Totem

II. Vacas, osos y una chica con ganas de hacer pis

Pasado el exabrupto de Luís, tuvieron la oportunidad de admirar varios lagos, cada uno de ellos de un tamaño y tonalidad diferentes. En cada ocasión se detenían, observaban su color y su forma desde diferentes perspectivas y distancias. Finalmente, se acercaban y tocaban el agua. Estaba helada. El baño estaba prohibido por diversas razones, una de ellas la seguridad, y más en un entorno tan salvaje. En los lagos pueden formarse corrientes y remolinos cuyo origen solo entienden los expertos. La segunda razón, no menos importante era la conservación. Permitir el baño implicaría un deterioro y un atentado contra la riqueza biológica y geológica del lugar. De cualquier modo, aún en el supuesto de que estuviera permitido, ninguno de ellos sentía el impulso de bañarse allí. La temperatura de las aguas y el color que, pese a la belleza mencionada, les confería un halo fantasmagórico al mantener oculto el fondo y cualquier ser vivo que habitara en ella, contribuían a desalentar a los hipotéticos bañistas. Al llegar a cada uno de los lagos, parloteaban e intercambiaban impresiones con entusiasmo. Después callaban y disfrutaban de las imágenes, sonidos, olores y demás sensaciones que la naturaleza les proporcionaba, tal y como se habían propuesto al principio del viaje.
Después de mediodía, se detuvieron a comer. Las bromas y risas hicieron su aparición y la mirada de Luís acabó por limpiarse por completo. El parque natural, con su belleza salvaje, se había aliado con sus amigos para disipar la tormenta. Alberto se mostraba especialmente ocurrente y el Sensei supuso que no era casualidad.
Después del festín (habían traído consigo comida suficiente para un par de regimientos) hubieron de reposar un rato. Más de uno disfrutó de una buena siesta. La comilona, el ejercicio y la paz del lugar eran una combinación perfecta para inducir el sueño. Samina fue una de ellas. Cuando despertó, le fue difícil recordar una siesta tan placentera y lo compartió con sus amigos.

—Te caía la baba —le dijo Luís.

Samina se rió.
Tras despertar a Hamdi, que roncaba como el ogro de Pulgarcito, reemprendieron la marcha. La intención era llegar al lago más grande y hermoso del parque. Llegarían en una hora u hora y media aproximadamente. Iban bien de tiempo. Todavía quedaban muchas horas de luz. Las suficientes para volver antes del anochecer. Aún así, debían estar pendientes del reloj y calcular bien el tiempo. El riesgo de las rutas, y sobre todo en lugares tan bellos como aquel, era que uno seguía y seguía caminando hasta que sentía el cansancio. Y entonces había que emprender la vuelta. Para no caer en el clásico error del senderista principiante era necesario dosificarse y planificar bien la ruta. Llegarían hasta su objetivo y volverían sin entretenerse. Que te sorprenda la noche a mitad camino es mala cosa, a no ser que seas un senderista experto y vayas muy bien pertrechado. En este caso, no se daban ninguna de las dos condiciones.
Al cabo de unos veinte minutos de reemprender la ruta atravesaron un prado repleto de vacas. Unas pastaban y otras permanecían tumbadas, como ellos mismos un rato antes.

Samina preguntó al Sensei si podía tocar alguna.

—Siempre que lo hagas lentamente, sin movimientos bruscos, no creo que haya problema.

Samina se acercó lentamente a una de las vacas, tal y como le había indicado el Sensei, cerciorándose de que la viera aproximarse, con cuidado de no sobresaltarla. Cuando estuvo a su lado, acarició suavemente el flanco del rumiante. Varias moscas que paseaban por él levantaron el vuelo. Para su sorpresa, el animal ni siquiera se volvió. Tanta mansedumbre y tranquilidad la sorprendió. No esperaba hostilidad, pero sí algún tipo de reacción. Debían estar acostumbradas al paso y a la curiosidad de los numerosos senderistas que atravesaban aquellos parajes durante la primavera y el verano. Los compañeros de Samina la imitaron, animados por su entusiasmo. Cuando abandonaron el prado, adentrándose en una zona más pedregosa, lucían una amplia sonrisa, encantados con la experiencia.

—No entiendo cómo hay gente que es capaz de hacer daño a los animales y de ensuciar y destrozar la naturaleza —declaró Samina con el ceño fruncido.
Durante el camino no había pasado desapercibido a los chavales los desechos que afeaban los tramos más transitados del paisaje: pañuelos de papel, envoltorios, cubiertos de plástico, etc. Incluso habían recogido algunos (frunciendo la nariz con asco) y los habían introducido en las bolsas que llevaban consigo para depositarlos en un contenedor de basura cuando estuvieran de vuelta en el camping. Ya habían hablado del tema con anterioridad, pero Samina volvió a él, y esta vez su enfado era evidente. El contacto con los animales había exacerbado su conciencia ecológica.

—Siempre ha existido gente que no respeta nada. Y por desgracia, siempre existirá —dijo el Sensei—, pero para luchar contra ellos existen personas como tú.

—Yo los metería a todos en la cárcel —respondió Samina sin la más mínima duda en la voz.

—Je, je —rió Hamdi—. Qué radical eres Samina.

—Tiene razón. –El comentario de Alberto apoyando a Samina sorprendió a todos. En primer lugar, creían que Alberto todavía estaba molesto con ella por el puntapié. Por otra parte, desconocían su conciencia ecológica—. Mis antepasados sentían un gran respeto por la naturaleza. Los chamanes enseñaban a estar en equilibrio con ella y a respetarla.

—¿Qué es un chamán? ­—preguntó Irma—. He oído hablar de ellos, pero no sé exactamente quiénes son.

—Eran los hechiceros o sanadores de los pueblos indios del norte y del sur de América —respondió Alberto con tono de erudito.

—Bueno, eso es cierto, pero solo en parte —corrigió el Sensei. Alberto lo miró sorprendido y ligeramente molesto—. Es verdad que en los pueblos indios de América el chamanismo tuvo un gran auge, pero su origen está en Asia.

—¿Asia? —Más que preguntar, Alberto manifestaba su escepticismo.

­—Así es. ¿Nunca te has preguntado por qué los rasgos físicos de tu pueblo y de otros de toda América tienen tantas similitudes con los de Oriente?

—Pues sí, pero pensaba que era una casualidad.

—No es casualidad. Hace miles de años hubo una gran migración de tribus de Asia hacia América a través del estrecho de Bering, que entonces no existía, ya que un gran puente de hielo unía los dos continentes. Este es el motivo de que la estatura, color de tez, forma de los ojos, etc… de los indios americanos sea similar a la de los asiáticos. Y por ello, también existen semejanzas en la cultura y las creencias. Así que, como os decía, el chamanismo se originó en Asia y llegó hasta América. Además, la figura del chamán tiene otras equivalentes en otras culturas muy diferentes a la asiática o a la americana. Por ejemplo, los druidas de las tribus celtas. Tenían prácticamente las mismas funciones que los chamanes, rendían el mismo culto a la naturaleza y se les atribuía poderes muy similares.

—¡Los druidas! Como Merlín y Gandalf —exclamó Luís emocionado. Era un fanático de la literatura épica y fantástica, que tan buenos ratos le había hecho pasar. Incluso los heroicos personajes  que las poblaban le habían servido de modelo para encarar las adversidades, aunque las suyas fueran, en comparación con las de sus héroes, mucho más vulgares y aburridas. A pesar de ello, en numerosas ocasiones, Luís hubiera preferido enfrentarse a un dragón de treinta metros o un troll enfurecido que a las burlas y el rechazo.

—Exacto, Luís ­—ratificó el Sensei­—. Los Magos son la versión legendaria de los druidas.

—¿Y por qué son tan parecidos los chamanes y los druidas? —quiso saber Irma.

—Eso ya no lo sé. Pero fijaos cómo todos los seres humanos estamos interconectados y por eso es tan absurdo el racismo. Los druidas, originarios de la Britania, tan alejada geográficamente de Asia, son figuras casi idénticas a los chamanes. Por otra parte, la humanidad surgió en África y de allí se extendió al resto del planeta. Todos tenemos un origen común. Las razas humanas no existen, solo la raza humana.

—O sea, que vosotros también sois negros ­—observó Hamdi con una sonrisa.

Las risas del grupo rompieron abruptamente la calma del paraje, provocando una desbandada de pájaros.

—Sí, Hamdi. Tienes toda la razón —dijo el Sensei todavía riendo.

—Somos negros descoloridos —apuntó Luís.

Las nuevas carcajadas convencieron a los pájaros que habían echado a volar de lo acertado de su decisión y se alejaron definitivamente del lugar.

—¡Cuántas cosas sabes, Sensei! ­—exclamó Irma cuando la risa se lo permitió.

—Bueno, no soy ningún sabio, pero me gusta mucho leer. La lectura enriquece. Es un buen sustituto de los viajes cuando escasea el dinero. Y eso, como ya sabéis, me pasa a menudo —ironizó el Sensei—. A través de la lectura también aprendí que en la mitología japonesa existen unos seres llamados Kodamas que habitan en los árboles y los defienden si alguien intenta dañarlos. Creo que te llevarías muy bien con ellos, Samina. Normalmente no se dejan ver, pero las pocas veces que deciden mostrarse, lo hacen ante personas que aman la naturaleza, y pueden ser muy amigables con ellas. Son seres de increíble fuerza a pesar de su aspecto aniñado. Se dice que cada uno de ellos vive en el interior de un árbol. Están unidos a ellos por siempre, pero son protectores de la naturaleza en general, y pueden ser implacables con quien atente contra ella, en cualquiera de sus formas: vegetal, animal o mineral.

Samina lo miraba con los ojos desorbitados. La mitología también la apasionaba. El Sensei se dio cuenta demasiado tarde de su error. Aquella información desató una lluvia de preguntas sobre aquellos seres mitológicos que se vio obligado a responder lo mejor que supo. Siguió una amplia disertación sobre seres mitológicos de diversas culturas acerca de los cuales había leído en libros y enciclopedias, tanto impresas como online. El discurso continuó con la declaración de su intenso deseo de aprender más sobre mitología japonesa y una inquebrantable insistencia sobre la necesidad de que el Sensei la ilustrara sobre el tema. Los demás intercambiaban muecas y aguantaban la risa para no despertar las iras de su amiga.

 La verborrea de Samina les acompañó un buen trecho del camino. Los chicos, que comenzaban a estar cansados y deseaban llegar ya al lago, habían desconectado hacía un buen rato del cotorreo, y estaban sumidos en sus pensamientos. Se habían adentrado en una zona húmeda y se oía el sonido inconfundible del agua. Había un río por allí. Esto fue lo único que, por fin, consiguió acallar la voz de Samina, para alivio de todos. Siguieron el sonido acuoso y, efectivamente, allí se encontraba, a unos cincuenta metros de ellos. Era poco caudaloso, el agua llegaría aproximadamente a la altura de la rodilla, pero había valido la pena apartarse del camino; el entorno era maravilloso. Quedaron en silencio atrapados por el canto hipnótico del río. Al cabo de unos segundos, a Hamdi le pareció ver un movimiento en la distancia. Haciendo visera con una mano, enfocó la vista.

—¡Mirad! ¿Eso no es un oso? —La pregunta expresaba más asombro que duda.
Los demás salieron de la ensoñación acuática en la que estaban sumidos y miraron hacia donde señalaba Hamdi.
Un magnífico ejemplar de oso pardo estaba pescando en el río. A esa hora de la tarde, no solían pasar senderistas por allí. El inteligente animal parecía conocer las costumbres humanas y se había confiado. Se escondieron detrás de la abundante vegetación y desde allí lo observaron.
—Será mejor que retrocedamos —dijo el Sensei. Mediante señas, indicó a sus alumnos que se ocultaran tras unos frondosos arbustos que formaban un irregular círculo. En su interior estarían a salvo. Los muchachos, que parecían haberse quedado de pronto sin cuerdas vocales, obedecieron.
—Sensei, ¿no decías que era altamente improbable que nos encontráramos un oso? —protestó Samina una vez se sintió protegida por el parapeto vegetal.

—Efectivamente, dije improbable, no imposible. Pero tienes razón, Samina. No esperaba esto.

—Deberíamos irnos —susurró Luís.

—¡Wak, wak, wak! Gallinita, gallinita —cacareó Alberto mientras colocaba los puños cerrados bajo las axilas y subía y bajaba los codos imitando el aleteo de un ave, haciendo círculos sobre sí mismo en cuclillas.

Todos excepto Luís y el Sensei se llevaron las manos a la boca, intentando que las risas no llegaran hasta el oso.

—¡Silencio! —susurró el Sensei, al tiempo que agarraba a Alberto por la manga de la camiseta y lo lanzaba al suelo sin contemplaciones.

El oso había alzado la enorme cabeza y olisqueaba el aire buscando el origen de la algarabía.

—¡Idiota! —exclamó Luís en voz baja—, vas a conseguir que el oso nos descubra.

—Lo siento –no era muy habitual que Alberto se disculpara ante una recriminación de uno de sus iguales, pero comprendió que Luís tenía razón. Había tomado consciencia del peligro y pasado de la burla al terror abruptamente.

El grupo guardó silencio absoluto, observando al oso por entre los arbustos, dispuestos a salir corriendo si el oso se dirigía hacia allí. El animal volvió a su quehacer devorador, después de unos segundos escrutando el entorno y olisqueando.

—Alberto, nos has puesto en peligro —recriminó el Sensei con voz casi inaudible—. Los osos, tienen un oído muy sensible, además de un gran olfato. Creo que el ruido del agua le ha impedido oírte con claridad. Afortunadamente, estamos en contra de la dirección del viento y no renunciará a su festín fácilmente. De lo contrario, podríamos haber tenido un gran problema. Los osos son muy veloces a pesar de su tamaño.

Alberto volvió a disculparse, arrepentido de su comportamiento.

—Es mejor que por ahora permanezcamos quietos y escondidos. Esperaremos a que termine de comer y se vaya.

—Pues esperemos que no tarde mucho, porque yo necesito orinar —dijo Irma apurada.

—¿No puedes aguantar? —preguntó el Sensei, preocupado.

—Un ratito sí, pero no mucho más.

—Bien, avísame si no puedes aguantar y algo pensaremos —el Sensei intentó transmitir tranquilidad a Irma. Era consciente de que contener las ganas de orinar podía llegar a ser muy desagradable. Cuanto más se intentan reprimir, más nervios producen y más aumentan, convirtiéndose en un círculo vicioso que puede desembocar en un final desastroso para los pantalones y la dignidad del afectado (afectada, en este caso).

—Una opción es que te lo hagas encima —terció Luís.

El Sensei lo miró sorprendido, pues Luís no acostumbraba a hacer ese tipo de comentarios desafortunados a la vez que inoportunos, más propios de Alberto.

Como era de esperar, su atrevimiento le salió caro, pues recibió una fuerte colleja de Irma que hizo retemblar su cabeza, para regocijo del resto de muchachos, especialmente de Alberto, que cayó en tierra riéndose como un loco, tanto del comentario de Luís como de la dolorosa consecuencia de este. No podía dejar de imaginarse la cabeza de Luís sonando como un gong en un templo budista (¡GONG! ¡GONG!…) mientras Irma acababa mojando sus pantalones. Eso sí, esta vez se aseguró de ser silencioso, tapándose la boca con ambas manos. Su vientre y pecho ascendían y descendían frenéticamente y enrojeció como si acabara de tragar entero un jalapeño bien picante.

Al cabo de unos minutos de silencio total, Irma susurró algo al Sensei. Este asintió y le hizo un gesto de calma. Después se acercó a Samina y le dijo algo al oído. Los demás no comprendían lo que pasaba y se interrogaban mutuamente con la mirada. Samina descolgó su mochila, la abrió intentando hacer el mínimo ruido posible, y sacó su poncho impermeable. Alberto, mirando a los restantes miembros varones del grupo, se encogió de hombros e hizo una mueca de incomprensión. Las dos chicas se alejaron reptando sigilosamente unos pocos metros. Samina desplegó su poncho y lo sujetó con ambas manos extendiendo sus brazos todo lo que pudo. Irma se ocultó tras el improvisado biombo.

—Chicos, ahora nosotros nos volvemos y observamos atentamente al oso —susurró el Sensei mientras los obligaba a dar la espalda a las chicas.

Los muchachos obedecieron. A los pocos segundos, se oyó el leve pero inconfundible sonido de un pantalón que se desliza hacia los tobillos acompañado del suave tintineo de la hebilla de un cinturón. En el silencio que se hizo después, se pudo oír un chorrito que caía sobre la tierra. La risa de Alberto se abría camino de nuevo por su garganta atropellada y peligrosamente. Sus manos apretadas de nuevo sobre su boca y el cachete que le propinó el Sensei contribuyeron a que esta no se manifestara en todo su esplendor. Cuando las chicas se volvieron a unir al grupo, la mirada disuasoria de Irma cumplió su cometido: hacerles saber que no era aconsejable el más mínimo comentario, si querían seguir disfrutando de una buena salud.

Siguieron esperando en absoluto silencio. Pasados unos minutos el Sensei comenzó a pensar en la posibilidad de marcharse sigilosamente, pues el hambre del oso parecía no tener fin y la noche se les echaría encima antes de llegar al camping si no emprendían la vuelta ya. Se disponía a comunicarlo a sus alumnos cuando un tremendo estallido ultrajó la calma del lugar. El contraste con el silencio reinante provocó un respingo simultáneo en todo el grupo al tiempo que un rugido de dolor emergía de la garganta del oso. Desde donde se encontraban, a pesar del sobresalto y de la distancia pudieron ver cómo varios fragmentos de lo que había sido un pez brotaban de la boca del oso como si de un surtidor se tratara. El animal comenzó a correr renqueante, dominado por el pánico. Antes de que pudieran reaccionar, un nuevo lamento se unió al del animal. Era Samina, aunque a los demás les costó reconocer su voz. Gemía como si la bala la hubiera herido a ella. Salió de su escondrijo con inusitada rapidez, aullando:

—¡Nooo! ¡Asesinos!

Transcurridos un par de segundos, otro disparo ultrajó de nuevo la paz del lugar. Samina reparó entonces en una pequeña columna de humo que delataba la posición del cazador que había efectuado el disparo. Vislumbró dos figuras que habían salido de su escondrijo entre el follaje. Sin pararse a pensar, se agachó, agarró una piedra y la lanzó contra ellas. Evidentemente, el proyectil de Samina distó mucho de alcanzar su objetivo. Se oyó un nuevo trueno y un puñado de tierra saltó a unos pocos centímetros de sus pies. La chica tardó unos instantes en comprender que le estaban disparando. Oyó cómo alguien agitaba el follaje detrás de ella y se sintió alzada en volandas por la cintura como si fuera un bebé. En pocos segundos, se vio arropada de nuevo por la espesa vegetación. Sonó un nuevo disparo y, casi simultáneamente, vio cómo una rama situada a un metro escaso de ella era amputada por un cirujano invisible. El Sensei dejó a Samina en el suelo y gritó:

—¡Corred!

El pánico impulsó  al grupo a avanzar desordenadamente, sin plan, estrategia, ni rumbo fijo, tropezando con las plantas y las irregularidades del terreno. Llegaron al camino y lo siguieron en busca de ayuda, lo cual probablemente no era una brillante idea, teniendo en cuenta lo desierto del lugar a esas horas. El miedo había bloqueado su capacidad de pensar con claridad. Lo más inteligente habría sido ocultarse entre la vegetación, pues en el camino eran blancos fáciles, pero sus cerebros les gritaban que huyeran, y así lo hicieron.

Un nuevo sonido despertó todavía más las alarmas del Sensei. Se detuvo e hizo una señal para que sus alumnos también lo hicieran y guardaran silencio. Por encima de los jadeos se oía ya el sonido más cercano y ahora claramente identificable: el de un motor. No… dos. ¡Dos motocicletas se acercaban a gran velocidad! El Sensei recobró la serenidad y su capacidad de raciocinio.
—¡Fuera del camino! ¡Seguidme!
Se internó en una zona boscosa esperando que las motocicletas no pudieran seguirles, pero se equivocaba.

«¡Idiota! Llevan motocicletas trail»

Los motores sonaban cada vez más cerca. Estaban a punto de cazarlos. Habían conseguido que perdieran su presa y eso era algo que los furtivos no perdonaban.
El Sensei condujo a los muchachos por las zonas más frondosas, internándose cada vez más en el bosque. Si se perdían, ya encontrarían el camino de vuelta, pero la prioridad era salvar la vida. La vegetación se había espesado tanto que se veían obligados a saltar constantemente. Samina se alegró de la dureza de los entrenamientos en el dojo. De no ser por ellos, ya estaría tirada en el suelo, resollando y con una fuerte punzada en un costado, como le pasaba frecuentemente antes de comenzar a practicar Karate. Posiblemente, la dureza de la preparación física a la que los sometía su maestro les estaba salvando la vida, al menos por el momento. Ya no oían las motocicletas. Seguramente, la vegetación les había obligado a apearse y seguir a pie. Eso era bueno, pero no significaba que el peligro hubiera pasado. Aquellos hombres debían conocer la zona mucho mejor que ellos. El silencio era todavía más inquietante que el ruido de los motores. Éstos revelaban la posición de los asesinos y la distancia aproximada a la que se encontraban. Sin embargo, ahora podían estar a pocos metros de ellos sin que los detectaran. 

Sin duda, el Sensei había llegado a las mismas conclusiones que Samina, pues mediante señas, obligó al grupo a descender la velocidad y a moverse con sigilo. Miraba a derecha e izquierda. La muchacha dedujo que estaba buscando un buen escondite. Avanzaban lentamente, concentrándose en no pisar ramas u otros elementos del lugar que pudieran revelar su posición. A la mente de Samina vinieron las películas bélicas del Vietnam que le gustaban a su padre, en las que los protas avanzaban sigilosamente por la jungla, temiendo una emboscada del Vietcong. Normalmente, sus temores eran fundados y acababan siendo atacados. Esperaba que a ellos no les ocurriera lo mismo y consiguieran evitar la emboscada, pero tenía un mal presentimiento, estaba aterrada. El Sensei se detuvo bruscamente y alzó una mano indicando a los chicos que lo imitaran; el mismo gesto que habría hecho el oficial al mando en las películas que acababa de evocar.

Un enorme claro aparecía ante ellos. Pese a que el miedo no les permitiera disfrutar de la bucólica belleza del lugar, se encontraban en ese tipo de parajes que te trasladan a mundos imposibles en los que los elfos, gnomos, hadas, orcos y otras criaturas legendarias se camuflan entre la vegetación y libran sus eternos enfrentamientos, ocultos a los ojos humanos. Pero lo que los perseguía era bastante más peligroso que esas criaturas, así que se obligó a poner límites a su fantasía y centrarse en el presente. Su mente tenía tendencia a evadirse a través de la imaginación en los momentos difíciles, pero ya no era una niña. La situación requería bajar de las alturas y mantenerse atenta, pisando el suelo.

No había que ser un genio para comprender que el Sensei quería evitar a toda costa el claro. Los continuos movimientos de su cabeza mirando a su alrededor indicaban que buscaba frenéticamente un escondrijo. Después de unos segundos que a Samina se le antojaron horas, el Sensei les indicó que le siguieran. La muchacha localizó rápidamente el objetivo del Sensei. 

A unos metros a su derecha había un árbol frondoso, no demasiado alto, pero de tronco ancho y recio, parcialmente cubierto de musgo. Sus gruesas ramas, que caían perezosamente hasta rozar el suelo, dibujaban extrañas formas góticas y retorcidas que formaban varios huecos semi-ocultos entre él y la húmeda tierra poblada de vegetación, simulando pequeñas grutas. Era un lugar perfecto para esconderse. Parecía estar diseñado para juegos infantiles de princesas, caballeros, dragones y hadas. Volvía a dar rienda suelta a su imaginación. Sentía que ya podía hacerlo de nuevo. Habían encontrado un buen escondite y posiblemente, la salvación. Se ocultaron entre los recovecos del generoso árbol. No hizo falta que el Sensei ordenara silencio. Los chavales no emitían sonido alguno y se pegaban al árbol como si quisieran ser absorbidos por él, ser parte de su corteza, de su sabia, de sus ramas caídas y bondadosas, brazos de una vigorosa madre protegiendo a sus cachorros. El miedo y la incertidumbre deformaban la percepción del tiempo. Podrían haber transcurrido varios minutos o tan solo unos segundos cuando oyeron un susurro. Un movimiento leve que no se oye, se intuye.

Samina sabía que los dos hombres estaban allí, a tan solo unos metros. Aquel árbol de cuento era la única barrera que existía entre ellos y sus perseguidores. Sintió el impulso de asomarse por entre los nudos que formaban las protectoras ramas. Necesitaba verlos para deshacer el conjuro del miedo, pero se contuvo. Los monstruos son mucho más aterradores cuando no se dejan ver. Al mostrarse, por horribles que sean, tienen entidad física, y eso significa que no son invulnerables. Sin embargo, lo que todavía no se ha revelado está envuelto en un halo de misterio que permite hacer volar nuestra imaginación, liberar nuestros peores miedos, que les confieren poderes sobrenaturales.

Poderes que, con toda probabilidad, no poseen. Samina se esforzaba por controlar el temblor que nacía en su interior y que pugnaba por salir. Todo podría haber ido bien, sus dos perseguidores habrían pasado de largo de no ser por lo que ocurrió en ese preciso instante.

Nadie conocía el terror que Luís sentía por las avispas. Cuando era poco más que un bebé, tenía el pelo rizado. Posteriormente, como ocurre con muchos niños, los rizos desaparecerían. Un día, cuando estos todavía se enroscaban en su cabeza, una avispa quedó enganchada en uno de ellos y le picó en la frente. Debido al dolor y la hinchazón de la picadura, Luís lloró durante horas. Aquella experiencia le dejó huella. No podía soportar la cercanía de una avispa. Cuando un nuevo ejemplar con jersey a rayas se posó sobre su mano, los mecanismos irracionales de su cerebro actuaron sin dar oportunidad a que la parte reflexiva de Luís pusiera orden. El peligro de unos furtivos con armas de caza mayor pareció una nimiedad a su cerebro, cuya prioridad en ese instante era deshacerse del insecto que presagiaba una nueva y dolorosa inflamación en su organismo, a juzgar por el tamaño del bicho. Luís manoteó e intentó apartarse de la amenaza bicolor. Los susurros casi imperceptibles de sus perseguidores se transformaron en fuertes y apresuradas pisadas. Dos hombres de tamaño considerable aparecieron en el campo visual de Samina. Cuando el que abría la marcha la vio, una figura oculta por el árbol cayó sobre ellos. El Sensei, ante la obvia imposibilidad de evitar la pelea, se anticipó al ataque, aprovechando la corta distancia, que disminuía considerablemente la peligrosidad de las armas de caza mayor que empuñaban aquellos hombres.
—¡Huid! —gritó en el momento mismo de golpear a uno de los hombres con un Tobi Yoko Geri que lo lanzó al suelo.

Esa fue la primera vez que desobedecieron al Sensei en bloque. Lejos de huir, se echaron sobre el otro hombre. Alberto desvió su arma hacia arriba antes de que el disparo acabara definitivamente con el silencio del lugar. El furtivo recibió una lluvia de golpes de pierna y de puño por parte de Hamdi, Samina e Irma. Luís acudió en ayuda del Sensei. A los pocos segundos, el cazador estaba inconsciente. Todo parecía funcionar cuando en la mano del que todavía permanecía en pie, el más fuerte de los dos hombres, apareció un cuchillo de caza de enormes dimensiones. Los tres chicos palidecieron. El furtivo aprovechó este instante de titubeo para agarrar a Samina por la solapa y atraerla brutalmente hacia él. La muchacha soltó un grito de sorpresa y miedo. Al instante, sintió el espeluznante contacto de la hoja del cuchillo en su cuello, justo por debajo del mentón. Instintivamente quedó inmóvil. El hombre la había colocado de espaldas contra él con gran habilidad. Dedujo que no era la primera vez que llevaba a cabo la maniobra. Probablemente, no era solo asesino de animales. 

Samina había oído hacía unos meses en las noticias que un furtivo había matado a dos guardas forestales cuando lo habían sorprendido en sus actividades delictivas. ¿Sería este? ¿Y qué importaba? Aunque no lo fuera, estaba claro que era capaz de asesinar. Su visión se enturbió por culpa de sendas lágrimas de terror que no tardaron en emprender un rápido viaje hasta su mentón. Por entre las ondas que las lágrimas provocaban en su visión, pudo apreciar cómo el color abandonaba rápidamente los rostros de sus amigos. No obstante, la esperanza se coló por un resquicio al comprobar que no habían quedado paralizados, a pesar del peligro. Lenta e instintivamente, se colocaron frente a ella y el furtivo, apiñándose, transformándose en un bloque compacto. Estaban asustados, pero no se rendían, no la iban a abandonar. Avanzaban lentamente, con pasos casi imperceptibles. A Samina le sorprendió una de esas ideas absurdas y disparatadas que acudían a su mente en los peores momentos. Sus amigos avanzaban como los componentes de las comparsas de las fiestas de Moros y Cristianos a las que había ido alguna vez. A pesar de la resistencia de sus padres debido a que consideraban la fiesta como una muestra de desprecio hacia su pueblo, Samina había insistido hasta conseguir que accedieran. Finalmente comprendieron que era demasiado pequeña para arrebatarle la ilusión a causa de algo que todavía no era capaz de entender: las rivalidades de los adultos. Norte-sur, Oriente-Occidente, dominante-dominado, vencedor-vencido… A ella eso le traía sin cuidado. Solo quería admirar los hermosos y llamativos colores de los trajes de las chicas disfrazadas de moras o cristianas, sus bonitos rostros adornados con brillantes y exuberantes maquillajes, sus danzas sensuales, los malabarismos con las espadas y las cimitarras, sentir cómo el temblor producido por el estallido de los petardos recorría sus piernas como si estuviera conectada al suelo. Lejos de asustarla, la emocionaba sentir cómo la onda expansiva de los fuegos artificiales impactaba contra su pecho. El conjunto era perfecto para una mente inquieta como la suya.

El furtivo, ante el avance de la comparsa, comenzó a retroceder con cuidado para no tropezar, arrastrando a Samina con él. Llegaron al claro y penetraron en él. La brillante luz de la tarde estival le permitió contemplar las expresiones de sus amigos. Había miedo, preocupación, pero también determinación. Le llamó la atención la mirada de Luís. Había fiereza en ella, la misma que había aparecido cuando les había hablado de sus primos. Sujetaba la impresionante arma del furtivo que permanecía inconsciente en el bosque. Samina suponía que su intención no era utilizarla, sino evitar que volviera a ser utilizada por su dueño en caso de que recobrara la conciencia, pues estaba segura de que no sabía hacerlo, ni él ni los demás.

Tras internarse unos cuantos metros en el claro, el furtivo se detuvo.

—No sigáis avanzando o le rajo la garganta —su voz era grave y cascada. Seguramente había pasado mucho humo y alcohol por ese gaznate.

El grupo hizo caso omiso de la amenaza y siguió avanzando. Ya no estaban tan apiñados, comenzaban a dispersarse, probablemente para intentar alguna maniobra de rescate. Samina pensó que era una temeridad, pues el furtivo solo tenía que hacer un pequeño movimiento de su mano para quitarle la vida. Pero esta estaba en manos de sus amigos y confió en ellos. Sabía que no la pondrían en peligro a la ligera.

—¿No me habéis oído? ¡Parad o la mato!

Esta vez, el grupo obedeció.

—Si pensáis que no soy capaz de hacerlo, os equivocáis.

Samina sabía que era cierto. El furtivo se sintió dueño de la situación y cuando volvió a hablar, su voz había ganado en seguridad. Sonó cruel y prepotente.

—¡Eh, chaval! ¿Qué te ha pasado en las piernas? Brillan más que mi cuchillo —soltó una risa seca y despectiva, encantado con su ocurrencia. Era uno de los sonidos más desagradables que Samina había oído en su vida. Hamdi reaccionó como si el cuchillo que amenazaba la garganta de Samina se le hubiera clavado en las entrañas y hurgara allí dentro. Le rompió el corazón ver el brillo de las lágrimas en los ojos de Ham. Sintió cómo el chico se encogía. Parecía haber menguado en tamaño y edad. Adquirió el aspecto de un niño desvalido. Ham había viajado en el tiempo. En ese momento estaba explotando la mina antipersonal y sus piernas saltaban por los aires. El miedo de Samina se encogió con la misma velocidad con la que parecía haberlo hecho Ham y lo sustituyó la furia. Automáticamente, posó su atención en Luís. Todo el grupo estaba horrorizado por las palabras del despreciable furtivo, pero los ojos de Luís echaban fuego. La furia de Samina no era nada comparada con aquella incandescencia. El muchacho estaba a punto de perder el control y eso podía precipitar un final dramático en el que ella se llevaría la peor parte. Esto debería haberla aterrorizado. Por el contrario, pensó que no le importaba, que aquel ser cruel se merecía lo peor, aunque la arrastrara con él.

«¡Adelante, Luís! Yo os he metido en este lío. No me arrepiento de lo que hice, pero al fin y al cabo, es culpa mía. No podemos permitir que haga daño a Ham de esa forma. ¡Haz lo que tengas que hacer! ¡Acaba con esto!»

Luís la miró. Sabía que la estaba «oyendo». Si había podido enviarles aquella llamada cuando Irma y él estaban acorralados por los Khan, también podría captar su mensaje. Sintió cómo la furia de su amigo y el cariño por ella libraban en su interior una cruenta batalla. Su mirada se desvió hacia el furtivo. La incandescencia se intensificó. Samina cerró los ojos.

[1] Tobi Yoko Geri: Patada lateral con salto.