Totem

II. Ronin

En el dojo, el Sensei felicitó y agradeció a sus alumnos la ayuda que le habían prestado limpiando y cuidando el local en su ausencia. Se descalzaron y saludaron al entrar como si fueran a iniciar un entrenamiento. El Sensei los invitó a que se sentaran en círculo como solía hacer cuando quería explicarles algo de especial importancia.

—Antes de empezar, quiero decirte algo muy importante, Irma. El único responsable de lo que ocurrió anoche es tu padre. Lo que le ha sucedido a Samina es muy triste, pero ella fue voluntariamente, al igual que el resto, y yo también habría ido si lo hubiera sabido. Cumplieron su promesa siendo conocedores de los riesgos —Irma asintió, más tranquila—. Dicho esto, antes de intentar salvar a Samina, es imprescindible que os cuente algo.

El rostro del Sensei se ensombreció y, por primera vez desde que lo conocían, percibieron inseguridad en él. Calló y su mirada se perdió en el vacío. Sus alumnos se inquietaron, temiendo que sus lesiones no estuvieran curadas del todo.

—¿Estás bien, Sensei? —preguntó Hamdi.

—Chicos, ¿confiáis en mí? —El Sensei hizo la pregunta como quien acaba de despertarse de un largo sueño, haciendo caso omiso a la de Hamdi.

Después de unos segundos de desconcierto, respondió Luís.

—Claro. Totalmente.

—¿Creéis que soy una persona cabal y sincera?

—Sí, Sensei, claro que sí. Pero, ¿a qué viene esto? Nos estás asustando —dijo Irma.

—Intento asegurarme de que estáis totalmente seguros de mi honradez y de que jamás os engañaría ni os mentiría.

—Sensei, tú tuviste fe en nosotros desde el principio, incluso dejaste a nuestro cuidado el dojo. Y yo creo que eres el hombre más cuerdo y más sincero que conozco —dijo Alberto—. Los demás asintieron.

—Gracias. Como os decía —el Sensei continuó algo más tranquilo, aunque la sombra de su rostro no se había disipado del todo—, quería asegurarme de que confiáis plenamente en mí, porque la historia que os voy a contar no es fácil de creer y cualquiera que no me conociera bien pensaría que estoy totalmente loco —examinó los rostros de sus alumnos buscando la duda en ellos, pero había firmeza y confianza en su mirada.

—De acuerdo, pues allá voy. Samina nos espera. No sé muy bien cómo empezar a contaros esto… —Cerró los ojos e inspiró profundamente. Después de unos pocos segundos, expiró y los abrió de nuevo. Su mirada había cambiado. La seguridad había vuelto a ellos—. No soy quienes vosotros creéis. En realidad me llamo Shitoru Kaneko, capitán de los samuráis del Daimyo MiIzu, uno de los más poderosos daimyos que existieron en Japón. Por si no lo sabéis, los daimyos eran equivalentes a los señores feudales en Europa durante la Edad Media. Cometí traición, incumplí el juramento de lealtad a mi señor. No fui un buen samurái. Los samuráis no deben plantearse si su señor hace lo correcto o no, solo obedecerle. El código de Bushido proclama la obediencia como un principio que deben seguir los samuráis, pero también el honor, la justicia y la piedad. Los daimyos más sanguinarios, entre los que se encontraba mi señor, pervirtieron el código de Bushido haciendo prevalecer la obediencia ciega sobre todos los demás, a mi juicio, mucho más importantes. Según esta visión, si tu señor te ordena que mates a tu mejor amigo, lo haces sin dudar y sin preguntar el motivo; al igual que si te ordena matar a tu madre, a tus hermanos o a cualquier otra persona. De hecho, mi señor daba este tipo de órdenes a menudo para asegurarse de la absoluta lealtad de sus siervos.

Los alumnos del Sensei se miraban con disimulo, estupefactos. Acababan de asegurar a su maestro que confiaban plenamente en él, pero no esperaban algo así. Sabían que no pretendía engañarlos deliberadamente. Pero, ¿estaría delirando?

—El daimyo se apropiaba de la mayor parte de lo que producían los lugareños. A cambio, les permitía vivir en sus tierras y les dejaba lo justo para sobrevivir. Pero ni siquiera eso le parecía suficiente y, de vez en cuando, enviaba a un cuerpo de mercenarios que disfrutaban cometiendo atrocidades. Eran como perros rabiosos que Milzu soltaba cuando le convenía sembrar el terror. De esta forma, mantenía a sus súbditos débiles y atemorizados para prevenir revueltas. También aprovechaba para arrebatar un poco más de sus reservas de grano, animales, etc. Así salvaba su buen nombre achacando los saqueos a supuestos grupos de bandidos incontrolables que asolaban el territorio. Esto era absurdo, pues ningún bandido se habría atrevido a actuar en las tierras de mi sanguinario señor o sería ejecutado de inmediato. Los samuráis éramos tan responsables como ellos, pues aunque no fuéramos los ejecutores directos de tales crímenes, teníamos conocimiento de ellos y no hacíamos nada para evitarlos; especialmente yo, pues era el capitán del grupo. En una ocasión, tanteé a mi segundo, Katashi, que también era mi mejor amigo, mi hermano —Alberto y Luís, al oír aquello, intercambiaron una mirada—. Le expresé mis inquietudes de la forma más cautelosa que pude, pero pese a ello, me miró sorprendido y receloso. Con un tono muy duro, me dijo que no era tarea nuestra cuestionar las acciones y decisiones de nuestro señor, sino obedecerlo y protegerlo, entregando nuestra vida si era necesario. Me dijo que le extrañaba sobremanera oír esas palabras en boca de su capitán. Me disculpé inmediatamente y le rogué que no tomara en cuenta mis palabras, que eran fruto del cansancio, pero mis excusas no lo convencieron. A partir de aquel día, no volvió a ser el mismo conmigo. Frecuentemente lo descubría mirándome de forma extraña. Llegué a convencerme de que me vigilaba. Había algo en su mirada que me asustaba, una oscuridad hasta entonces desconocida para mí. Pero me engañé a mí mismo, diciéndome que mis sospechas no tenían fundamento.

Mientras tanto, mi conciencia no me dejaba vivir. Me despertaba bañado en sudor, víctima de atroces pesadillas en las que asesinaba a todo un pueblo con mi katana. Obedeciendo a mi señor, incumplía otros principios del código de Bushido mucho más importantes. Obedecerle implicaba atemorizar, esclavizar y ser cómplice del asesinato de inocentes. Yo me conocía y sabía que no podría soportar aquella carga en mi conciencia durante mucho tiempo. No podía seguir actuando contra mis propias convicciones. El desenlace se aproximaba y estaba convencido de que no podía tener buen fin para mí. Pero ya no me importaba, no podía seguir padeciendo aquel tormento.

Tal y como esperaba, el Daimyo no tardó en enviar de nuevo a su banda de asesinos a uno de los poblados en los cuales sospechaba que se estaba gestando una rebelión. No tenía la certeza de ello, ni siquiera había pruebas de que fuera más que un rumor, pero eso no le preocupaba. Pensaba que nunca venía mal una purga para mantener a la gente sumisa y atemorizada para que no cruzaran ideas peligrosas por sus cabezas. No había antídoto mejor que cortar algunas de ellas. Aquella noche ni siquiera pude llegar a conciliar el sueño. Los sonidos del saqueo y la matanza llegaban hasta mis oídos, pues no había mucha distancia hasta el poblado que estaba siendo atacado. Ya no pude más. Sigilosamente, para no despertar a mis guerreros me vestí, agarré mi katana y salí con mi caballo hacia el poblado, dispuesto a evitar todas las muertes y abusos que pudiera, sin importarme las consecuencias. Cuando llegué, varias casas ardían y la gente del poblado corría histérica sin rumbo fijo, pues no tenían dónde esconderse. Desenvainé mi katana y acabé de un solo golpe con uno de los mercenarios que arrastraba salvajemente a una mujer por el suelo. De inmediato sentí los crueles ojos de Kuma, el jefe de los sicarios, sobre mí. No parecía sorprendido de verme allí. La hostilidad mutua era evidente hacía mucho tiempo. Los enemigos naturales se reconocen. Él intuía que yo desaprobaba y despreciaba su crueldad. A su vez, él despreciaba mis escrúpulos y me acusaba de cobarde. Llevaba una armadura de cuero, sucia y desgastada. Empuñaba un sable de hoja curva que acumulaba incontables muertes, propia de bandidos y gente ruin, muy lejana de las nobles katanas, pero no por ello menos mortífera. No tardó en reaccionar y ordenó a varios de sus hombres que se encargaran de mí. Todos cayeron bajo mi katana. Sin detenerme, seguí liberando a los habitantes del poblado de los mercenarios, uno a uno, hasta que oí que un grupo de jinetes se acercaba. Eran mis hombres, dirigidos por Katashi. ¿Cómo era posible que me hubieran descubierto tan rápidamente? Entonces lo entendí todo: mi hermano me había vigilado y delatado al Daimyo, que habría ordenado mi ejecución inmediata. Pero había algo más. Cuando el que yo consideraba  mi hermano se acercó lo suficiente, observé detenidamente su rostro. Si para delatarme, únicamente le hubiera movido su sentimiento de lealtad y la obediencia ciega a Milzu, aún primando estos sobre nuestra amistad, la tristeza y la amargura nublarían su rostro. Pero no había ni rastro de ellas. Por el contrario, una media sonrisa animaba su rostro. La verdad que me había negado a aceptar me golpeó brutalmente. Además de su sentido del deber y por encima de él, lo que le había movido a delatarme había sido la ambición. Si yo moría, él era mi lógico sucesor, y si además, a ello se unía el agradecimiento del Daimyo por haberle advertido de la amenaza que yo constituía, lo cubriría de honores y se convertiría en el hombre más poderoso de aquellas tierras después de su señor. Todo ello lo indicaba aquella sutil sonrisa de triunfo. Mi inminente muerte no despertaba la más mínima tristeza ni remordimiento en él.

A pesar de la furia que crecía en mí, corrí hacia mi caballo y me alejé del poblado. Por un momento me avergoncé de mí mismo. Un samurái, capitán de la guardia de uno de los daimyos más poderosos de Japón, huyendo de sus propios hermanos, como un vulgar ladrón. Pero no tardé en desechar mi orgullo. No estaba dispuesto a malgastar ninguna vida más por culpa de ese ser despreciable. Toda mi devoción por él se había tornado odio y deprecio. Me repugnaba pensar en todos los servicios y sacrificios que le había dedicado. Me sentí engañado y ridículo. Sabía que mi huída sería interpretada como una señal de cobardía, pero no era tal. No es momento para la falsa modestia, yo era el mejor guerrero de la región. Sabía que en un enfrentamiento con Katashi y mis hombres, yo acabaría muriendo, pero antes caerían muchos de ellos. Comprendí que, a pesar de la deslealtad de Katashi y, a diferencia de lo que me habían inculcado desde que comenzó mi entrenamiento, no existía honor alguno en matar a mis amigos, por mucho que lo ordenara cualquier señor. Así es como me convertí en un ronin[1].

[1] Samurái sin señor.

Mi caballo cabalgó lo más rápido que le permitieron sus músculos, sus pulmones y su corazón. Mi intención era encontrar algún lugar recóndito del bosque donde poder ocultarme antes de que se agotara mi cabalgadura. Tomé una senda que se internaba en la espesura del bosque, esquivando unas ramas que me partirían el cuello si chocaba con ellas a aquella velocidad. De pronto, se abrió un claro a mi izquierda y vi algo que me hizo dudar de mi cordura. Llegué a pensar que los remordimientos, la falta de sueño y el horror de los últimos sucesos la habían minado. Una especie de nubarrón circular giraba sobre sí mismo, formando una vorágine. De ella brotaba un extraño resplandor. La silueta de un hombre de largos cabellos, alto y delgado se recortaba contra aquella fosforescencia. No parecía afectarle aquel fenómeno lo más mínimo, salvo por el hecho de que el viento alborotaba su cabellera. Hice frenar en seco a mi cabalgadura, atraído por el espectáculo, que a pesar de lo inquietante que resultaba, era de innegable belleza. El hombre me hizo una señal, indicándome que me acercara. Dudé unos instantes, pero llegué a la conclusión de que no tenía nada que perder. Mi caballo estaba exhausto, así que, de cualquier modo, no tardaría en verme obligado a detenerme de nuevo. La vida era preciosa para mí en esos momentos y tampoco pensaba matar de agotamiento al noble animal, que era el único que me había demostrado verdadera lealtad en aquel lugar. Probablemente eran mis últimos instantes de vida. No tenía nada que perder, así que descendí y me acerqué al misterioso hombre. Cuando estuve frente a él, pude ver su rostro con detalle. Aunque tenía los ojos rasgados y el cabello negro como un cuervo, su tez, el aspecto de su ropa y el resto de sus rasgos denotaban que no era japonés. Era un hombre viejo, de piel ajada, pero vigoroso. Vestía un pantalón que aparentaba estar hecho de piel, una camisa ancha de unos colores tan vivos como los collares y adornos que colgaban de su cuello o prendidos de su camisa.

—Entra si quieres salvar la vida y la de tus hombres —me dijo.

Miré al aterrador espectáculo que se desarrollaba a su espalda.

—No temas, solo es una puerta. No te hará daño.

Le pregunté cómo sabía tanto de mí.

—Sé muchas cosas de mucha gente. Si te lo explico ahora, tus días finalizarán en unos instantes. ¿Tan grande es tu curiosidad que estás dispuesto a perder la vida por ella?

Tenía razón. A pesar del estruendo de aquello que el hombre había llamado puerta, podía oír los cascos de los caballos de mis hombres. Debían estar a menos de cien metros de distancia.

Sin responder, me volví hacia mi caballo y me despedí de él dando un par de suaves palmadas en su musculoso cuello. No le harían daño, era un animal demasiado valioso para prescindir de él. Supuse que pasaría a ser propiedad de Katashi, pero no me importó. Estaba seguro de que cuidaría bien de él. La majestuosidad del animal cuadraba perfectamente con la imagen de poder que deseaba transmitir.

Sin saber por qué, confié en el hombre que guardaba la puerta. Tal vez porque era la única opción que tenía. Hizo un gesto invitándome de nuevo a entrar y yo crucé la «puerta» intentando no pensar. A los pocos segundos pude ver, desde dentro (o desde fuera, no sé cuál es la mejor forma de expresarlo), a Katashi y los demás llegar al lugar y detenerse. Habían visto mi caballo. Me asusté y en voz baja le pedí al misterioso hombre que cerrara esa puerta, si es que podía. Él me tranquilizó:

—No te preocupes, no pueden verla. Sus mentes no están preparadas para ello.

Tal y como afirmaba, se acercaron a mi caballo y comenzaron a examinar la zona en mi busca sin reparar en la puerta. Después de un rato, desistieron y se marcharon, llevándose mi montura, tal y como había previsto.

No tenemos mucho tiempo, así que os resumiré el resto. Tiempo habrá de relatároslo con detalle. Aquel hombre era un chamán y al lugar al que me dio acceso se le ha llamado de muchas formas, por diferentes culturas: limbo, purgatorio, tierra de los muertos, etc. Ninguna de ellas es totalmente exacta. En la mitología japonesa se le llama Yomi, pero la forma en la que se le representa no es del todo exacta. Por ella transitan las almas que no encuentran el camino de su lugar definitivo de descanso, aquellas que han dejado algo pendiente, o simplemente las que no aceptan que el tiempo que se les dio ha concluido. Algunas almas comprenden de alguna forma que han desperdiciado ese tiempo o que lo han utilizado mal e intentan prolongarlo, pero es imposible; inventan fantasías en las que se engañan a sí mismas, simulando que su deseo de prórroga o de deshacer sus errores se cumple.

Sin embargo, no solo hay muertos; también hay vivos que han encontrado la forma de acceder a Yomi, bien porque de algún modo han hallado una de las puertas, o bien a través de sueños o viajes astrales. De la misma forma, permanecen temporalmente aquellos que están entre la vida y la muerte, como Samina, y ese es el motivo por el cual os estoy contando todo esto.

Después de una larga pausa, el Sensei tomó fuerzas para emprender la última recta de su relato. Parecía costarle un gran esfuerzo.

—Permanecí mucho tiempo allí. Es difícil saber cuánto, pues no transcurre a la misma velocidad que aquí. Aprendí mucho del chamán. Me estaba preparando para algo, pero cuando lo interrogaba al respecto, contestaba con evasivas. Cuando ya había renunciado a las preguntas, me dijo que había elegido un lugar para que pudiera seguir con mi vida. Afirmaba que debía tener una nueva identidad en un tiempo y un lugar totalmente distintos a los míos. Según él, se había creado un fuerte vínculo de odio entre el trío Milzu-Katashi-Kuma y yo, que de alguna manera nos conectaba. Ellos jamás renunciarían a su venganza. Cuando le pregunté por qué me ayudaba, me dio una respuesta que no acabé de entender: me dijo que yo buscaba la forma de purgar mis errores. Allá donde iba a enviarme tendría la oportunidad de enmendarlos ayudando a gente que me necesitara y un día, una gran responsabilidad recaería sobre mí. Intenté que me dijera algo más, pero volvió a su acostumbrado mutismo. Lo conocía lo suficiente como para saber que era inútil insistir. No diría nada más.
El chamán utilizó el poder de aquel lugar para cambiar mi aspecto físico y concederme el conocimiento de vuestra lengua. De pronto, la dominaba sin acento alguno. No podía creer todo aquello, pero era real. Cuando llegué aquí, a vuestro mundo, por decirlo de alguna forma, no obedecí totalmente al chamán, a pesar de sus advertencias. Viajé a mi país a aprender karate. Mi vida estaba basada en las artes marciales y luchar era lo único que sabía hacer. Me ganaría la vida así, jurándome a mí mismo que jamás las utilizaría para dañar a nadie sin motivos de peso y que inculcaría a mis alumnos los mismos principios. Además, no se me ocurría mejor forma de llevar a cabo la misión que me había encomendado el chamán. Defender a quien lo necesitara o, mejor aún, enseñar a que se defendiera por sí mismo, me pareció una buena forma de ayudar. Conocéis el resto de mi historia. Jamás había contado esto a nadie y habría seguido así de no estar la vida de Samina en peligro. Debemos ir a Yomi a rescatarla. Mientras esté en coma, existe una posibilidad de salvarla.
El Sensei miró a sus alumnos con incertidumbre, intentando dilucidar si lo habían creído. Habían permanecido en silencio desde el inicio del relato. Sorprendió a Irma y a Alberto intercambiando miradas. Hamdi y Luís clavaban la suya en el suelo sin atreverse a alzarla.
—No me creéis. No habéis sido sinceros, no confiáis totalmente en mí.
—No, Sensei. No te enfades, por favor —rogó Irma—, confiamos en ti, pero comprende que necesitamos un tiempo para asimilarlo.
El Sensei suspiró.
—No os culpo. Como os dije, la historia es de locos. Yo tampoco la creería en vuestro lugar, así que solo queda que veáis la verdad con vuestros propios ojos para convenceros de su existencia real. Así que pongámonos en marcha, el tiempo pasa rápido para Samina.
Al comprobar que los chicos titubeaban, les dijo:
—Mirad, pensadlo de esta forma: no podéis hacer nada por ella esperando aquí o en el hospital. Como os dije, si optamos por la pasividad, su vida dependerá únicamente de lo que pueda hacer la medicina por ella; y por desgracia, creo que en este caso no va a ser mucho. Si me acompañáis, lo peor que puede pasar es que lleguéis a la conclusión de que esta historia no es más que el desvarío de un loco. Y eso, en todo caso, no puede empeorar el estado de Samina.
El razonamiento pareció convencer a los chavales. Acompañaron al Sensei hasta su automóvil. Supuestamente, los iba a conducir hasta la puerta por la cual había accedido a esta época, según su relato. Por allí entrarían en el limbo, purgatorio o lo que fuera eso, para intentar rescatar a Samina.

Tras casi media hora de camino, el Sensei abandonó la carretera y tomó un camino sin asfaltar. Después de unos pocos minutos más, detuvo el vehículo y paró el motor.

—Tenemos que seguir a pie. A partir de aquí el terreno es demasiado abrupto.

Se apearon del coche y tomaron una pedregosa senda. Caminaban en dos grupos: el Sensei junto a Hamdi e Irma, y un poco más atrasados, Alberto y Luís. El primero echaba de vez en cuando rápidas miradas a su amigo. Este, aunque aparentaba no ser consciente de ello, comprendió que su amigo quería decirle algo, pero no acababa de decidirse.

—¿Qué pasa? —preguntó Luís, finalmente.

Alberto se detuvo y, como Luís siguió caminando, lo retuvo de un brazo. Este lo miró a los ojos, animándolo a hablar.

—¿Tú le crees? —hizo un gesto con la cabeza señalando al Sensei.

Luís dudó un momento y después respondió:

—Creo que sí —respondió al final, con una expresión de alegría y alivio, como si acabara de descubrirlo en ese preciso instante—. El Sensei siempre ha dado muestras de ser una persona cabal y equilibrada. Además, hay cosas en este mundo que no acabamos de entender. Si no hubieras presenciado lo que pasó en casa de Irma y te lo hubiera contado yo o Ham, o Irma, ¿lo habrías creído?

Alberto se quedó sin palabras. Luís había puesto el dedo en la llaga. Al comprobar que Alberto no era capaz de responder, siguió caminando detrás de Irma, Ham y el Sensei, que se estaban distanciando. Su amigo lo siguió unos instantes después sin dejar de pensar en la pregunta que le había hecho.

Después de caminar unos trescientos metros más, el Sensei se apartó del sendero. Se encontraban en un agradable paraje. Una franja de vegetación de varios metros de ancho se extendía hasta un bosquecillo de árboles no muy altos, pero frondosos. Las flores silvestres aparecían aquí y allá, a pinceladas caóticas, aportando un toque de alegría con su color amarillo intenso. El Sensei avanzaba hacia los árboles del fondo sin reparar en la belleza del paisaje, escoltado por Irma y Hamdi. Finalmente, se detuvo frente a uno de los árboles, mirándolo fijamente. Daba la sensación de que se disponía a entablar conversación con él.

De pronto, se volvió hacia Irma.

—Aquí está la puerta.

—No veo nada.

La chica lo miró, insegura y angustiada. El Sensei percibió su sufrimiento. Verdaderamente, quería creer en él. Hamdi también parecía esforzarse en percibir algo, sin éxito.

—Irma, ¿recuerdas lo que os dije sobre la mente al inicio de los entrenamientos y que os he repetido tantas veces desde entonces?

—¿Lo de «no golpeéis con el cuerpo, sino con la mente»? —preguntó Irma sin apartar su mirada del punto que había señalado el Sensei, buscando con todas sus fuerzas la supuesta puerta.

—Exacto. Esto es algo parecido. No mires con tus ojos, mira con tu mente.

La chica apartó su mirada de donde la tenía clavada para posarla en los ojos al Sensei y asintió. Miró de nuevo el punto donde se suponía que estaba la puerta y respiró hondo, tratando de calmar la frenética actividad de su cerebro.

—Inténtalo tú también, Ham.

Luís, que había llegado a tiempo para oír las indicaciones que el Sensei había dado a Irma y a Hamdi, las siguió también. Alberto se detuvo a unos metros por detrás y permaneció inmóvil, como si hubiera descubierto un nido de serpientes venenosas entre la hierba.

Irma sacudió la cabeza de un lado a otro, como si quisiera deshacerse de algo enganchado en su pelo. «Bien, eso está bien. Quítate de encima los prejuicios», pensó el Sensei.

Segundos después, la chica abrió desmesuradamente los ojos y la boca. Se echó hacia atrás como si hubiera visto algo terrorífico, tropezando con un desnivel del terreno. Si no la hubiera sujetado el Sensei, probablemente se habría caído de culo.

—¡Tranquila! Impresiona pero no es peligroso, no te hará daño. —Un instante después de pronunciar estas palabras, el Sensei se percató de que prácticamente había repetido las que el chamán le había dirigido a él hacía tanto tiempo.

Luís y Hamdi se miraron inquietos, deseosos de ver también aquello ante lo que Irma había reaccionado de una forma tan llamativa.

Irma se fue tranquilizando poco a poco. Sus cabellos se movían frenéticamente y le azotaban el rostro, al igual que los del Sensei, aunque el cabello del hombre era mucho más corto y no le molestaba tanto. La chica lo miró y le dijo sonriendo:

—Sabía que no mentías —el Sensei le devolvió la sonrisa, aliviado.

Irma volvió de nuevo su mirada a lo que el Sensei había calificado como puerta, aunque aquello no se pareciera lo más mínimo al concepto que todos tenemos de una puerta. Estaba atrapada por la salvaje belleza de lo que tenía ante sí: una masa nubosa semejante a un huracán o tifón de unos cuatro o cinco metros de diámetro que giraba en vertical con una fuerza devastadora. Los árboles de detrás habían desaparecido, ocultos tras el fenómeno atmosférico que obviamente no era tal pues, tal y como el Sensei había descrito, daba acceso a un lugar desconocido y oscuro. Desde su punto de vista, entre una penumbra rojiza, se percibían formas difusas y cambiantes que la habrían asustado de no estar tan fascinada por el magnetismo brutal de aquel portal de entrada. De vez en cuando, surgía un rayo que iluminaba sus rostros del azul más bello que jamás había contemplado.

El Sensei, soltando a Irma, convencido de que ya no necesitaba su apoyo, se volvió hacia los demás:

—Ya lo habéis oído, chicos… con la mente.

Luís obedeció a su maestro. Enfocó su mente y dejó que se dividiera, esta vez de forma consciente. En pocos segundos se manifestó ante sus ojos el espectáculo más grandioso que jamás hubiera presenciado. Su reacción fue parecida a la de Irma. Sus ojos se expandieron y su boca se abrió formando una pequeña e involuntaria «o». Vio cómo Irma le sonreía y lo animaba a que se acercara con un gesto de la mano. Así lo hizo y se colocó a su lado sin dejar de mirar la «puerta». Hubo que esperar algo más para que Hamdi consiguiera verla, pero lo logró y sintió el mismo magnetismo que los demás.

—Venga, Alberto. Solo quedas tú —dijo Luís volviéndose hacia su amigo.

Los cabellos de Irma y Luís se revolvían furiosamente y les golpeaban la cara, pero Alberto era incapaz de verlo. Allí no había más que árboles normales y corrientes frente a sus amigos. Parecían haberse vuelto locos de pronto o ser víctimas de alguna alucinación como consecuencia del consumo de una sustancia alucinógena. Estaba totalmente desconcertado. Y, ¿por qué gritaban tanto? En aquel lugar reinaba un gran silencio. Solo se oía el piar de los pájaros y el leve silbido de la brisa.

—¿Por qué gritáis tanto? ¿Estáis mal de la cabeza o qué? —espetó, furioso.

—No puede verlo ni oírlo, tiene miedo —sentenció el Sensei.

—¿De qué? Preguntó Irma.

—De creer —respondió el Sensei—. La fe es algo muy frágil. La mejor forma de no perderla es no tenerla. Tenemos que entrar ya, el tiempo se nos acaba.

—¡No te preocupes, Alberto! —dijo, elevando la voz—, no pasa nada, espéranos aquí.

Sin esperar respuesta, traspasó el portal.

Irma se quedó sorprendida por la reacción del Sensei y volvió a dudar, pero se repuso rápidamente. Después de dirigir una triste mirada a Alberto, dijo a los demás:

—Sigamos al Sensei  —se disponía a traspasar el umbral, cuando oyó la voz de Luís.

—Eso da miedo. —Estaba paralizado.

—Sí, yo también tengo miedo, pero hay que hacerlo —Irma tendió su mano a Luís.

—Sí, por Samina —respondió este, agarrando fuertemente la mano de Irma. La chica asintió y los dos traspasaron juntos la puerta. Al cabo de unos segundos, lo hizo Hamdi, respirando aceleradamente. Sonrió aliviado una vez dentro.

Se volvieron hacia Alberto, que había quedado totalmente desolado y desorientado. Seguramente los había visto desaparecer en la nada.

—No podemos dejarlo ahí solo —dijo Irma, y antes de que nadie pudiera detenerla, cruzó de nuevo el umbral.

Una vez estuvo fuera, tendió la mano a Alberto sin separarse mucho de la entrada. Era una forma no verbal de transmitirle que deseaba que fuera con ella, pero sin renunciar a volver allí dentro si no conseguía hacerlo cambiar de opinión. Él debía decidir si avanzaba y agarraba su mano o no. Lo miró fijamente con aquellos espectaculares ojos verdes que parecían haber ganado intensidad en los últimos minutos. Alberto sintió una presión en el pecho al mirarlos.

—Alberto, por favor —dijo, al comprobar que este no se movía—, agarra mi mano. Le dijimos al Sensei que confiábamos en él. Tenemos que cumplir nuestra palabra.

—Ya, pero esto es demasiado. Yo no veo nada ­—pronunció la última frase con gran angustia y sus ojos se entristecieron. Irma pudo ver el desamparo en ellos y supo que volvía a sentirse diferente y de alguna manera excluido, sin comprender que creer o no creer era una decisión personal, tal y como había dicho el Sensei.

—Ahora soy yo quien te pregunta si confías en nosotros, tus amigos. Alberto, hemos luchado juntos. ¿Crees que te engañaríamos y más en estas circunstancias en que la vida de Samina está en juego? Todos hemos entrado, no puedes quedarte fuera.

El tono de Irma era cálido y firme a la vez. Debía convencerlo. Si no entraba, su decisión lo separaría del grupo para siempre, pero Alberto seguía sin reaccionar. Estaba atrapado entre dos fuerzas muy poderosas: por un lado, el deseo de estar con sus amigos y salvar a Samina; por el otro, la desesperanza y el miedo a creer.

—Si no vienes lo respetaré —añadió—, y nos iremos sin ti porque Samina depende de nosotros, pero tienes que decidirte ya.

La mano de Irma siguió tendida. Alberto solo podía verla a ella y al resto de sus amigos detrás junto al Sensei, mirándolo con ansiedad. Detrás de todos ellos, los árboles y el monte, nada más. Se sintió desgajado por dos fuerzas opuestas y poderosas. Sentía las miradas angustiadas de sus amigos como un peso sobre sus hombros, pero no podía moverse, se había quedado bloqueado. La fachada de bravuconería que había construido sobre sí como una coraza que lo defendía del racismo y del rechazo se había derrumbado. En ese momento, sus amigos lo estaban viendo tal y como era, con toda su vulnerabilidad y sus miedos al descubierto. No por ello disminuyó su afecto por él; al contrario, aumentó.

Irma hizo un último intento:

—Sin ti este grupo está incompleto, eres muy importante para nosotros. Te necesitamos.

—Escucha a Irma —intervino Luís—, Samina te necesita, yo te necesito. Eres mi hermano, ¿recuerdas?

—Nuestro hermano —corrigió Hamdi. Luís asintió.

A Alberto se le llenaron los ojos de lágrimas, aunque no permitió que se le escapara ni una de ellas, eso habría sido demasiado para él. Sin pensarlo más, avanzó bruscamente y agarró la mano de Irma. Esta le dedicó una sonrisa cálida, rebosante de alivio, felicidad y cariño. Jamás podría olvidarla. Sin embargo, no tuvo más remedio que apartar sus ojos de Irma cuando algo, una materia extraña, comenzó a aparecer alrededor de ella y también de sus amigos y del Sensei, que había permanecido en silencio, sin intervenir. Parecía estar en shock. Era extraño verlo así. No tardó en identificar esa materia como nubarrones que giraban a gran velocidad alrededor de un eje invisible, rodeándolos. Su cabello había empezado a revolverse frenéticamente y a invadir su rostro como una marea furiosa, al igual que lo hacía con el resto del grupo, que aguantaba a duras penas en pie, esperándolo. Entonces, lo invadió el pánico e hizo un movimiento de retroceso instintivo, pero la mano de Irma lo retuvo con fuerza. Por primera vez, a pesar del tiempo que llevaban juntos, fue consciente de lo fuerte que era Irma, exterior e interiormente. Seguía clavando sus ojos en los suyos con un nuevo matiz desconocido para Alberto: una mezcla de firmeza y afecto. «No te soltaré», le decían silenciosamente.

Alberto había quedado atrapado en aquellos ojos y, de alguna manera, jamás saldría de ellos. Era indudable que Irma era una chica bonita. No pasaba desapercibida a ningún chico que estuviera cerca de ella. Al margen de esa lógica atracción física, hasta entonces Irma había sido para Alberto una más del grupo. Pero aquel día, lo que atrapó a Alberto no fue la evidente belleza de sus ojos, que ya conocía, sino lo que había detrás de ellos: fuerza, magnetismo, sensibilidad y afecto. Comprendió que al aceptar su mano no solo penetraba en la oscuridad e incertidumbre de aquel limbo que había descrito su Sensei. También lo hacía en otro lugar del que jamás podría escapar, ni tampoco querría. Con una punzada de inquietud y una sensación de salto al vacío, supo que a pesar del miedo iría a cualquier lugar que Irma le pidiera, ahora y siempre.

Atravesaron el umbral agarrados de la mano. Hamdi y Luís felicitaron a Alberto, sonrientes y emocionados, palmeándole la espalda. Alberto salió de su bloqueo y respondió al afecto de sus amigos, pero su mirada volvía continuamente al rostro de Irma, que seguía mirándolo y sonriéndole conmovida. Había quedado grabado en su mente el momento en que había agarrado la mano de Irma y la había seguido, la suavidad de su tacto y la delicadeza de sus movimientos. Se obligó a apartar su mirada de la chica y aquellas imágenes de su mente o alguien iba a darse cuenta de su embobamiento. Lo logró en parte, gracias al extraño sonido que salió de la boca de Hamdi, algo así como un hipo. Miró al chico y vio cómo este miraba a su vez al Sensei con una mezcla de miedo y asombro. Siguieron su mirada y vieron a un hombre que ocupaba el mismo lugar que hacía solo unos segundos había ocupado el Sensei. Todos copiaron la expresión de Hamdi como si se tratara de jugar a «Quién imita mejor la cara de tonto que se le ha quedado a nuestro amigo». Allí ya no estaba su Sensei, sino otro hombre aproximadamente de la misma estatura y complexión, pero con otro rostro y ataviado de una forma muy extraña. Sus ojos eran rasgados, su cabello largo y frondoso, y su tez más oscura que la del Sensei. Vestía algo que recordaba a un karategui pero mucho más elaborado y hermoso: un kimono de un azul intenso con algunos adornos en beige que no pudieron distinguir con detalle debido a la penumbra. Los pantalones eran mucho más anchos que los del Karategui, pudiendo llegar a confundirse con una falda si uno no se fijaba bien. Calzaba unas sandalias de madera de aspecto espartano y sólido y, por último, a uno de sus costados ceñía una katana que casi llegaba al suelo. Este último detalle fue probablemente el que hizo que los cuatro adolescentes comenzaran a retroceder lentamente, separándose de aquel hombre. Este, alzó sus dos brazos, abriendo las palmas como si alguien le estuviera apuntando con una pistola y dijo:

 

—No os asustéis, por favor. Soy yo, vuestro Sensei. Este es mi aspecto original.

Los chicos reconocieron inmediatamente la inconfundible voz de su maestro y detuvieron su retroceso.

—Comprendo perfectamente que estéis desconcertados y asustados, incluso yo lo estoy porque ya estaba totalmente acostumbrado a mi otro… cuerpo, o mi otro yo… no sé muy bien cómo expresarlo. En este sitio se manifiesta la verdadera esencia de cada persona y, como os dije, yo soy japonés, o más bien era japonés… ya no sé quién soy.

Los chicos supieron que era sincero al confesarse desconcertado. Su tono de voz y su mirada así lo demostraban.

—Yo sí —dijo Luís con seguridad—. Eres nuestro Sensei, lo he visto en tu interior. Estás ahí dentro.

El guerrero de ojos rasgados relajó sus hombros y el sufrimiento desapareció de sus ojos.

—Gracias —dijo.

Luís se acercó y apoyó una de sus manos en el musculoso hombro del samurai. Este sonrió y le devolvió el gesto.

Los demás se acercaron lentamente. La curiosidad había sustituido al miedo.

—¿Cómo dijiste que te llamabas? —preguntó Hamdi.

—Samuel —respondió el Sensei-samurai.

Las risas que provocaron la respuesta del Sensei acabaron definitivamente con la tensión del momento.

—No, hombre. El otro —dijo Hamdi riendo todavía.

—Shitoru, pero creo que lo mejor es que me sigáis llamando Sensei.

—Estoy de acuerdo. Así no nos escupiremos en la cara cada vez que te nombremos.

Todos rieron la ocurrencia de Alberto, aliviados al comprobar que ya se había recuperado.

—Me siento más identificado con el Sensei Samuel que con el otro, que era un asesino —dijo el Sensei.

—Tú no eres, ni eras, ni serás nunca un asesino —aseguró Irma.

—Consentirlo es muy parecido a hacerlo. Pero bueno, tengo que vivir con ello.

En ese instante se oyó una nueva exclamación de asombro. Provenía de Luís.

—Ham, ¡tus piernas!

Este siguió la mirada de Luís y vio cómo las piernas biónicas habían sido sustituidas por unas de carne y hueso. Hamdi se tambaleó y tuvieron que sujetarlo entre Luís e Irma.

—Tío, esto es una pasada —dijo Alberto.

Cuando Hamdi se repuso, sonrió como un niño pequeño abriendo su regalo junto al árbol de navidad.

El Sensei se le acercó y le dijo:

—Sí, Ham. Como os decía, aquí se muestra la esencia de cada ser, pero quiero que comprendas que cuando salgamos de aquí, volverás a tener tus piernas biónicas —dijo el Sensei con toda la delicadeza que le fue posible—. No sabes cuánto odio ser un aguafiestas, pero es mejor que no albergues falsas expectativas. Cuando salgamos de aquí todo volverá a ser como antes.

Hamdi asintió, desilusionado pero no abatido. El Sensei comprobó que su fuerza interior seguía brillando en aquellos ojos negros. Palmeó el hombro al chico y miró a los demás, dispuesto a animarlos para comenzar el camino, pero Alberto se le adelantó:

—Bueno, a menos que a alguien le crezcan alas de murciélago, cola de lagarto o algo así, creo que deberíamos ponernos en marcha.