distancia. Sin embargo, en la lejanía, vieron cómo iban aproximándose y ensanchando su caudal poco a poco hasta confluir en un punto. Se miraron tan asqueados por el repugnante espectáculo como animados por estar acercándose a Samina. Si el chamán estaba en lo cierto, claro.

—¿Cómo es posible que no los hayamos visto antes? Vienen de todas direcciones —observó Luís.

—No sé. Aquí es todo muy raro —respondió Alberto.

—La lógica de nuestro mundo no sirve en este lugar. Tenéis que deshaceros de ella mientras permanezcamos en su interior—dijo el Sensei con gesto sombrío.

De tácito acuerdo, aceleraron el paso hasta que se descubrieron corriendo junto a las corrientes de mocos. Algo comenzaba a divisarse en la lejanía. Algo inmenso. Parecía una montaña de la misma tonalidad que los ríos. La luz rojiza había quedado atrás. La había sustituido otra de un blanquecino insano que parecía brotar de algún punto cercano al monte al que parecían dirigirse los riachuelos, que iban aumentando su caudal y convirtiéndose en verdaderos ríos a medida que se alimentaban de cientos de afluentes que llegaban de quién sabe dónde. Consecuentemente, la franja de tierra sobre la que avanzaban se estrechaba al mismo ritmo. Comenzaron a distinguir grupos de árboles enfermizos y encorvados que precedían al montículo como siervos que se postran ante su señor con profundas reverencias.

Siguieron aproximándose hasta llegar a la primera hilera de árboles. Avanzaron entre la vegetación que había entre ellos, agachados, intuyendo la cercanía del peligro. El Sensei les ordenó que se detuvieran y se escondieran. Todos lo agradecieron. La carrera en pos de los ríos de flemas les había pasado factura. Estaban agotados y jadeantes.

—A nadie se le habrá ocurrido traer agua, ¿no? —preguntó Hamdi cuando consiguió recuperar el aliento.

El Sensei cerró los ojos. No entendía cómo no se le había ocurrido.

—Puedes dar un traguito de uno de los riachuelos, si quieres —respondió Alberto.

—JA, JA, JA ­—rió Ham sin pizca de humor. Graciosillo que es el chaval.

—¡Chisst! Haced el favor de hablar más bajo. Ha sido un fallo garrafal no traer agua, pero ahora ya no podemos hacer nada. Veamos qué hay ahí.

El Sensei apartó los matojos que dificultaban su visión. Los chicos lo imitaron.

Ante ellos se erguía una abominación difícil de describir: una especie de árbol inmenso y deforme se alzaba hacia el cielo, si es que por encima de la brumosa cúpula que los cubría había cielo. La palabra « árbol » acudía a la mente porque nacía del suelo y presentaba una infinidad de ramificaciones de naturaleza vegetal. La similitud acababa aquí, ya que aquel engendro no compartía ninguna característica más con un árbol o cualquier otro vegetal existente en la naturaleza. Su color era insano y cambiante, sin orden alguno. Pasaba del verde al negro y de este al rojo, morado, marrón, etcétera. Aunque el primero era el dominante, tanto en intensidad como en frecuencia. Su textura era pegajosa. Imaginar su tacto provocaba irremediablemente un escalofrío que recorría la espina dorsal. Parecía nutrirse de los ríos verdosos que habían guiado al grupo hasta allí, haciendo las veces de kilométricas raíces. A lo largo de sus infectas ramificaciones, aparecían cientos de manchitas pálidas que, volviendo a la ofensiva comparación con un árbol, podrían equivaler a hojas de aspecto muerto que, en lugar de pender de él, estuvieran adheridas a la densa y pegajosa sustancia.

Hamdi hizo una mueca de asco. Pensó que, de entrar en contacto con ella, le transmitiría alguna infección horrible. Del grupo, él era el que más árboles y de diferentes tipos había visto de niño. Aquello no se parecía a ninguno de ellos. Parecía fruto de una mente perturbada, una parodia cruel e irreverente del árbol junto al que aparecieron los Kodamas cuando aquel cazador atrapó a Samina. Al volverse hacia sus amigos, dedujo que sus pensamientos debían ser similares a los suyos, a juzgar por las muecas de asco que arrugaban sus rostros.

—Deberíamos acercarnos un poco más —dijo el Sensei, sin apartar la vista del engendro. Aunque no parecía muy ilusionado con su propia idea.

Nadie respondió. Era evidente que aproximarse a ese monstruo babeante no era lo que más les entusiasmara del mundo, pero sabían que era necesario por Samina. Así que, obligando a sus cuerpos a obedecer la orden de su cerebro, siguieron al Sensei, imitando inconscientemente sus movimientos, como una manada de predadores acechando a su presa.
De esta forma, mimetizándose con los árboles y arbustos que rodeaban al monstruo, avanzaron una buena distancia. Desde allí, llevaron a cabo dos descubrimientos, a cual más horroroso: lo que en un principio habían identificado como hojas muertas, eran cuerpos de personas atrapadas, pegadas a aquella especie de asqueroso pegamento que parecía formar parte del engendro (más tarde se asombraron al descubrir que todos habían coincidido en llamarlo así), con partes de su cuerpo semienterradas en aquella argamasa, presas en ella como en una telaraña de proporciones inmensas. Por otra parte, unas criaturas de aspecto humanoide pululaban por las ramas, pisoteando sin miramientos los cuerpos que yacían allí. Eran de un color oscuro, sin llegar a ser negro, de un tono indefinido, como esas camisetas de mala calidad que después de muchos lavados no se sabe de qué color son. Poseían cuatro extremidades demasiado largas para ser humanas y parecían una mezcla entre una cucaracha y una persona, predominando uno otro aspecto dependiendo de la posición en la que se encontraran y el ángulo desde el cual se las observara. Vigilaban a las víctimas del engendro con gran eficiencia. Daban unos cuantos pasos y se detenían, girando sus cuellos a derecha e izquierda, como si temieran que alguien les fuera a arrebatar a sus presas. También pudieron comprobar que más que a un árbol, el engendro gigante se asemejaba a una enredadera, pues aunque sus ramificaciones más gruesas se separaban y sobresalían en el aire, pudiendo confundirse con ramas desde cierta distancia, carecía de una estructura propia. Parecía sustentarse en algo enorme, tal vez un monte o peñón oculto tras ella, al que parasitaba, utilizándolo de soporte para crecer y realizar la función antinatural y desconocida que tuviera. Asimismo, desde allí, siempre ocultos y en silencio, pudieron distinguir cómo las ramificaciones se dilataban y se contraían espasmódica, pero rítmicamente. El fenómeno recordaba a una pulsación: aquella materia indefinible llevaba a cabo una cruel parodia de un organismo vivo dotado de venas que se hinchaban y deshinchaban al ritmo del latido de un corrupto y oculto corazón que bombeaba la asquerosa sustancia proporcionada por los ríos que habían conducido al grupo hasta allí. Visto desde aquella distancia, también recordaba a una suerte de pulpo terrestre con miles de gruesos tentáculos que estuviera pudriéndose en vida.

Ninguno de ellos quería aceptar que Samina estuviera allí y fuera una de esas manchas claras que eran vigiladas y cruelmente pisoteadas por aquellas criaturas negruzcas y espeluznantes. Pero todos tenían la certeza de que así era.
—Tenemos que llegar. Samina está allí —afirmó con seguridad el Sensei.
—No lo podemos saber con seguridad —objetó Hamdi.
—El chamán nos guió hasta aquí. Además, lo intuyo. ¿Vosotros no?
Todos asintieron, excepto Hamdi. Este, finalmente cedió y también lo hizo. Samina estaba allí arriba, presa. No entendía cómo, pero lo sabía.
—Pero, ¿cómo la vamos a encontrar? Esto es enorme y allí hay cientos de… presas.
La palabra desagradó a todos, pero hubieron de reconocer que Hamdi había dado en el clavo.
—Irma ¿sientes algo? —preguntó el Sensei—. ¿Podrías encontrar a Samina?
La angustia atenazó a Irma visiblemente. Empalideció. La duda, el miedo y la falta de confianza no la permitían concentrarse.
—Yo te ayudaré.
La voz de Luís sonó serena, o al menos relativamente serena teniendo en cuenta la situación en la que se encontraban.
—Dame las manos y concéntrate. Respira hondo.
Irma tendió las manos a Luís, tal y como este le había indicado. Alberto sintió una punzada de celos por un momento, pero al poco desechó aquellos pensamientos absurdos.

—Cierra los ojos y piensa en Samina —continuó Luís—, en su rostro, en su voz, en lo que sientes por ella, en los buenos momentos que habéis compartido.
Irma así lo hizo. Pensó en la risa contagiosa de Samina, en el abrazo que le dio tras enfrentarse en combate por su permanencia en el dojo y otros momentos agradables compartidos con ella. La voz tranquila de Luís la ayudó a relajarse y a aislarse del entorno. Súbitamente sintió cómo algo pasaba de las manos de Luís a las suyas. Era una suerte de corriente eléctrica que no dolía; muy al contrario, provocaba una sensación reconfortante en su cuerpo y en su espíritu. Ascendió por sus brazos hasta sus hombros. De allí pasó a su cuello y finalmente llegó a su cerebro. Inmediatamente sintió cómo su consciencia era proyectada hacia el engendro y ascendía por él a gran velocidad. No esperaba este brusco viaje y reaccionó tambaleándose e intentando soltarse de Luís. Este no lo permitió. Siguió sujetándola con fuerza. Alberto, que se encontraba junto a Irma, colocó sus brazos detrás de su espalda, para agarrarla en caso de que perdiera el equilibrio. Irma se acostumbró pronto a la sensación de velocidad y ascensión. Incluso la vieron sonreír levemente, como si estuviera disfrutando del viaje. Irma escrutaba con la mente mientras recorría el cuerpo central y las ramas, buscando a Samina. Miraba rostro por rostro buscando el de su amiga. La sonrisa se borró, el espectáculo era impresionante. Había rostros de niñas y niños, hombres y mujeres. Parecían dormidos, pero contraían el rostro como si estuvieran sufriendo, pálidos, casi amoratados, sus cuerpos inmovilizados, cubiertos de una especie de sustancia blanca menos pegajosa como la del resto del engendro. Parecía pintura blanca o cal. La expresión de Irma fue adquiriendo tristeza a medida que recorría con los ojos de la mente aquellos rostros y sentía su sufrimiento, pero tenía que resistir hasta encontrar a Samina. Aumentó la velocidad. Su voluntad comenzó a guiar a su mente. Luís lo sintió y cedió el control a Irma. Acabó «soltándola» y se detuvo, dejándola seguir sola. Irma notó cómo dejaba en libertad su mente y se lo agradeció. Aumentó todavía más la velocidad, apiadándose de aquellas almas pero sin permitir que el pesar la detuviera. Miró un rostro más. Iba a pasar al siguiente cuando reconoció el de Samina. Frenó y posó su espíritu sobre el cuerpo maniatado de su amiga, suavemente. Observó su palidez casi mortal y sus extremidades maniatadas, hundidas en la materia gelatinosa del engendro, casi formando parte de él. Irma sintió cómo el ente se estaba alimentando de ella, arrebatándole la vida poco a poco. El horror, la tristeza y la furia la dominaron. Gritó: «¡Saminaaa!»

Aunque había abierto los ojos, Irma todavía estaba allí arriba. Una mano le tapó la boca, evitando que el grito se prolongara indefinidamente. Entonces sintió algo que no olvidaría jamás. El engendro despertó y abrió sus ojos. Aunque no podía verlos, Irma sabía que la estaban observando, coléricos. Después se vio arrastrada a velocidad vertiginosa hacia abajo. Era Luís que había vuelto a por ella y la llevaba de vuelta. Irma intentaba resistirse, se negaba a abandonar a Samina, pero no podía oponerse a la fuerza que la succionaba. Al cabo de unos segundos, notó un golpe. Volvía a estar dentro de su cuerpo e inmediatamente sintió un fuerte dolor en su tobillo y pantorrilla izquierdos. Bajó la vista y vio que una veta de uno de los riachuelos verdosos se había separado del cuerpo central y había atenazado su pierna como si fuera un tentáculo. Se oyó un ruido suave, una especie de silbido y notó cómo la presión desaparecía instantáneamente. El tentáculo cayó en tierra, separado del cuerpo central por un corte limpio. Junto a él se alzaba el Sensei empuñando su katana con las dos manos, las rodillas flexionadas y los músculos de sus antebrazos todavía tensos. El filo del sable estaba teñido del ya conocido color verdoso. Los tres chicos e Irma miraron a su maestro con asombro y admiración. Era como estar dentro de una de esas pelis en las que los samuráis y los ninjas luchaban a muerte. Allí no había ninjas, pero Irma habría preferido mil veces enfrentarse a ellos que a lo que estaba a punto de llegar. Unos extraños chirridos los sacaron de su ensoñación. Procedían de aquellos híbridos entre bicho y humano, que estaban descendiendo a gran velocidad de la babosidad (aún en semejante situación, Irma se dio cuenta de que acababa de inventar un vocablo, pero le parecía que definía perfectamente el aspecto de ese ente repugnante) que acababa de visitar. Se trataba de una voz de alarma, o quizás un grito de guerra. Qué más daba. En aquel instante, el aspecto de cucaracha dominaba sobre el humano, pues sus patas-extremidades se movían a gran velocidad, difícilmente alcanzable por una persona normal. Estaba claro que habían detectado su presencia y los obscenos ojos que había vislumbrado habían dado la orden de atacar.
—¡Corred! —gritó el Sensei-ronin.
—¡No podemos dejar a Samina! —gritó Irma para imponer su voz al chirrido cada vez más próximo.
—¡Volveremos por ella, pero ahora tenemos que salir de aquí! —agarró a Irma de un brazo y tiró de ella, aunque ya no hiciera falta, pues la proximidad del repugnante ejército la había ayudado a reconsiderar su actitud. Cientos de seres negruzcos descendían en su busca. Estaba claro que no podían con ellos. El Sensei era el único que iba armado y podría acabar con muchos de ellos, pero ¿qué podrían hacer ella y sus amigos? ¿Exterminar aquella plaga inmunda a base de golpes de Karate? No hizo falta que el Sensei insistiera. Pocos segundos después de su orden, todo el grupo corría a la máxima velocidad que le permitían sus piernas.
Irma se volvió e inmediatamente se arrepintió de ello. Vio cómo las cucarachas humanas los seguían de cerca, los rostros cuasi humanos, fieros e inexpresivos a la vez. Parecía una contradicción, pero así era. Eran bestias descerebradas programadas para aniquilar. Pero eso no era todo. Los ríos de sustancia verdosa se estaban alzando y les atacaban como cobras lanzando bocados caóticos. Los cinco esquivaban aquellos ataques e incluso se empujaban mutuamente o tiraban de un compañero cuando veían que este iba a ser alcanzado. El Sensei cortaba de un solo tajo todos los tentáculos que podía a izquierda y derecha. Cuando el agotamiento comenzaba a hacer mella en ellos, las cucarachas humanas frenaron en seco, como si temieran golpearse contra una pared invisible. Siguieron mirándolos amenazantes durante unos segundos, igual que perros de presa defendiendo su territorio. Después de unos instantes, volvieron grupas y se encaminaron hacia su asquerosa madriguera. Los regueros verdosos, que ya se habían estrechado considerablemente, volvieron a sus cauces como si nada hubiera pasado. Daba la impresión de que alguien hubiera puesto en OFF, a control remoto, a todas aquellas criaturas demenciales dotadas de una vida maquinal y carente de voluntad propia. Los salivazos (utilizando el nombre con el que los había bautizado Hamdi) y los insectos humanos parecían actuar al unísono y perfectamente sincronizados, como movidos por la misma fuerza, o tal vez fuera más correcto decir dominados.
El grupo puso distancia de por medio. Lo suficiente como para que los salivazos volvieran a convertirse en líneas esporádicas e insignificantes.

—Eso fue una pasada —dijo Irma mirando a Luís con admiración. El muchacho sonrió tímidamente.

Irma relató al resto del grupo lo que había experimentado durante el «viaje» al que la había lanzado Luís, sin olvidar el más mínimo detalle: el sufrimiento de las almas atrapadas, los horribles ojos, el estado en el que se encontraba Samina…

—Tenemos que volver, Sensei. Lo prometiste.

—Por supuesto. No creas que os he metido aquí y os he contado mi secreto para ahora echarme atrás y abandonar a Samina, pero hay que pensar cómo podemos vencer a esos seres. Vamos a tener que echar mano de toda nuestra inteligencia y astucia para ello. Creo que estaréis de acuerdo conmigo.

Todos asintieron.

—Si pudiéramos conseguir armas o algo así… —dijo Hamdi—. No podemos vencerlos desarmados.

—Dime dónde —dijo Irma bruscamente.

Hamdi bajó la mirada. Irma se arrepintió inmediatamente de su brusquedad. Agarró la mano de Hamdi y le sonrió a modo de disculpa. Este le devolvió una sonrisa triste.

—¿Y si saliéramos a buscar armas a nuestro mundo? —propuso Alberto. Todos habían comenzado a utilizar con toda naturalidad conceptos como limbo, nuestro mundo…

—No puede ser. A Samina le queda poco tiempo —objetó Irma.

—Vale, gracias por tumbar todas nuestras ideas, Irma —respondió molesto Alberto. El desánimo estaba haciendo mella en el grupo.

—No te enfades, Alberto —intercedió el Sensei—. Irma tiene razón, no hay tiempo. Pensemos. Tiene que haber otra solución.

—Tenéis las armas que necesitáis —la voz era inconfundible, pero aún así el grupo se sobresaltó.

La figura del chamán volvía a recortarse contra los fantasmagóricos vahos del inframundo en el que se encontraban.

—¿Ah, sí? —respondió Irma, enfadada—. Pues diga lo que tenga que decir ya y déjese de adivinanzas, porque mi amiga está a punto de morir.

El Sensei colocó su mano sobre el hombro de Irma, rogándole silenciosamente que se calmara.

—Lo siento, Sensei, pero este tío me saca de quicio.

El chamán sonrió.

—Seguidme —dijo. Dio media vuelta y comenzó a caminar tranquilamente, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Irma lo miraba furiosa.

Tras recorrer una corta distancia, el chamán se detuvo junto a un extraño conjunto de plantas que formaban un círculo casi perfecto y que inmediatamente llamó la atención de los chicos. Tenían una belleza extraña, que contrastaba con la fealdad y la tundra malsana y prácticamente estéril que se extendía a su alrededor. De ellas brotaba un olor agradable. Aquella fragancia no se parecía a nada que los chicos hubieran olido jamás.

—Entrad en el círculo conmigo —ordenó secamente el chamán.

Obedecieron sin preguntar, pues recordaban lo que su maestro les había advertido: el chamán no diría ni una palabra más. Alberto, sin embargo, se lanzó a una de sus parodias teatrales en las cuales él era el único intérprete, ironizando en voz baja sobre los bruscos modales del chamán: “Entrad por favor…gracias…de nada, es un placer…”

El chamán lo miró de reojo con cara de pocos amigos. Fue suficiente para que Alberto cancelara la representación. Bajó el telón y guardó silencio.

—Sentaos.

La tierra estaba forrada de una fina pero mullida capa de vegetación, suave al tacto. Resultaba muy agradable sentarse allí. Inmediatamente sintieron como sus cuerpos se recuperaban del agotamiento. Sus rostros se relajaron.

En el interior del círculo, el olor era mucho más potente, sin dejar de ser agradable, hasta hermoso.  «¿Cómo puede ser hermoso un olor?», pensó Irma, pero así era.

—¿Sabéis lo que es un tótem?

Irma no respondió. Sus tres amigos asintieron. Alberto por la cultura de la que provenía; Luís y Hamdi, porque eran devoradores de historias de mitología, aventuras, fantasía y ciencia ficción.

El chamán dirigió su mirada a Irma, que era la única que parecía desconocer el concepto.

—Un tótem es un animal al que estamos unidos y que forma parte de nosotros, de nuestra esencia. Nos define y nos acompaña, aunque la mayoría de las personas no lleguen nunca a ser conscientes de ello. En las culturas amerindias, los jóvenes de vuestra edad debían pasar un rito para convertirse en hombres. En él se manifestaba su tótem y se integraban en un solo ser.

—¿Solo los hombres? —interrumpió Irma— ¡Machistas!

El chamán no se inmutó. Sonrió levemente y respondió:

—No te sientas excluida. Estás en el círculo ¿no?

Sin esperar respuesta, continuó:

—Respirad profundamente, dejad que el aroma de estas plantas penetre en vosotros. Ellas tienen el poder de poneros en contacto con otras realidades. Realidades en las que la mayoría de seres humanos se resiste a creer. Os mostrarán a vuestro tótem. Estáis juntos aquí y sois amigos, pero esta experiencia es individual; así debe ser. El encuentro con vuestro tótem es algo íntimo, un suceso en el que nadie más que vosotros puede ni debe participar. Cuando aceptéis el aroma de las plantas en vuestro interior estaréis solos, aislados de los demás. Pero no temáis, vuestro tótem llegará a vosotros y dejaréis de estarlo. Os buscará y os encontrará.

Los chicos habían visto demasiadas cosas extrañas y fuera de lo que se considera normal como para dudar de aquellas palabras. Lo creyeron inmediatamente y se dejaron llenar del aroma de las plantas que los rodeaban. Al cabo de un tiempo indeterminado, todo se oscureció a su alrededor y se vieron envueltos en una espesa neblina. Experimentaron una agradable sensación de ingravidez. Se sentían sujetos y elevados por las plantas mágicas. No tenían miedo. Poco a poco, el círculo en el que estaban sentados se fue ampliando, de manera que se iban alejando unos de otros hasta que dejaron de verse y de oírse en la distancia.