Totem

IV. Totem

Luís no tuvo que esperar demasiado. A pesar de que jamás hasta ese momento había hablado de sus dones, y mucho menos los había exhibido, estaba mucho más familiarizado que los demás con esas otras realidades a las que se había referido el chamán. Dicha familiaridad permitió a Luís ser encontrado por su tótem antes que los demás.
Oyó algo parecido a un tambor lejano. Sintió cómo la tierra vibraba ligeramente. Aguzó el oído. El sonido se acercaba. Entonces lo reconoció: era el galope de un caballo. El sonido crecía, se hacía más fuerte, se acercaba… La vibración escaló desde el suelo por todo su cuerpo hasta llegar a su corazón y se instaló allí.
«¡Claro! El corcel». Había estado allí cuando aquella fuerza que tumbó al padre de Irma salió de él. Sintió el sonido a su izquierda. Se giró y allí estaba. A pesar de la penumbra y la neblina lo vio perfectamente, cabalgando a su lado. Le pareció enorme. El sudor que recorría su cuerpo lanzaba destellos que destacaban sus poderosos músculos hinchados por el esfuerzo de la carrera. Era marrón oscuro. Sus crines casi negras saltaban, rebotando sobre el musculoso cuello. El caballo lo miraba. Luís estaba convencido de que estaba invitándolo a subir a su lomo. Pero se preguntaba cómo era posible si en realidad él estaba sentado. Y ¿cómo lo iba a hacer? ¿Cómo iba a saltar sobre la grupa de la hermosa criatura? Se obligó a detener aquellos pensamientos limitados por la rigidez y una racionalidad que no servían allí donde se encontraba. Se irguió y pensó: «sin límites». Dio un fuerte salto y aterrizó sobre la grupa del animal. Este reaccionó aumentando la velocidad. La neblina y la penumbra comenzaron a disiparse y descubrió que se extendía ante ellos una enorme planicie de color verde, salpicada por extraños árboles y matorrales de tonos marrones y amarillos. El paraje estaba bañado por una luz crepuscular que lo dotaba de una especial belleza. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Su reacción lo turbó hasta que comprendió su origen: la sensación de libertad y plenitud. Por primera vez en su vida se sentía completo. Sonrió. Acarició el cuello y los flancos del animal. Quería acelerar, sabía que el corcel podía con eso y con mucho más, sentía la potencia de su corazón y de su musculatura. No le hizo falta emitir sonido alguno ni espolear al animal, como había visto en algunas pelis. Se limitó a inclinarse, agarrarse a las crines y pensar: «¡Más rápido!» El corcel reaccionó al instante y aumentó la velocidad. Tuvo la sensación de que los arbustos y árboles eran arrancados y proyectados hacia atrás. Desaparecieron rápidamente de su vista. La velocidad emborronó la realidad a su alrededor, convirtiéndola en un cuadro impresionista. Luís rió. Era feliz.

Cuando la oscuridad se disipó para Alberto, se encontró en medio de la jungla. Hacía calor y una humedad tremenda. Se formaron gotas de sudor en su frente de inmediato y la camiseta se le pegó al cuerpo. Miró a su alrededor. La jungla se extendía por todas partes. No se divisaba camino alguno. Se preguntó cómo había llegado hasta allí. Unos segundos antes, estaba sentado junto a sus amigos. Era increíble. El crujido de una ramita quebrándose lo sacó de sus elucubraciones. Miró hacia el lugar del que provenía el sonido. Un felino lo miraba fijamente, agazapado, con las patas flexionadas, el cuerpo casi pegado al suelo. Su pelaje era amarillo, de aspecto sedoso y plagado de manchas oscuras y circulares. El bello y temible animal avanzó hacia Alberto, sin separar su cuerpo más de un palmo de la húmeda tierra. El chico solo conocía el particular sonido del rugido de este tipo de felinos por las películas o los documentales de la televisión y, al oírlo, lo atenazó el miedo. Retrocedió buscando algo que le pudiera servir de arma: una rama caída, una piedra… pero no encontró nada. Estaba perdido. El jaguar no hizo concesiones a Alberto y saltó sobre él. Fue tan veloz que cuando Alberto quiso reaccionar, ya lo había derribado y le lanzaba zarpazos, enseñando sus enormes colmillos. El chico sabía que no tenía oportunidad alguna contra semejante fuerza de la naturaleza, pero aún así no se rindió. Comenzó a golpear al jaguar con brazos y piernas, como si se tratara de un humano. Daba puñetazos y codazos en su hocico y golpes de rodilla en los costados del animal. Para su sorpresa, el jaguar dejó de atacar y se separó unos metros, mirándolo fijamente a los ojos. «Parece haber acusado los golpes y mostrarme respeto». El Animal volvió a pegarse al suelo y se preparó para saltar de nuevo sobre él. «Y ahora se prepara para aniquilarme con el mayor respeto del mundo», pensó Alberto, mientras él mismo se preparaba para seguir luchando.

Para Irma resultó muy extraño notar de pronto la tierra bajo sus pies y sentirse en posición erguida cuando un segundo antes estaba sentada junto a sus amigos. Sin haber realizado movimiento ni desplazamiento alguno, allí estaba, sin más. Sus amigos habían desaparecido de su vista y comprendió que cada uno de ellos debía estar viviendo simultáneamente una experiencia similar, como les había anunciado el chamán. Pero pensó que aquello solo era una visión, así que ellos debían estar a su lado aunque no los pudiera ver ni tocar. La idea la reconfortó y la ayudó a no sentirse tan sola. Extendió sus brazos lateralmente. Cerró los ojos e imaginó que Hamdi y Alberto, a quienes tenía a su derecha e izquierda respectivamente, agarraban sus manos y que Luís y el Sensei, que estaban sentados frente a ella, la arropaban también con sus miradas; la del Sensei, penetrante y sensible a la vez (se sintió idiota al recordar el sobresalto que le provocó el cambio en el Sensei, pues sus ojos eran diferentes, pero su mirada no. Era la de siempre). La de Luís, cálida y reconfortante, como la que le había dirigido cuando la hizo «volar» en busca de Samina. Sonrió levemente y, abriendo los ojos de nuevo, se dispuso a buscar lo que se suponía que había ido a encontrar allí. Echó a caminar y la luz apareció lenta y progresivamente, como si sus movimientos hubieran activado algún interruptor.
Se encontraba en una planicie elevada, ya que unos metros más allá parecía acabarse el mundo. Irma supuso que había un desnivel importante. Aceleró el paso hasta que llegó al borde del cortado. En un primer momento sintió vértigo y la sensación de que sus piernas se convertían en mantequilla, pero pronto se acostumbró y pudo disfrutar de la maravilla que tenía ante sí. A muchos metros bajo sus pies corría un caudaloso río que serpenteaba hasta llegar al mar, que parecía estar a mil kilómetros y sin embargo podía divisarlo desde allí. Aquella aparente contradicción confirmó su sospecha de que aquello no era más que una visión, pero no le importó. Siguió disfrutando de aquella belleza, le era indiferente a qué continente perteneciera. O más aún, que no perteneciera a ninguno de ellos y estuviera a mil millones de años luz, o que ni siquiera existiera realmente. ¿Qué más daba? Existía en su mente y eso bastaba. Su ensimismamiento le impidió advertir que algo se acercaba volando a gran velocidad hacia ella. Cuando ya lo tenía encima, vio una sombra y oyó un potente graznido. El sobresalto la hizo reaccionar bruscamente. Se giró sobre sí misma y, al atrasar su pie izquierdo para conservar el equilibrio, este no encontró tierra firme, sino el vacío. Todo el que haya caído de cierta altura y haya sobrevivido conocerá la angustiosa sensación de «pisar» el vacío y de comprender que no hay nada que pueda evitar la caída. El instinto de conservación de Irma se rebeló contra esta certeza y lanzó sus manos en busca de algo a lo que asirse mientras el resto de su cuerpo era atraído por la aterradora fuerza de la gravedad. A pesar de la veloz respuesta, no encontraron más que tierra y piedras sueltas. Su instinto de conservación perdió, la gravedad venció e Irma cayó. Su corazón comenzó a cabalgar como lo hacía el corcel que en ese mismo instante montaba Luís. Oyó un sonido estridente. Eran sus propios gritos. Los hermosos árboles que flanqueaban el río se acercaban a gran velocidad hacia ella. Comprendiendo que no había salvación posible, deseó que lo hicieran más rápidamente todavía para acabar con el sufrimiento y el terror. Apenas formulado el deseo, sintió un golpe en la parte de delantera de su cuerpo que cortó en seco su grito.

El impacto la dejó sin respiración durante unos segundos. Cuando la garra del dolor aflojó su presa y el aire volvió a penetrar en sus pulmones, se dio cuenta de que seguía desplazándose, pero ¡en horizontal! Se encontró tumbada boca abajo sobre algo suave y mullido en la superficie, duro y fuerte por debajo de esta; pero vivo, muy vivo. Cuando pudo enfocar la vista vio, desde atrás, la cabeza de un ave. Dos enormes alas estaban desplegadas, aunque prácticamente inmóviles, planeando. El águila volvió a graznar, levantando ecos que rebotaron contra la montaña. Ahora sí, las alas comenzaron a moverse arriba y abajo con fuerza. El águila estaba ascendiendo. Sintió que se escurría hacia atrás y se agarró con fuerza a las plumas del ave. Esta no lo notó aparentemente. Una vez remontada la montaña, Irma tuvo el tiempo justo de ver el lugar desde el que acababa de caer. El águila, con un movimiento brusco, giró ciento ochenta grados y descendió casi en vertical. La muchacha sintió cómo el estómago le subía a la garganta. Pensó que, de no ser por el tiempo transcurrido desde su última comida, el plumaje del ave habría quedado perdido de vómito. Después de descender unos trescientos metros, el animal volvió a la horizontal y disminuyó la velocidad. Irma, que comenzaba a sentirse segura de nuevo, pudo disfrutar del increíble paisaje. El ave le estaba mostrando la belleza del lugar. Acarició su plumaje y continuó disfrutando del viento en su rostro, del brillo del río y del mar en la distancia, de la variedad de tonalidades de la vegetación, empapándose de todo ello, sabiendo que la experiencia sería efímera.

Hamdi se sintió atemorizado al ver cómo sus amigos se alejaban, succionados por la oscuridad pero, al igual que Irma, se tranquilizó pensando que aquello no era real. Súbitamente, se encontró en plena sabana africana. Se vio obligado a cerrar los ojos acostumbrados a la oscuridad del lugar del que provenía. Poco a poco, pudo abrirlos y observar su entorno. Se vio asaltado por sentimientos contrapuestos. Se emocionó por volver a sus orígenes. Después observó sus piernas humanas, sabiendo que solo eran una ilusión y notó cómo la tristeza contraía su pecho. Las golpeó con los puños cerrados, enseñando los dientes como una fiera. Curiosamente, sintió dolor. «¡Esta fantasía es cruel, chamán!», gritó con los ojos cerrados, como si así fuera a conseguir que lo oyera el aludido. Cuando abrió los ojos de nuevo, aún frotándose las piernas para aliviar el dolor que él mismo se había provocado, se encontró cara a cara con un gran antílope, que lo miraba fijamente. Se trataba de un ejemplar enorme, tenía aspecto de pesar por lo menos trescientos kilos. A Hamdi le pareció muy curioso su colorido. El cuerpo era marrón claro, excepto las patas, que eran mitad negras y mitad blancas. Su rostro presentaba una curiosa combinación de estos dos colores, pero las tonalidades eran más intensas, dándose así un mayor contraste y causando la impresión de que alguien lo hubiera maquillado con pinturas tribales antes de una batalla o de una importante ceremonia. Si fuera así, se trataría de un gran maquillador, pues las líneas fronterizas entre los dos colores eran casi perfectas, como si estuvieran trazadas con regla. Las zonas blancas y negras, eran idénticas a un lado y al otro, consiguiendo una simetría igualmente perfecta. Tenía unos cuernos impresionantes, ligeramente curvados, de casi un metro de largo. Aquellos puntiagudos sables parecían capaces de atravesar a dos hombres juntos, como un sandwich, si fueran lo suficientemente imbéciles como para no huir. Y así se sintió Hamdi, imbécil por estar allí, quieto, mirando fijamente los ojos del animal, pero no se movió. Se quedó allí, desafiándolo con la mirada. El animal comenzó a rascar la tierra como lo haría un toro antes de embestir, levantando una buena polvareda. Después corrió hacia Hamdi. Este siguió sin moverse. En el último momento, el antílope viró ligeramente, lo suficiente para no atropellar al chico. Hamdi soltó el aire retenido inconscientemente en sus pulmones y se volvió para enfrentar de nuevo al animal, que inició una nueva embestida, volviendo a evitar el choque en el último momento. El ritual se repitió un par de veces más. Cuando Hamdi se preguntaba cuándo cesaría el desafío o prueba al que lo estaba sometiendo, el antílope se le acercó tranquilamente hasta colocarse a su lado. Después arrancó de nuevo bruscamente y se detuvo, mirándolo descaradamente. Volvió sobre sus pasos y repitió la acción. Hamdi comenzó a entender.

—¿Quieres que corra contigo?
El animal pateó la tierra a modo de respuesta. Hamdi intuyó que aquello era un «sí».
—Pero yo soy muy lento comparado contigo. Te vas a aburrir.
El antílope alzó las patas delanteras, impulsándose con las traseras, dando una especie de saltito que hizo sonreír a Hamdi.
—¿No te importa? ¿Es eso lo que me quieres decir?
El animal siguió mirándolo, impaciente.
—Está bien —aceptó Hamdi—. Tú ganas, pero ya te he dicho que yo no puedo correr tanto como tú.
El chico colocó su pie derecho delante, el cuerpo ligeramente inclinado, con la vista al frente, como un atleta esperando el pistoletazo de salida de la final olímpica de los cuatrocientos metros vallas.
El animal pateó el suelo de nuevo, excitado ante la carrera.
—¿Quién da la salida? —preguntó al animal, sonriéndole como si este pudiera entender la broma.

Entonces Hamdi salió corriendo, esperando sorprender a su rival, como si tuviera alguna oportunidad. El animal arrancó a su vez, pero para sorpresa del chico, se puso a su altura sin sobrepasarlo. Hamdi lo miró atónito. En ese instante, notó una fuerza extraña que llegaba a sus piernas, como si le hubieran inyectado dos litros de adrenalina pura, pero sin jeringuilla y sin dolor. Aumentó la velocidad, siempre con el antílope a su lado. Después de unos segundos así, comprendió que el animal no se estaba adaptando a su velocidad, sino que ambos eran igual de veloces. ¡Estaba corriendo a la velocidad de un antílope! Las piedras y la escasa vegetación retrocedían, desde su punto de vista, como proyectadas hacia atrás por la brutal patada de un dios colérico. Ham reía y gritaba eufórico, sin saber que compartía sensaciones y estado de ánimo con su amigo Luís en aquel preciso instante.
El jaguar saltó sobre Alberto con la boca abierta en una sonrisa aniquiladora, las afiladas uñas retráctiles asomando varios centímetros por fuera de las suaves pero mortíferas zarpas. Mientras el animal preparaba su salto, Alberto se concentró para intentar golpearlo en el pecho, buscando el corazón. Sabía que algunos maestros de Karate habían llegado a matar de un solo golpe a animales muy poderosos. Posiblemente fueran leyendas y, en todo caso, él tenía entre poco y nada de maestro, pero era su única oportunidad. Recordó las palabras que el Sensei les repetía hasta la saciedad: No golpees con el puño, golpea con la mente. Sintió que una energía extraña, que no provenía de sus músculos, sino de su vientre, lo recorría hasta llegar a su puño, dotándole de una fuerza y velocidad comparables a las del jaguar. Su puño y las garras del jaguar llegaron simultáneamente a sus respectivos objetivos. Y algo ocurrió… algo increíble. El puño de Alberto, en lugar de impactar en el pecho de su contrincante, penetró en él, como si careciera de consistencia. Al mismo tiempo, sintió como las zarpas del jaguar penetraban en su interior sin herirlo. Alberto y el jaguar formaron un solo ser.
Sintió cómo sus sentidos se agudizaban. Percibió olores que jamás había olido antes, oyó sonidos que sus oídos eran incapaces de captar unos segundos antes y vio el entorno con un matiz diferente, con más nitidez y más color. Comenzó a correr y vio que sus manos ya no eran tales, sino las zarpas del felino. Corría, saltaba y trepaba por los árboles. Intentó gritar para expresar su entusiasmo, como todos sus amigos, pero él no pudo, porque ya no era humano. Un rugido de triunfo provocó una desbandada de pájaros.
Cuando Luís cabalgaba a lomos del corcel, Irma surcaba el cielo con el águila, Hamdi corría junto al antílope y Alberto era un jaguar, oyeron una extraña voz, una especie de canto ritual entonado por una voz grave y algo cascada. Cuando el cántico cesó, los cuatro fueron arrancados bruscamente de sus respectivas experiencias, atraídos por una fuerza imposible de contrarrestar. Cuando abrieron los ojos, Hamdi, Irma y Luís apoyaron las manos en la alfombra de vegetación, como si temieran caer de bruces, mientras que Alberto estiró las piernas y las clavó en tierra, intentando frenar la supuesta inercia. Una vez fueron conscientes de la inutilidad de sus movimientos se miraron mutuamente. Sus expresiones oscilaban entre la decepción y el enfado, pues habían sido arrancados de una experiencia que posiblemente fuera la más intensa y hermosa de su vida.
—No os preocupéis. Ellos siguen dentro de vosotros —dijo el chamán, que sabía leer en los rostros de la gente—. Ya tenéis vuestras armas. Podéis partir de nuevo a salvar a vuestra amiga.
—¿Por qué no hizo esto antes de que fuéramos allí? —preguntó Irma, señalando con un movimiento de cabeza en dirección a la enredadera putrefacta. El tono con el que se dirigía al chamán había cambiado. La animadversión que sentía hacia él hasta entonces había desaparecido. Estaba agradecida por el regalo que les había hecho.
—No estabais preparados. Debíais comprobar antes el enorme poder del enemigo al que os enfrentáis y comprender por vosotros mismos que no podíais vencerlo sin ayuda. Teníais demasiada prisa por salvar a vuestra amiga. No me habríais escuchado y si lo hubierais hecho, no me habríais creído. Eso dice mucho de vuestro corazón y de vuestro valor, pero poco de vuestra inteligencia.
En otras circunstancias, los chicos se habrían sentido ofendidos por la falta de tacto del chamán, pero había que reconocer que tenía razón. Además, a esas alturas, después de lo vivido, empezaban a respetar e incluso a apreciar la acusada personalidad del chamán. Estaba claro que los buenos modales no eran su fuerte, pero el agradecimiento de Irma era compartido por todo el grupo. Ese hombre les había hecho un regalo que pasaría a formar parte de sus vidas a partir de ahora y que les daba la oportunidad de salvar a su amiga, o por lo menos de intentarlo con unas mínimas garantías de éxito. Las recientes experiencias les habían entregado un segundo obsequio, aunque todavía no fueran conscientes de ello: un poco más de sabiduría.
El chamán sonrió. Ese hombre parecía leer los pensamientos y probablemente fuera así.
Cada uno de ellos relató al Sensei y al resto del grupo sus respectivas experiencias. Después se sucedieron las preguntas al chamán. Este les trató de transmitir que existen diferentes formas de entrar en contacto con los tótems y solo se descubren en el momento de hacerlo. La de Alberto había sido la más espectacular; se había fundido totalmente con su tótem. Hamdi había adquirido habilidades del suyo. Irma y Luís, simplemente habían subido a los lomos de los suyos, pero eso no significaba que su experiencia hubiera sido menos intensa. Cada uno de ellos había tenido una comunión con su tótem y se había fusionado con él. Las diferentes formas en que los humanos entraban en contacto con sus tótems era algo que escapaba incluso al conocimiento del chamán. La fuerza que mueve el universo era la que dictaba las normas. Cada uno era libre de llamar a esta fuerza de la forma que quisiera: Gaia, Pachamama, Dios, Jehová, Krisna, Primera Causa o cualesquiera otros nombres con los cuales el ser humano la ha bautizado desde el principio de los tiempos.
Una vez agotadas las preguntas al chamán, Hamdi formuló una al Sensei:
—¿Y tú, Sensei? ¿Por qué no fuiste en busca de tu tótem?
—Este es mi tótem —respondió el maestro con cierta amargura, agarrando su katana.
Los cuatro chicos guardaron silencio, comprendiendo que esa no era toda la verdad. El chamán intervino oportunamente, rompiendo el incómodo silencio:
—Será mejor que partáis ya a por vuestra amiga —dicho esto, apartó con suavidad las plantas mágicas para que salieran del círculo.
Al salir, se sobresaltaron al ver un enorme lobo mirándolos fijamente.
—Tranquilos —dijo el chamán—. Es el tótem de vuestra amiga. Aunque ella no estuviera en el círculo, está unida a vosotros y desde su cautivo sueño, también encontró a su tótem. La loba os acompañará.
Irma se acercó con cautela y acarició el sedoso pelaje del impresionante animal, que aceptó mansamente las caricias. Miró los inteligentes ojos del animal y le dijo:
—Samina, ya vamos. Aguanta.
La loba respondió alzando su hocico hacia el cielo y emitiendo un profundo aullido. El sonido penetró en los cuatro chicos. La metamorfosis comenzó. Alberto, que continuaba obnubilado con Irma y le dirigía continuas miradas furtivas cuando creía que ella no se daba cuenta, vio cómo su cicatriz resplandecía. Después lo hicieron sus ojos, adquiriendo un matiz fosforescente. Ella le dedicó una mirada de complicidad, corroborando lo que Alberto temía: era totalmente consciente de sus miradas. Al segundo siguiente, Irma ya no era Irma, sino un águila gigantesca. Extendió sus alas y las sacudió ligeramente. Alberto estaba convencido de que era un gesto de presunción, estaba exhibiéndose. Intentó sonreír, pero ya no pudo. Su propio cuerpo se había transformado. Volvía a ser un jaguar. Se sintió henchido de una emoción indescriptible, lleno de energía y de fuerza. Expresó su felicidad emitiendo un rugido, que seguramente, en su forma humana, lo habría aterrado. Tenía consciencia de sí mismo, recordaba perfectamente su origen humano, pero sabía que ya no lo era enteramente. Entendía todo esto, pero sus procesos mentales eran diferentes a los del cerebro de homo sapiens; la racionalidad humana había pasado a un segundo plano, relegada por el instinto, que era ahora el dueño y señor. El chico que dudaba de todo, que no creía en nada que no pudiera ver o tocar, había quedado muy atrás. De bebé lo habían bautizado en la fe cristiana, pero ahora había sido bautizado de nuevo porque había nacido una nueva naturaleza en él.
A su derecha, resonó un fuerte relincho en respuesta a su rugido. El corcel se impulsaba sobre sus patas traseras, elevándose a una altura que le pareció titánica. El marrón oscuro de su brillante piel se mezclaba con el rojo reinante del páramo, dando lugar a una tonalidad sanguinolenta que le confería una temible y agresiva belleza. El jaguar no sintió temor alguno, sabía que era su amigo. Al lado del caballo vio al antílope, de menor alzada que aquel, pero igualmente imponente. Daba pataditas en la tierra, tal y como había descrito Hamdi. Al mismo tiempo, movía repetitivamente su cabeza arriba y abajo, agitando su máscara blanquinegra como si intentara ensartar con sus cuernos a algún enemigo invisible. Dos hombres de ojos rasgados observaban la escena: uno de ellos, más alto, delgado y con el pelo largo, con expresión impasible. La expresión del otro, más bajo y fornido, era de absoluto asombro. Este último, sin mediar palabra, se acercó al caballo y, después de darle un par de palmadas en el cuello, se encaramó a su lomo de un salto. El caballo arrancó a cabalgar. El antílope lo hizo a su lado. El águila emprendió el vuelo, custodiándolos desde las alturas. El jaguar salió corriendo tras ellos. No estaba hecho para las carreras. En su elemento predominaban las distancias cortas, pero si se lo proponía, también podía ser veloz. No iba a dejar que le sacaran mucha distancia. La loba se colocó a su lado. Felino y cánido siguieron a sus veloces compañeros hombro con hombro.

Volver a cabalgar despertaba en Shitoru sentimientos encontrados: se sentía libre y fuerte, pero los recuerdos amargos volvían a él, despertando remordimientos y rabia. Intentó desterrarlos de su mente. En aquel momento resultaban inoportunos y molestos para su objetivo. Además, arriesgar su vida por Samina era una buena forma de purgar sus pecados. No le asustaba morir y lo haría sin dudar si fuera necesario, con tal de salvar a aquella muchacha valiente y leal. La velocidad vertiginosa de los tótems de sus alumnos lo lanzaba de nuevo a la batalla. Pero esta vez no servía a un señor sanguinario. Ahora luchaba por un fin noble, como él mismo había intentado transmitir a sus alumnos. Este pensamiento alivió su espíritu y lo llenó de energía y valor. Si había llegado su final, no le importaba. Con su última acción limpiaría su pasado de cobardía y deshonor. Los ríos verdosos fluían ya alrededor de la variopinta manada y se ensanchaban rápidamente. La ignominiosa montaña de materia fétida aumentaba de tamaño a cada segundo. Lo poseyó su espíritu guerrero, dormido durante décadas. Lo hizo sonreír con fiereza y desenvainar su katana. El águila soltó un graznido que lo llenó todo. Resonó por aquel páramo de muerte y demencia como una amenaza de destrucción. El grito de guerra puso en alerta a los oscuros seres que trasladaban sus patéticas existencias de un extremo al otro de la enredadera putrefacta. El ente que habitaba en ella emitió un grito imposible, que sonó más en la mente de Shitoru que en sus oídos, posiblemente incapaces de procesar un sonido tan demencial. Ningún berrido, rugido, valido o graznido del mundo animal se asemejaba a aquello.
Tan solo faltaban unas decenas de metros, pero el caballo y el antílope no parecían dispuestos a aminorar su velocidad. No habían trazado plan alguno antes de la metamorfosis, pues era innecesario. Estaban conectados a través de Luís. Cada uno sabía lo que debía hacer. Irma y Alberto, o mejor dicho, el águila y el jaguar debían colaborar para arrancar a Samina del cautiverio de la enredadera. Los demás lucharían en tierra, eliminando el mayor número posible de las criaturas negruzcas y distrayendo a la malévola inteligencia del engendro.

Faltaban unos pocos metros. ¡Iban a chocar! Pero el caballo frenó bruscamente. El Sensei-ronin hubo de agarrase con todas sus fuerzas al animal para no verse proyectado contra la asquerosa masa viscosa. Sin embargo, el antílope no frenó, incrustando su cornamenta y toda su cabeza en la gelatina verde. Un nuevo sonido demencial, esta vez de dolor, llenó toda la planicie. El antílope extrajo la cabeza y la cornamenta utilizando toda la fuerza de su musculoso cuello. Arrastró gran cantidad de materia consigo, provocando un boquete de considerables dimensiones. De la herida comenzó a manar la sanguinolenta savia verdosa. Por su parte, el caballo comenzó a golpear con sus patas delanteras, atacando junto a su compañero la base del monstruo. Shitoru se deslizó habilidosamente por el lomo del caballo, aterrizando en tierra a tiempo de dar la bienvenida a un grupo de cucarachas humanas que se disponían a atacar a los dos animales. Al cabo de unos segundos, los bichos yacían en la rojiza tierra, desmembrados por su katana. Pero nuevas hordas de criaturas negruzcas descendían hacia ellos y otras se acercaban desde tierra. El ronin alzó su sable con ambas manos y las esperó en guardia.

Desde arriba, el águila vio como el ronin, la loba, el caballo y el antílope luchaban contra las criaturas. Estas caían alrededor de Shitoru a cada golpe de su espada; el caballo destrozaba a su vez a otro grupo de criaturas con sus coces y golpes de las patas delanteras, mientras el antílope ensartaba a otras y lanzaba sus cuerpos inertes a varios metros de distancia. La loba eliminaba una a una a las criaturas que la habían rodeado con certeras y mortíferas dentelladas. Pero aquellos seres parecían multiplicarse.
Vio cómo el jaguar trepaba y ascendía hacia Samina, arrancando las cabezas de las criaturas a zarpazos y desmembrándolos con sus fauces o empujándolos al vacío, esquivando los ataques de sus ponzoñosas patas. Llegaba el turno del ave. Ella tenía la mayor ventaja de todos. Tomó distancia y se lanzó en picado contra el engendro. Hundió sus garras en él y estiró, agitando sus alas a plena potencia y provocando que las parodias de lianas que colgaban a su alrededor se agitaran violentamente. Arrancó una cantidad enorme de materia viscosa. Un nuevo grito de dolor se elevó en el paraje, mucho más potente que el anterior. El águila dejó caer el amasijo supurante. Por el aire, los gruesos filamentos se retorcían como lombrices embadurnadas de gelatina en una espeluznante agonía. El ave volvió a centrar su atención en la parte alta del engendro. Tenía localizada a Samina, pero ella sola no podía llevársela, pues podría dañarla con sus garras. Necesitaba la ayuda del jaguar. La muchacha estaba cada vez más hundida en la materia viscosa, que la iba absorbiendo poco a poco. Sus piernas ya no eran visibles y uno de sus brazos estaba enterrado desde el codo. La parte trasera de su cráneo había sido absorbida y solo quedaba en la superficie su pálido rostro. Parecía muerta y envuelta en una sucia mortaja, ¡pero no lo estaba! El águila lo sabía. Aún no. Debían actuar ya. Lanzó un potente graznido al jaguar. Este la miró y rugió. Pese a que sus zarpazos y mordiscos acababan rápidamente con las criaturas, no podía perder tiempo con ellas. Comenzó a esquivarlas, saltando o cambiando de camino, despistándolas para poder llegar antes a Samina. Ya la divisaba, estaba a tan solo unos pocos metros de ella cuando aquella horrenda voz, si es que se puede llamar así, se volvió a elevar en aquel paraje infernal. Un enorme tentáculo salió proyectado hacia el águila a tal velocidad que esta no pudo esquivarlo. El tentáculo, de más de un palmo de grosor, la apresó y la oprimió. La estaba asfixiando y no tardaría en partirle los huesos. El jaguar pareció enloquecer: rugía mostrando sus colmillos, con las orejas totalmente pegadas a su cráneo, lanzando zarpazos al engendro, arrancando pedazos del mismo, provocando aparatosas hemorragias de aquel líquido verde que era el equivalente de la sangre humana. Los ataques lo dañaban, pero no tanto como para que liberara al águila. El ave sufría, se debatía intentando deshacerse de la presa mortal sin éxito. Pudo ver de nuevo los ojos del monstruo mirándola con crueldad y satisfacción. Entonces el jaguar hizo algo extraño. Dio media vuelta y se alejó, desapareciendo en la maraña de lianas pegajosas. «¡Me abandona!», pensó el águila y sus esperanzas se desvanecieron. Empezaba a dejar de resistirse, aceptando la derrota y la muerte cuando oyó el rugido del felino que corría a toda velocidad, arriesgándose a perder el equilibrio y caer desde una altura mortal. El águila se sintió aliviada al comprobar que se había equivocado, pero no entendía lo que se proponía. ¿Había enloquecido? Cuando parecía que se iba a precipitar al vacío, el felino se impulsó con sus patas traseras y saltó hacia ella. La distancia que los separaba era insalvable, pero el jaguar se aferró al brazo que estrangulaba al águila, clavando sus garras en él. Consiguió encaramarse y descargó una lluvia de mordiscos y zarpazos sobre el tentáculo. En unos segundos, se había convertido en un muñón sangrante. Mientras el engendro bramaba de nuevo, lleno de cólera y dolor, el águila, el jaguar y un fragmento de tentáculo cayeron hechos un ovillo. El ave era incapaz de desplegar sus alas de nuevo, entumecidas por la presión a la que habían sido sometidas. El jaguar, presa del pánico, se aferró a ella con sus garras, hiriéndola involuntariamente. Finalmente, cuando quedaban pocos metros para impactar contra la tierra, el águila consiguió aferrarse al cuerpo del engendro con sus garras, deteniendo así la caída. El jaguar aprovechó para apearse. Sin perder tiempo, volvió a escalar para llegar hasta Samina. Esta vez encontró el camino prácticamente libre. La mayoría de bichos que no había eliminado habían caído al vacío debido a las convulsiones provocadas por la lucha entre los dos animales y el engendro. Únicamente le hicieron frente dos de ellos y fueron liquidados con facilidad. Por fin, llegó junto a Samina. Arañó y rascó alrededor de su cuerpo, desenterrándola con cuidado, socavando los ligamentos de podredumbre sin dañar a la chica.
El águila, recuperada la movilidad de sus alas, reemprendió el vuelo para ayudar al felino en el rescate de Samina. Cuando llegó a su altura, este ya había conseguido desenterrar a la muchacha y la zarandeaba con una de sus poderosas zarpas, cuidadosamente, con las uñas retraídas. El cuerpo de Samina estaba manchado de la sustancia verdosa por todas partes, pero libre de su cautiverio. Otro tentáculo salió disparado del engendro, atacando al águila de nuevo. Esta vez, el ave esquivó el ataque cayendo en picado y remontando el vuelo de inmediato. Consiguió atrapar el tentáculo, le clavó las garras y lo picoteó a la vez que tiraba de él hasta arrancarlo del cuerpo central. El tentáculo cayó inerte, aplastando a varios bichos que luchaban en tierra. El águila lanzó un graznido al jaguar y se colocó lo más cerca que pudo de él y de Samina, sin dejar de vigilar al engendro, aunque este parecía ya debilitado. El caballo, la loba, el antílope y el Sensei no habían perdido oportunidad de socavar su base, atacándola cada vez que los bichos les proporcionaban tregua, por corta que fuera.
El jaguar respondió rápidamente a la señal. Cerró sus fauces sobre el cuerpo de Samina, aprovechando un emplasto endurecido donde poder hundir sus colmillos sin herirla. Le pareció asombrosamente ligera. Estaba casi consumida por el engendro. Giró la cabeza y empleó toda la fuerza de los músculos de su cuello y sus patas para lanzar a Samina en dirección al ave. El águila se lanzó en picado y la atrapó, con todo el cuidado que le permitieron sus garras. Se alejó inmediatamente, fuera del alcance de los tentáculos. Giró su cabeza y con su portentosa agudeza visual observó cómo el jaguar descendía de la enredadera a grandes saltos. Por encima de él vio cómo los ojos malévolos del cruel ente la miraban con un odio infinito. Después miró hacia abajo, al punto donde sus compañeros habían acabado con una parte importante de las huestes del enemigo y herido gravemente su base. El odio de aquella mirada le hizo temer por sus compañeros. Lanzó un fuerte graznido convocándolos a todos. Era hora de retirarse. Samina ya estaba a salvo, si es que continuaba viva, claro. Su rostro seguía tan pálido como cuando la vio con los ojos de la mente antes de ser un águila. Parecía no haber vida en ella. Descendió hasta quedar suspendida a unos tres metros de tierra. Recordaba a un helicóptero de rescate manteniéndose casi inmóvil en el aire, gracias a la pericia de su piloto. Shitoru la esperaba con los brazos extendidos. El caballo y el antílope se habían colocado uno a cado lado del ronin para amortiguar una posible caída, mientras la loba y el jaguar vigilaban a los bichos que quedaban; la loba, con el pelo del lomo erizado, arrugando el hocico amenazante. El jaguar, con las patas flexionadas, dispuesto a atacar a la menor amenaza. El ronin atrapó a Samina con facilidad. Lo liviano del cuerpecito lo impresionó y temió por la vida de la muchacha. Se encaramó al caballo y, sin que pronunciara una sola palabra, el corcel comenzó a cabalgar, alzando con sus patas traseras un torrente de sustancia verdosa mezclada con tierra. Shitoru jamás había montado un caballo tan veloz. Ni siquiera su fiel purasangre de samurái podría competir con él. Los bichos no los persiguieron ni se alzó tentáculo alguno contra ellos. Habían causado terribles daños y no tenían interés alguno en retenerlos allí. El número de los insectos humanos que yacían sin vida en el suelo era aplastantemente mayor que el de los que quedaban en pie. En cuanto al titánico engendro, su base estaba repleta de «heridas» por las que manaban ríos de sangre verdosa que acababan confundiéndose con los que llegaban desde la lejanía. Previsiblemente, aquellos seres, mermados en número y fuerzas, consideraban asumible la pérdida de una de sus presas, si eso significaba librarse de aquel grupo destructor.
Durante la frenética carrera, el águila volaba a unos pocos metros por encima de la cabeza de Shitoru y únicamente tomaba altura, de vez en cuando, para cerciorarse de que no eran perseguidos. Al poco de ceder el verde su dominio al rojo del páramo, el ronin divisó la figura serena del chamán, que los esperaba con su cayado cubierto de misteriosos objetos colgantes. Al llegar a su altura, Shitoru descendió de un salto y le entregó a la niña como si se tratara de un precioso tesoro. El anciano la colocó inmediatamente en el círculo de plantas mágicas y comenzó a arrancar la mortaja de sustancia verdosa arrojándola sobre ellas. Cuando la mucosidad entró en contacto con los aromáticos vegetales produjo un siseo, se convirtió en humo y acabó por fundirse con la bruma que cubría el páramo. Mientras, habían ido apareciendo los cuatro chicos, en su forma original, a medio vestir, con lo justo para no mostrar sus vergüenzas. Formaron un círculo alrededor del chamán y del cuerpo inmóvil al que intentaba reanimar echándole encima todo tipo de potingues mientras entonaba extraños cánticos supuestamente curativos. Al cabo de unos minutos, el rostro de Samina adquirió algo de color. El chamán se irguió y se dirigió a los cuatro adolescentes:
—He hecho todo lo que estaba en mi mano, pero mi poder es insuficiente, necesito del vuestro. O más bien, vuestra amiga lo necesita. Yo estaré con vosotros, ayudándoos en lo que pueda.

Dicho esto, miró a Luís:
—Acércate. Coloca tu mano sobre su frente.
Luís se arrodilló al lado de Samina y obedeció.
—Sobre su corazón —indicó el chamán a Irma, que obedeció en silencio.
—Sobre sus brazos —ordenó a Alberto.
Finalmente, posó una mano sobre el hombro de Hamdi y le dijo afectuosamente:
—Poderoso antílope, tú serás sus piernas. Pon tus manos sobre ellas.
Hamdi, emocionado, se colocó a los pies de Samina e hizo lo que el chamán le pedía.
—El antílope devolverá la vida a las piernas de Samina, el jaguar transmitirá fuerza a sus brazos, el águila reanimará su corazón y el corcel despertará su mente. La liberasteis del demonio verde, pero tras él hay algo mucho más poderoso y cruel. Intentará retenerla, no la dejará ir así como así. Agarradla y no la soltéis o la perderemos para siempre. Traedla de vuelta a la vida.
—Ahora cerrad los ojos —continuó después de una pausa—. Concentraos y llamadla.