Totem

I. Un regreso inesperado

La ausencia de Irma sorprendió a sus cuatro amigos. Ella no solía llegar tarde. Eso era cosa de Alberto. Sus retrasos exasperaban al Sensei, quien desde el principio había intentado modificar su conducta e inculcarle el buen hábito de la puntualidad como norma de respeto hacia sus compañeros y hacia el propio maestro. Pero hasta el momento no lo había conseguido. Alberto siempre encontraba alguna excusa: las supuestas tareas de clase, una quedada de Parkour… Siempre se disculpaba al llegar y parecía sinceramente arrepentido, pero siempre volvía a hacerlo. El Sensei había llegado a la conclusión de que no lo hacía con mala fe, que formaba parte de su personalidad y era algo que había que asumir; un defecto que Alberto compensaba con sus numerosas virtudes. No obstante, cuando el retraso era desproporcionado, lo obligaba a quedarse en el dojo al finalizar la clase y le encargaba alguna tarea de limpieza u orden en el gimnasio. Nunca lo retenía mucho tiempo ni las tareas eran demasiado duras. No llegaba a ser un castigo; se trataba más bien de algo simbólico que le ayudara a tener presente la importancia del respeto hacia los demás, la perseverancia y la seriedad en todo lo que uno hace. Hay que decir en defensa de Alberto que en estas ocasiones jamás se quejaba y acataba estas tareas con humildad.

Sin embargo, aquel día Alberto fue el primero en llegar. No iba a fallarle al Sensei. Los cinco amigos se habían ofrecido a mantener limpio el dojo mientras se recuperaba del accidente de tráfico que había sufrido. Un hombre ebrio había perdido el control de su vehículo y había chocado frontalmente con el del Sensei. Afortunadamente, su vida no corría peligro, pero debía permanecer ingresado en el hospital un par de semanas. El Sensei se mostró muy agradecido y entregó las llaves a sus alumnos con plena confianza. En un par de días le darían el alta y, aunque habían cumplido su palabra y limpiado concienzudamente cada dos o tres días, querían que el Sensei se sintiera orgulloso de ellos cuando llegara. Ver brillar su dojo era la mejor bienvenida que se les ocurría y una forma de agradecerle lo que hacía por ellos diariamente. El Ayuntamiento pagaba al Sensei por sus clases, obviamente, pero estaban seguros de que la suma no era muy elevada, pues las arcas del consistorio no estaban lo que se dice a rebosar. Pero eso no impedía que el Sensei se involucrara con ellos de la forma en que lo había hecho, yendo mucho más allá de sus obligaciones, apoyándolos en todo lo que podía.

Todos estaban implicados en la labor. Por ello, les extrañó que Irma no acudiera. Samina estaba preocupada. Los demás intentaron tranquilizarla.

—No te preocupes —dijo Luís—. Puede que su tío la haya obligado a ayudarlo en algo, como otras veces, y que esté discutiendo con él. Se quieren mucho pero se dicen de todo continuamente. O puede que no se encuentre bien.

—A lo mejor le ha venido el periodo —soltó Ham con toda naturalidad. Se dio cuenta de lo que había dicho y automáticamente miró a Samina, la única chica presente en ese momento, que a su vez lo miraba escandalizada. Ham no solía hacer ese tipo de comentarios.

Los otros dos se miraron mutuamente, conteniendo la risa.

—¿Qué pasa? —se defendió Ham—. No he dicho nada malo. Es normal que una chica de su edad tenga el periodo, ¿no?

—¡Eh! Ham tiene razón   —intervino Alberto en tono jocoso—. ¿A ti no te ha venido aún?

El trapo que Samina tenía en la mano se estampó contra la cara de Alberto. Este se lo quitó rápidamente.

—¡Eh! —se quejó mientras se limpiaba el rostro. Este trapo está asqueroso.

—¡Pues te fastidias! —le gritó Samina.

Hamdi y Luís se partieron de risa. El primero se apoyó en el palo de la fregona como si le faltara el equilibrio. Luís, rojo como un tomate, se agarraba el estómago.

De pronto, Irma irrumpió en el dojo. Estaba sudorosa y pálida. Las risas se interrumpieron de golpe. Ni siquiera se había descalzado y estaba pisoteando el suelo que Ham acababa de fregar cuidadosamente. Sin embargo, nadie reparó en ese detalle porque, evidentemente, a Irma le pasaba algo grave. Dijo algo que ninguno de sus amigos entendió, debido a sus profundos jadeos. Le pidieron que repitiera lo que acababa de decir. Irma levantó un brazo y abrió la mano, pidiendo silenciosamente unos instantes para respirar. Apoyó las manos en las rodillas y se obligó a hacer varias respiraciones profundas.

—Mi pa…..dre aca….acaba de salir de la cár….cel.

Durante un largo lapso de tiempo no se oyó en el dojo nada más que los resoplidos de Irma. Cuando su respiración volvió a la normalidad, Irma se explicó mejor:

—Parece ser que se ha adelantado su salida por buena conducta o algo así. Alguien debería habernos avisado, pero no lo han hecho. Menos mal que una buena amiga de mi madre se ha enterado y ha llamado a mi tío para avisarle. No le ha dicho nada a mi madre porque podría darle algo, pero ha hablado conmigo para que tenga mucho cuidado cuando salga de casa. Se hace el valiente, pero lo conozco muy bien, y sé que está aterrado; no solo por él, también por mi madre y por mí. Teme que cumpla su promesa y me rapte. Mi tío puede llegar a ser un auténtico plasta, pero ha cuidado de mi madre y de mí desde que pasó aquello. Nos quiere.

—Y tú a él —añadió Ham.

Irma se quedó pensativa durante un par de segundos y después asintió, bajando la mirada. Debido a algún misterio cósmico todavía por descubrir, la adolescencia es una fase vital en la cual admitir sentimientos y emociones humanas es una vergüenza.

—Prometimos estar contigo y defenderte si llegaba este momento y lo cumpliremos. Hay que avisar al Sensei —dijo Alberto. Su semblante y tono de voz eran serios y solemnes, algo infrecuente en él.

—¡No! —se opuso Irma vehementemente—. Debe acabar de recuperarse. Todos sabemos que siempre cumple sus promesas. Si se lo decimos vendrá con nosotros y sus heridas podrían abrirse. Si le pasara algo no me lo perdonaría. Bueno, y si os pasara a vosotros, tampoco. Pero vosotros no estáis heridos. —Sonrió nerviosamente sin saber si lo que estaba diciendo era correcto o no. Finalmente, abandonó su sonrisa y dejó caer sus hombros abatida—. La verdad es que no tengo derecho a poneros en peligro a ninguno de vosotros. No debería haber venido aquí a contároslo, pero tenía mucho miedo y, salvo mi tío y mi madre, no tengo a nadie más que a vosotros. Pero aún así, debería arreglar mis problemas yo sola, estoy siendo una auténtica egoísta.

Samina se acercó a Irma y apoyó una mano en su hombro.

—No se abandona al compañero cuando está en peligro, ¿recuerdas?

—En la pelea del verano pasado me podían haber matado si no me hubieras ayudado —añadió Luís—. Tú les dijiste a los Khan que yo no estaba solo, y a mí, que no me dejarías tirado. Ahora yo te digo lo mismo: no te dejaremos tirada. 

—Ya te digo —se sumó Hamdi.

—Con el Sensei o sin él, estamos contigo —declaró Alberto—, pero sigo creyendo que deberíamos decírselo.

—No, por favor —dijo Irma—. Si lo hacéis me iré sola, desapareceré. Así mi padre no me encontrará y no le pasará nada a nadie.

—Vale, vale. Tranquila. No se lo diremos —la supuesta solución de desaparecer no evitaría que el padre de Irma cumpliera su amenaza de matar a la madre y al tío de esta, pero Alberto se guardó de decir en voz alta sus conclusiones. Solo habrían servido para que se angustiara más.

Irma se relajó ligeramente.

—Bueno, ¿qué hacemos? —inquirió Samina.

—Yo creo que debemos acompañar todos a Irma a la salida del insti —dijo Hamdi—. Después haremos como si nos fuéramos a casa, pero montaremos un dispositivo de vigilancia.

—¡Un dispositivo de vigilancia! ¿Y cuál será ese dispositivo de vigilancia agente 007 al servicio de su Majestad?

Ham, movió su brazo derecho mostrando a Alberto su dedo medio mientras le dedicaba una amplia sonrisa.

—Vale, Bond —dijo Alberto con aparente fastidio—. Lo he pillado, baja tu arma.

Hamdi se rió y continuó explicando su plan.

—Propongo que hagamos turnos de vigilancia por parejas. Media tarde unos, media tarde otros.

Media noche unos y media noche otros.

—No sé —objetó Samina—. Dos me parece poco para enfrentarse a un adulto.

—Dos no, tres —corrigió Irma—. No te olvides de mí. Además, si fuera por la noche estaría mi tío en casa.

—No me habéis dejado terminar —protestó Hamdi—. Si pasa algo, la pareja que esté de vigilancia puede avisar a los demás.

—¿Cómo? —Samina volvió a la carga—. Ninguno tenemos teléfono móvil.

—Podemos hacerlo como en las pelis antiguas. Yo tengo unos Walkies.

—¡¿Walki talkies?! —exclamó Irma, asombrada y divertida a la vez—. Pero tío, eso es de la prehistoria.

—Es muy divertido —dijo Hamdi con entusiasmo—. He jugado mucho a los espías con ellos. Y todavía tienen aplicaciones en la actualidad, donde no hay cobertura para móviles, además del ejército, claro.

—¡Qué friqui eres, tío! —le dijo Irma sonriendo.

—Sí —admitió Hamdi—, y me gusta.

—No es friqui —dijo Alberto—, solo que los walkies hacen juego con sus piernas.

—¡Alberto! No te pases —le recriminó Samina, temiendo que la broma hiriera la sensibilidad de Ham.

—¡Pero qué dices! Ham me conoce y sabe que lo quiero mucho.

Alberto se acercó a Hamdi y le dio un fuerte abrazo de oso mientras lo zarandeaba de un lado a otro.

Hamdi comenzó a reírse como un loco y Samina se encogió los hombros, mirando a Irma con una media sonrisa. Esta le sonrió a su vez, colocando las palmas de las manos hacia el techo. «¡Chicos! Son así».

—Estás mal de la cabeza, tío —dijo Luís, sonriendo.

—En fin —dijo el aludido, soltando a su amigo y sentándose en la posición del loto—, este chaval tiene una buena cocorota. Es más inteligente aún que sus piernas, que ya es decir. Creo que es un buen plan.

—Yo también —convino Luís—. Yo puedo conseguir otro par de walkies. Mi padre tiene uno. Se los lleva cuando se va a pescar con un amigo y hacen el idiota con ellos. Cada uno se va a una punta de la playa y se pican, se van diciendo por el walkie el número de peces que ha pescado cada uno.

—Vaya tontería —dijo Hamdi.

—Pues sí —coincidió Luís sin inmutarse—. Mi padre también es un poco friki y un fanático antimóvil.

—Será la crisis de los cuarenta. Mi padre, después de toda la vida sin hacer ejercicio, ahora se ha puesto a hacer pesas para sacar músculo. Ya se ha lesionado dos veces, pero yo solo veo aumentar el tamaño de este músculo —Alberto colocó sus manos sobre su abdomen—. Y mi madre se pone vestidos muy ceñidos cuando sale de noche con mi padre y se le salen las lorzas por todas partes.

Los tres chicos se echaron a reír. Por el contrario, las dos chicas los miraron con expresión ceñuda.

—¿Podemos volver al tema que nos ocupa? —dijo Irma con voz impaciente, utilizando una frase que oía a veces en algunas pelis y que hacía tiempo que deseaba pronunciar. Por fin había llegado la ocasión perfecta—. Si os parece bien dejar de decir tonterías, claro.

Los muchachos se disculparon y volvieron a ponerse serios.

—Vale, concretemos —dijo Hamdi, que había asumido el liderazgo—. Tenemos dos pares de walkies. Irma debe quedarse con un aparato para que la avisemos si vemos llegar a alguien sospechoso. La pareja que vigile se quedará con dos: uno para avisar a Irma, como acabo de decir, y otro para avisar a los otros dos.

—Pero eso significa que uno de nosotros se queda sin walkie —dijo Alberto.

—Sí, el que se quede con el cuarto walki tendrá que ir corriendo a por el otro —Hamdi parecía tener respuesta para todo.

—Eso nos retrasará bastante —dijo Luís preocupado.

—Sí, pero ya no tenemos más walkis y ahora valen una pasta. Si a alguien se le ocurre otra cosa que la diga —Hamdi guardó silencio, esperando sugerencias.

—No —dijo finalmente Luís—, tu plan es el mejor, teniendo en cuenta las circunstancias. Mejor dicho, el único.

—Una cosa —intervino Samina—. Igual os parece una soberana tontería lo que voy a decir después de urdir todo el plan, pero ¿no sería mejor llamar a la policía si lo vemos llegar?

—Parece lo más razonable —dijo Irma—, pero eso solo retrasaría sus planes, no los evitaría. Teóricamente, mi padre ha pagado su delito cumpliendo la pena y su salida de la cárcel ha sido totalmente legal. Ahora es un hombre libre que puede ir adonde le plazca. Si llamamos a la policía cuando llegue, como mucho lo meterán en la cárcel una temporada más, pero al poco tiempo saldrá otra vez y volverá a intentarlo hasta que lo consiga. Por desgracia tendría que asesinar a alguien o cometer otro delito tan grave como ese para volver a la cárcel durante años. Tenemos que demostrarle que ahora podemos defendernos y hacerle tanto daño como para que se vaya y no vuelva jamás.

Samina asintió.

—¿Y si no ataca ahora? —objetó Alberto—. ¿Y si pasan días o incluso semanas y no pasa nada? No podemos estar mucho tiempo así, durmiendo solo media noche. Tenemos que ir a clase, estudiar, entrenar…

—Entonces ya pensaremos lo que hacemos. Paso a paso —sentenció el reflexivo Hamdi.

—No creo que tarde mucho. Es inminente. Tiene demasiado odio y sed de venganza. Lo recuerdo perfectamente a pesar del tiempo que ha pasado. Mañana, tal vez pasado, o quizá hoy mismo —dijo Irma angustiada y totalmente convencida de lo que acababa de afirmar.

Dieron por finalizado el «cónclave», ultimaron los detalles de su plan, acabaron de limpiar el dojo y se fueron.

Aquella misma tarde, pusieron el «dispositivo de vigilancia» en marcha, una vez tuvieron en su poder los dos pares de walkies. A última hora, montaron guardia Samina y Luís. Les había tocado a ellos dos cuando lo jugaron a piedra-papel-tijera, después de la elección del escondrijo que iban a utilizar en las vigilancias, que había sido fuente de discusiones y diferencias de opinión respecto a su idoneidad. Finalmente, todos quedaron más o menos satisfechos con la ubicación del puesto de vigía. Irma subió a casa intentando aparentar normalidad y la primera pareja comenzó su trabajo. A las nueve de la noche fueron relevados por Hamdi y Alberto, sin novedad. Pero pasadas las doce de la noche, cuando la conversación declinaba y el aburrimiento y el sueño empezaban a hacer estragos en ellos, viéndose obligados a despertarse de vez en cuando mutuamente, Alberto dio un tremendo golpe en el brazo a Ham. Este, que en ese momento estaba sentado en el suelo y se le cerraban los ojos, se sobresaltó tanto que estuvo a punto de caer de espaldas. Devolvió el golpe a Alberto con rabia, pero este ignoró el enfado de Hamdi y le susurró:

—Mira, ese tío está intentando entrar en el portal. Coincide con la descripción que Irma nos ha dado de su padre.

Esto mitigó de inmediato el sueño y el enfado de Hamdi. Dio gracias a todos los dioses de todas las religiones del mundo por no haber permitido que diera con sus huesos en tierra, delatando así su posición. Alberto estaba en lo cierto: aquel hombre tenía una actitud sospechosa y, evidentemente, no tenía llave. Manipulaba la cerradura con algo que no podían distinguir a esa distancia. Probablemente se tratara de una ganzúa o alguna pequeña herramienta. Parecía nervioso y echaba continuas miradas a derecha e izquierda. Aquello no pintaba nada bien.

Alberto alzó el walkie interrogando con la mirada a Hamdi. Este asintió frenéticamente. Su corazón comenzó a acelerar como si quisiera batir el récord mundial de velocidad.

Alberto llamó a Irma. Cuando la informó de lo que estaban viendo, la muchacha no fue capaz de articular palabra. Solo se oyó una especie de gemido angustiado. Como confirmación del terror de la chica, el hombre consiguió abrir la puerta y desapareció en el interior del portal sin encender las luces. Se cumplía la intuición de Irma: su padre no había esperado mucho para cumplir su promesa. Alberto avisó a Luís, que se había quedado esa noche con el cuarto walki. No se despertó hasta la tercera llamada, pero saltó de la cama cuando Alberto lo puso al corriente  y lo apremió, se puso los zapatos y salió corriendo a por Samina.

Samina y Luís se habían quitado sus respectivos pijamas y vestido con ropa de calle a escondidas de sus padres, tal y como habían convenido en la reunión del dojo al trazar su plan. Samina vivía en la primera planta, por lo cual, utilizando el clásico sistema de las piedrecitas en la ventana, evitaron que sus padres se despertaran. En apenas diez minutos llegaron al punto de vigilancia, pero allí no había nadie. Probablemente Ham y Alberto se habían visto obligados a subir a casa de Irma para ayudarla. Se miraron mutuamente con preocupación a pesar de que ya estaba prevista esa posibilidad en el plan trazado. Si al llegar al punto de encuentro no encontraban a nadie, debían acudir lo más rápidamente posible al apartamento de Irma. Como confirmación de sus miedos, oyeron un ruido, como de algo frágil que se rompía: cristales, loza o algo así. Después, gritos y ruido de lucha que provenían de lo alto del edificio. Sin darse tiempo a pensar y sin conceder al miedo la oportunidad de paralizarlos, salieron corriendo hacia el portal del edificio. La puerta estaba abierta y se veía a simple vista que la cerradura había sido forzada.

El edificio no disponía de ascensor. Llegaron a la cuarta planta jadeantes y bañados en sudor. Cuando entraron en casa de Irma, la escena que presenciaron parecía extraída de una peli de terror. Luís casi esperaba que alguien dijera: «¡Corten! Buena toma». Pero por desgracia, nadie pronunciaría esa frase. Aquello era real. Había que reaccionar y además, tenían que hacerlo rápido.

Por su parte, Samina Jamás imaginó que podía ser testigo, y menos aún protagonista, de algo así. Miró a su alrededor para hacerse una composición de lugar que le ayudara a decidir la mejor forma de actuar. En aquel escenario se desarrollaban dos escenas simultáneas. A su derecha, en un corredor que daba a la entrada, Irma estaba arrodillada en el suelo junto a su tío, que yacía inconsciente. Presionaba con todas sus fuerzas una toalla sobre el abdomen del hombre mientras gritaba algo a la que sin duda era su madre. Pero la pobre mujer estaba paralizada. Tenía los ojos clavados en el individuo que años atrás la había intentado asesinar y que había vuelto para completar el trabajo. El cerebro de Samina empezó a recuperarse del shock y consiguió decodificar los sonidos que le llegaban a través de sus oídos.

—¡Mamá! ¡Llama a la policía! ¡El tío se va a desangrar y ese loco va a matar a mis amigos! ¡Mamá, por favor! —gritó Irma.

Aquellas palabras desesperadas de Irma obligaron a Samina a mirar hacia su izquierda. El panorama que se le presentó no era mucho mejor. El padre de Irma intentaba lanzar por la ventana del salón a Hamdi, atenazando su cuello con las dos manos y empujándolo hacia afuera. El chico se agarraba con las dos manos al marco de la ventana. Alberto trataba de ayudarlo repartiendo sus fuerzas como podía. Con la mano derecha agarraba a Hamdi de un brazo y estiraba hacia sí para evitar que cayera al vacío mientras que con su brazo izquierdo rodeaba el cuello de aquel asesino y lo apretaba intentando cortar su respiración. De vez en cuando, le propinaba un golpe de rodilla en el abdomen o en la pierna derecha, que el energúmeno acusaba, pero no conseguía que soltara a Ham. En el suelo, a un par de metros del trío combatiente, brillaba un cuchillo de grandes dimensiones con restos de sangre. Hamdi y Alberto debían haberlo desarmado antes de que se cebara con el primero. Los músculos de Alberto se marcaban contra su camiseta al cien por cien de su capacidad. Era un chico muy fuerte, pero al fin y al cabo solo tenía catorce años. Y aquel hombre hecho y derecho tenía la complexión de un buey. A cada rodillazo de Alberto respondía con un golpe demoledor de su codo derecho en el abdomen del muchacho. No obstante, este no estaba dispuesto a permitir que su amigo cayera al vació y no aflojaba la presa.

Luís había reaccionado antes que Samina y corrió en ayuda de Alberto y Hamdi. Se colocó justo detrás del padre de Irma y le dio una potente patada circular[1] en las costillas, aprovechando que quedaban descubiertas al mantener sus brazos ocupados intentando lanzar a Ham a la calle y luchando con Alberto. Se oyó un fuerte grito de dolor y el exconvicto soltó instintivamente a Hamdi para proteger el punto que había sido golpeado. Alberto aprovechó para ayudarlo a volver a tierra firme. Tiró de él con tanta fuerza que los dos cayeron como dos fardos, uno encima del otro. Hamdi sufrió un violento ataque de tos como consecuencia de la estrangulación a la que había sido sometido. Los dos estaban rendidos de dolor y cansancio. Luís no podría contar con ellos hasta que se recuperaran mínimamente, así que se preparó para otra dura batalla. Aquel hombre era mucho más fuerte que él, así que no le concedió la oportunidad de reponerse del golpe y volvió a atacarle con un puñetazo circular en el rostro. Siguió atacándolo con puños y piernas, con toda la fuerza de la que era capaz, con la leve esperanza de noquearlo antes de que pudiera reaccionar. Justo cuando pensaba que lo iba a conseguir, el hombre bloqueó uno de sus golpes y atrapó su brazo. Inmediatamente Luís notó cómo la presión detenía la circulación de la sangre y su mano comenzaba a adormecerse, mientras una zarpa le atenazaba el cuello, lo levantaba en vilo y lo lanzaba por los aires. Mientras se preparaba para el golpe que iba a sufrir al chocar contra la pared e intentaba girar para que su cabeza no impactara contra ella, oyó una voz femenina que decía:

«¡Por favor, necesitamos ayuda! Mi exmarido ha apuñalado a mi hermano y nos quiere matar a todos. ¡Vengan rápido!».

[1] Mawashi geri

La voz de la madre de Irma hizo salir a Samina de su estado de pánico. Cuando comenzó a moverse, el padre de Irma lanzaba a Luís por los aires y este se estrellaba contra la pared, produciendo un ruido que la hizo estremecer. Temió que a Luís se le hubieran partido todos los huesos del cuerpo. Cuando se hallaba a un par de metros de aquel salvaje, dio un salto y le propinó una patada en el abdomen que lo lanzó contra la pared. Samina se colocó en posición de combate dispuesta a no permitir que esa bestia se acercara a sus maltrechos amigos. La voz de Irma sonó extrañamente serena:

—Deja a mis amigos, cobarde. Lucha conmigo.

Samina oyó entonces por primera vez la voz de aquel monstruo. Le sorprendió comprobar que era agradable. Posiblemente en su juventud había sido un seductor que había embaucado a la madre de Irma con sus encantos; entre ellos, aquella voz de actor de cine.

—Mantente al margen. No quiero hacerte daño.

—Ya me lo hiciste  —replicó su hija, lanzándose contra él.

La fiereza de Irma lo sorprendió. Comprobó que no quedaba ni rastro de la niña desvalida que hirió cuando intentaba asesinar a su madre hace años. Se cubrió mientras su hija lo atacaba con potentes golpes de pierna, puño y codo. Uno de ellos consiguió eludir la guardia del hombre e impactó en pleno rostro. Comenzó a sangrar profusamente. La expresión de perplejidad del hombre habría sido cómica en otras circunstancias. No esperaba tanta fuerza y tanta rabia en su hija. Samina se unió a Irma y comenzó a golpearlo en las piernas y el abdomen. El hombre ya no estaba tan seguro de sí mismo y esta sensación se intensificó cuando vio que Hamdi y Alberto se estaban recuperando y se disponían a unirse a las dos chicas. Al verse acorralado, dio un fuerte empujón a Irma, que salió despedida a varios metros de distancia y cayó al suelo. Y entonces vino lo peor. Samina se descuidó y se volvió, mirando a Irma, preocupada por ella. Hamdi y Alberto ya estaban de pie, pero antes de que pudieran evitarlo, el padre de Irma dio a Samina un demoledor puñetazo en la cabeza.

—¡Samina! —gritó Alberto, y se lanzó en plancha para intentar evitar que la muchacha se diera un nuevo golpe en la cabeza, pero llegó tarde y se oyó un fuerte sonido al chocar el cráneo contra el suelo del salón, tal y como había temido. Al oír el golpe y ver el cuerpo de la chica inerte, dominado por la furia, Hamdi se impulsó echando mano de la potencia de sus piernas biónicas y saltó sobre el padre de Irma. Consiguió derribarlo, con tal mala fortuna que fue a caer justo al lado del cuchillo que poco antes le habían arrebatado. Deshaciéndose de Hamdi de un manotazo, se apoderó del cuchillo de nuevo y se puso en pie.

Luís no había llegado a perder el conocimiento. Entre brumas, había presenciado todo lo que había pasado desde el momento en que había sido lanzado contra la pared. Sin embargo, no había podido intervenir de nuevo, pues el tremendo golpe en la espalda lo había dejado sin respiración. Cuando el dolor comenzó a remitir y el oxígeno volvió a penetrar en sus pulmones y en su cerebro, vio cómo Samina era golpeada sin piedad y cómo su cabeza impactaba contra el suelo. Supo que era mucho más grave que el primero. Samina ya estaba inconsciente antes de tocar el suelo y no pudo prepararse ni atenuarlo de ninguna forma.

Los sentidos de Luís se habían agudizado dolorosamente. La pelea había acabado con casi todas las luces de la estancia, pero a pesar de ello, percibió una gran luminosidad. No se detuvo a analizar el hecho. Dirigió su mirada y su furia hacia el padre de Irma, que blandía de nuevo el cuchillo y se disponía a utilizarlo contra Alberto y Hamdi. Los dos chicos se dirigían temerariamente a su encuentro, codo con codo, sin estrategia alguna. El dolor y la rabia les nublaban el juicio y eso podía costarles la vida. A su izquierda, Irma se había puesto en pie y se dirigía al grupo dispuesta a luchar, tan fuera de sí como los otros dos. No en vano, el Sensei les había advertido del peligro de dejarse llevar por la rabia en un combate. Había que controlarla y dejarla libre en el momento adecuado. La furia de Luís era tan intensa como la de sus amigos, pero se obligó a seguir el consejo de su maestro. La sujetó como a un corcel fogoso pero bien adiestrado. Todo transcurría para él en cámara lenta, como si estuviera a kilómetros de allí; y a la vez, era capaz de ver con claridad cada detalle de la escena. Irma estaba a punto de atacar a su padre. Este había echado hacia atrás el brazo que empuñaba el cuchillo para asestar una puñalada a Hamdi o a Alberto; tal vez a ambos. Si era diestro con el cuchillo, podía matarlos a los dos en un par de movimientos.

«¡Ahora!» se dijo. La palabra resonó en su mente, pero sus labios no se movieron. Dio la orden como si en su interior hubiera algo o alguien diferente de sí mismo que estuviera bajo sus órdenes. Soltó las riendas del corcel y lo dejó libre. Volvió la sensación de escisión que había sentido durante la última pelea con los Khan, pero amplificada mil veces y sintió cómo algo salía de su interior a gran velocidad, pasando desde su vientre hasta su cerebro, siendo catapultado finalmente al exterior.

El padre de Irma salió despedido sin razón aparente y sus casi cien kilos impactaron contra un mueble estantería que había en la pared del salón situada a su espalda. Como si lo hubiera arrollado un camión a toda velocidad, el cuerpo del hombre prácticamente se incrustó en el mueble, que se desintegró a consecuencia del impacto y se derrumbó en su totalidad sobre él, tanto su estructura como su contenido: libros, jarrones, marcos con fotografías y otros adornos diversos. Al quedar vacío el espacio que una fracción de segundo antes había ocupado el cuerpo de su padre, el golpe de Irma no encontró su objetivo y la inercia le hizo perder el equilibrio. Chocó con Hamdi, que la sujetó por la cintura, evitando así que cayera. Durante varios segundos, no pudieron apartar la mirada del hombre inconsciente que yacía semienterrado bajo un montón de libros, trozos de madera astillados y fragmentos de adornos irreconocibles. Seguidamente, se volvieron hacia Luís y lo miraron como si acabaran de ver a un alienígena descender de su nave. Este los miró a su vez.

—Dejad de mirarme así y atadlo —ordenó.

—Vamos, atadlo —repitió, pues ninguno de los tres se había movido.

Al fin reaccionaron y Ham fue a buscar algo que sirviera de atadura mientras Alberto colocaba boca abajo al padre de Irma, agarraba sus brazos y los inmovilizaba sentándose sobre su espalda por si acaso despertaba antes de que volviera Hamdi. No lo hizo y lo maniataron sin problemas.

Mientras tanto, Irma comprobaba el estado de Samina e intentaba despertarla infructuosamente.

—Está mal —dijo Luís mientras se ponía en pie trabajosamente, haciendo muecas de dolor.

Irma lo miró con lágrimas en los ojos.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé —miró a Irma con impotencia, intentando transmitirle que no podía explicarlo.

A los pocos minutos, llegó la policía junto a varias ambulancias.

Los sanitarios trasladaron a los heridos rápidamente a sus vehículos. Irma localizó a la jefa de los sanitarios, o al menos así se lo parecía, porque era la más mandona. Le preguntó por el estado de su tío y de Samina.

—¿Cuál de los dos hombres es tu tío? —preguntó la aludida con impaciencia y frialdad.

—El que han apuñalado.

—Está bien. Ha sangrado mucho, pero la herida no parece haber afectado ningún órgano importante. Hay que hacerle unas cuantas pruebas para confirmarlo, pero yo creo que se recuperará.

—¿Y mi amiga?

—La niña es otra cosa. Está en coma. Hay que llevarla al hospital urgentemente y hacerle pruebas, así que si me disculpas…

—No es una niña —espetó Irma, indignada por el tono insensible de la médico.

Esta le echó una mirada despectiva y no se dignó responder. Subió a la ambulancia, que partió a toda velocidad con las sirenas rasgando el silencio de la noche.

Los cuatro amigos acudieron al hospital al que habían llevado a Samina. Estaban magullados, pero no tenían lesiones de gravedad. Se trataba del mismo hospital en el que estaba ingresado el Sensei, pues el apartamento de Irma se encontraba de donde vivía el Sensei. Estaba a punto de recibir el alta, pero aquella noche aún la pasaría allí. Hamdi, Alberto y Luís se mantuvieron cerca de los padres de Samina, que estaban descompuestos. Irma se unió a ellos una vez le confirmaron que la vida de su tío no corría peligro. Estaba consciente y su madre estaba con él. Irma tendría que ir de vez en cuando para atender a su familia, pero no quería separarse de Samina. No obstante, se mantenían a una distancia prudencial, para evitar la posibilidad de que estos les hicieran preguntas que no sabían cómo responder, pero sobre todo por respeto.

Llevaban ya un buen rato en silencio cuando Hamdi los sorprendió con una pregunta que ninguno de ellos se había atrevido a formular todavía:

—¿No vamos a hablar de lo que ha pasado en casa de Irma?

—¿A qué te refieres? —preguntó a su vez Irma.

—¡Vamos! Lo sabes perfectamente, los tres lo sabéis. Tu padre acabó incrustado en ese mueble tan bonito que había en tu salón, que acabó hecho puré, igual que tu padre. ¿A todo el mundo le parece normal menos a mí? ¡Venga ya!

—No, claro que no —dijo Alberto. Dicho esto posó su mirada sobre Luís, que permanecía callado, con los brazos cruzados y la mirada baja. Irma y Hamdi también lo miraron.

—¡Qué! —exclamó Luís a la defensiva.

—¿Cómo que qué, tío? Que nos has salvado la vida ­—respondió Alberto.

—Pues no me miréis como a un bicho raro.

—Es que eres un bicho raro, pero no pasa nada, yo también lo soy —aclaró Hamdi—. Mis piernas son de una aleación metálica especial que obedecen a las órdenes que les doy con mis movimientos de cadera. Eso no es nada normal, hombre.

—Todos lo somos. Yo tengo esta cicatriz en medio de la cara y ya habéis visto la familia que tengo —se sumó Irma.

—Yo no tengo cicatrices, ni piernas biónicas, ni lanzo a la gente por los aires sin tocarla, pero también me siento así y solo me encuentro totalmente bien cuando estoy con vosotros —Alberto no solía abrirse a los demás y de alguna forma se sintió desnudo ante sus amigos. Hamdi le sonrió agradeciéndole su sinceridad y le dio un golpecito en la rodilla. Esto tranquilizó a Alberto.

—Pues no sé vosotros, pero yo me muero de curiosidad por saber qué fue eso —insistió Hamdi y todos volvieron a clavar sus miradas en Luís. El chaval se dio cuenta de que no iba a poder eludir por más tiempo las preguntas. Así que, aunque empezaba a estar cansado de describir cosas que no acababa de entender, claudicó y comenzó a describir lo que había sentido y cómo salió aquella fuerza de su interior.

—¡Menuda caña! Eres como la niña de Ojos de fuego, tío.

—¡Eh! —exclamó Irma—. ¿Lees a Stephen King?

—Claro, no soy un analfabeto. A veces leo y todo —respondió Alberto, agraviado.

—A mí me encanta —respondió Irma entusiasmada, haciendo caso omiso del ofendido comentario.

—Telequinesis —interrumpió Hamdi. Los demás lo miraron sorprendidos—. ¿Creéis que los africanos no leemos a Stephen King?

El comentario provocó las carcajadas de todos. La gente que había en la sala de espera los miró indignada y una enfermera les dirigió un potente «¡Chisst!» que las interrumpió de inmediato.

—Eres un tío telequinético —dijo Irma en un susurro.

—Y telepático —añadió Ham—. La llamada que oímos durante la pelea con los Khan era eso: telepatía

—Y simpático —se unió Alberto– y atlético y apático y atípico…

Alberto comenzaba a recuperarse del trauma y volvía a ser él. Habría seguido así si Irma no le hubiera dado un buen golpe en un brazo, reprimiendo la risa. El humor era la forma con la que Alberto combatía los problemas y la tristeza, y era tremendamente eficaz para él y para los que tenía a su alrededor. Ninguno de los cuatro había olvidado la gravedad del estado de Samina ni al tío de Irma, pero al fin y al cabo eran adolescentes.

La sonrisa de Irma desapareció de pronto.

—¡Hablemos con el Sensei! Ya ha amanecido. Puede que haya despertado.

El tono de Irma sobresaltó a los tres chicos.

—¿Ahora quieres hablar con él? —preguntó Luís, extrañado por el repentino cambio de parecer.

—Sí, ahora sí —respondió Irma, con expresión triste de nuevo.

La intuición de la chica era acertada. La puerta de la habitación estaba abierta, las cortinas descorridas y la incipiente luz del día penetraba en la habitación.

La primera en entrar fue Irma, seguida de cerca por los demás. Al Sensei se le iluminó el rostro al verlos, pero no pudo decir más que «¡Hola, chicos!», antes de que Irma se abalanzara sobre él y lo abrazara, estallando en sollozos. El Sensei la abrazó a su vez intentando calmarla y miró alarmado a los demás.

—¿Los Khan otra vez? —preguntó.

—No, peor aún —respondió Luís.

—Todo ha sido culpa mía. Los puse a todos en peligro y ahora Samina está muy mal.

—¿Samina? A ver, Irma, no sé lo que ha pasado pero primero desahógate. Cuando estés más calmada, me lo contaréis.

Cuando Irma se hartó de llorar y empezó a tranquilizarse, el Sensei pidió a los tres chicos que le contaran lo que había ocurrido. Comenzó Alberto, que en esos momentos parecía el más sereno de todos. A mitad relato, el Sensei lo interrumpió:

—¿Por qué no me avisasteis?

—Irma no quiso —dijo Hamdi—, le preocupaba que te pasara algo grave porque todavía no estabas recuperado.

—Irma, te agradezco que te preocupes por mí, pero deberías habérmelo contado.

Irma volvió a llorar e inmediatamente el Sensei se arrepintió de sus palabras.

—Lo siento, Irma. Hiciste lo que creíste correcto. Lo hecho, hecho está y hay que centrarse en solucionar el problema. Mirar atrás no tiene sentido.

Irma recobró la calma y Alberto continuó su relato hasta el final.

—¿Y dices que no lo tocó? —preguntó el Sensei a Alberto, llegada la parte en que Luís tumbó al padre de Irma.

Alberto asintió.

—Era imposible —corroboró Hamdi—, estaba a cuatro o cinco metros de él por lo menos, tirado en el suelo.

El Sensei dirigió a Luís esa mirada penetrante y escrutadora que tanto conocían sus alumnos. El chaval bajó la suya, como si se avergonzara de algo.

—En fin —dijo el Sensei con tono enérgico—, ya nos ocuparemos de eso más tarde. Ahora hay que hacer algo por Samina.

Apartó las sábanas, se puso en pie y pulsó el botón de llamada que había junto a su cama.

—Disculpe, pero tengo que marcharme y deseo firmar el alta voluntaria —dijo cuando llegó la enfermera.

—Pero si esta tarde tiene que venir el doctor —respondió la enfermera, desconcertada—. Se le ve a usted bien, pero el doctor debe confirmar su alta.

—Como bien dice, me encuentro perfectamente y el doctor prácticamente me aseguró que me daría el alta. Es una mera formalidad. Me ha surgido un asunto de vital importancia. Le agradezco su interés, pero  debo marcharme inmediatamente. —El tono del Sensei era firme y decidido.

La enfermera echó un rápido vistazo a los cuatro adolescentes, que no presentaban muy buen aspecto, y se encogió de hombros.

—Usted mismo —dijo finalmente—. Iré a por el formulario de alta voluntaria.

—Muchas gracias.

Cuando el Sensei se vistió y salió de su habitación, Irma preguntó:

—¿Adónde vamos?

—Al dojo.

—Pero Samina… —objetó Irma.

—Poco podemos hacer por Samina aquí. Si está tan grave como decís, su vida está en manos de los médicos… de momento —puntualizó enigmáticamente. Si me acompañáis al dojo os explicaré mejor mi plan. Aquí no puedo hacerlo.

Los chicos asintieron.