Kodama

I. El viaje

Era la primera vez que el Sensei veía a unos adolescentes tan pletóricos después de un madrugón. Había sido puntual, pero cuando llegó al dojo, ya estaba esperándolo todo el grupo, incluido Alberto, que era todo un maestro en el arte de la impuntualidad. La idea del Sensei les había entusiasmado desde el primer momento. Ninguno de ellos conocía el norte del país. En el programa de servicios sociales estaba reservada una parte del presupuesto a excursiones y salidas. Al Sensei se le había ocurrido que un viaje a un parque natural sería una buena oportunidad para disfrutar juntos de la naturaleza y de una nueva experiencia en común. Compartir las veinticuatro horas charlando, comiendo, durmiendo y recorriendo caminos juntos era una buena forma de conocerse todavía mejor.
Como era de esperar, los recursos de los que disponían no eran para echar cohetes. Por ello, cuando el Sensei hizo la propuesta, también advirtió a sus alumnos que si la llevaban a cabo, los gastos agotarían prácticamente el presupuesto y no podrían hacer ninguna excursión más al menos hasta el año siguiente. Sin embargo, no les importó. «Más vale un viaje guay que un puñado de excursiones chungas a lugares que ya conocemos», dijo Alberto, y todos sus compañeros estuvieron de acuerdo. Pasarían los últimos días de agosto allí. El viaje sería corto, pero intenso. Cuando volvieran, tendrían que prepararse para el inicio del nuevo curso, y aunque eso siempre era un rollo, lo harían con las pilas cargadas y el buen sabor de boca que les dejarían esos días juntos, a buen seguro.

—¡Me encanta la naturaleza! —exclamó Samina con una sonrisa beatífica cuando todo el grupo estuvo reunido a la puerta del dojo.

—¡Me encanta la naturaleza! —repitió Alberto, con voz de falsete, imitando la de Samina.

Al instante, Alberto aullaba de dolor, y saltaba a la pata coja agarrándose la tibia. Samina era tremendamente rápida dando puntapiés. Cuando el dolor se hizo más soportable, se apoyó en la pared y continuó frotándose la tibia con la palma de la mano. Hamdi lloraba de risa. El baile de Alberto había sido cómico.

 —¿No la regañas, Sensei? Esta niña es muy agresiva —se quejó Alberto.

—Iba a hacerlo, pero he pensado que quizá no te venga mal para aprender que a veces es mejor cerrar la boca —la respuesta del Sensei provocó nuevas carcajadas entre sus compañeros. Alberto refunfuñó algo ininteligible y acabó por callarse.

A primera hora de la mañana ya hacía bochorno. La más ligera actividad física era suficiente para que la ropa se pegara a la piel. El día prometía ser tórrido, pero en un rato los chicos y el Sensei  ya no estarían allí para sufrirlo. Se sentían aliviados por abandonar la ciudad y viajar al norte. En las latitudes en las que se encontraban, los próximos días iban a ser sofocantes, tanto como para no poder salir de casa hasta que no cayera el sol. Allí donde iban podrían disfrutar toda la jornada sin preocuparse por los golpes de calor. Así pues allí estaban, dispuestos a partir hacia un entorno privilegiado, uno de los parques naturales más bellos del país, donde todavía quedaban lobos y hasta unos pocos osos. Por supuesto, estaban protegidos, pues estaban en riesgo de extinción.

—¿Y si nos encontramos con un lobo o un oso? —preguntó Samina.

—Eso es muy improbable. Hay muy pocos, y tienen más miedo de nosotros que nosotros de ellos —dijo el Sensei.

—¡Sería una pasada! —el entusiasmo de Samina recordó al grupo el episodio del puntapié y todos miraron a Alberto, temiendo una nueva chanza y la posterior respuesta temperamental de la muchacha, pero permaneció callado, con cara de póker. Samina lo miró con una media sonrisa que significaba: «buen chico».

Cargaron con sus mochilas y se encaminaron hacia la estación de autobuses. El viaje fue largo e incómodo. Como todo el mundo sabe, cuando uno se dirige a un destino estimulante y está deseoso de llegar, el tiempo se dilata como el útero de una parturienta. No obstante, paliaron su aburrimiento e impaciencia leyendo, charlando, jugando a juegos que en otras circunstancias les habrían parecido absurdos y aburridos, admirando el paisaje, relatando historias de terror y otras que intentaban hacer pasar por verdaderas, pero igual de inverosímiles, y durmiendo a ratos. Dormir en un autobús produce un dolor de cuello horrible, pero es lo único que queda cuando la conversación y la imaginación se agotan.

 

En la recta final del viaje, los que permanecían despiertos, se vieron recompensados por el brusco cambio de paisaje, de la Meseta Central a la Cordillera Norte. En pocos kilómetros el marrón dominante fue tornándose en un verde intenso, que ya no los abandonaría hasta llegar a destino. A medida que avanzaban, la vegetación se hacía más espesa y exuberante. Las montañas los saludaron aupándose por encima de los árboles, recios y orgullosos. En varias ocasiones vislumbraron animalillos, incluso algún ciervo que desaparecía rápidamente cuando el monstruo rodante se aproximaba a ellos.

Una vez en el camping, tuvieron el tiempo justo para plantar sus tiendas antes de que la oscuridad fuera total. No querían provocar molestias a sus vecinos y aunque había iluminación artificial, no hay nada como la luz natural. Devoraron una cena rápida pero abundante en el restaurante del camping. Es posible que la palabra restaurante no fuera la más adecuada para describir aquel local, que era más un híbrido entre bar y cafetería. Pero preparaban bocadillos y platos combinados de una calidad muy aceptable, que el hambre  del viaje convertía en auténticos manjares. En aquellas tierras era difícil encontrar un lugar en el que la comida supiera mal. La gastronomía era tan variada y sabrosa que hasta en el más humilde de los bares había que contenerse para no comer hasta reventar. Con el estómago lleno, repasaron la planificación que habían hecho antes de emprender el viaje. No tenían más que tres días y había que sacarles el máximo partido. Había infinidad de bosques, montañas y lagos para elegir. Acordaron completar varias rutas en municipios colindantes y dejar para el último la de los lagos. Era famosa en todo el país y todas las guías turísticas la destacaban, calificando de imperdonable el hecho de pasar por allí sin recorrer al menos una parte, pues no todo el mundo era capaz de completarla. Era larga y agotadora. Pero ya se sabe, las cosas que valen la pena en la vida cuestan esfuerzo. Apenas finalizada la reunión, sus cerebros, asaltados con alevosía por el sueño, dejaron de funcionar. A esas horas, la temperatura había descendido en picado. Arrebujándose en sus respectivos sacos, no tardaron en adentrarse en los dominios de Morfeo casi sin darse cuenta. Se podría decir que alguno ya estaba dormido antes de meterse en el saco, y al día siguiente se preguntaría cómo había llegado hasta allí.

 

Durante los dos primeros días recorrieron a pie más de veinte kilómetros por jornada. Por la noche estaban agotados y dormían como bebés. Les encantaba despertarse cada mañana viendo las montañas ante sus ojos. No les molestaba comenzar el día con una temperatura de ocho o nueve grados centígrados en pleno agosto. Todo lo contrario. Era un cambio agradable y les proporcionaba una tregua hasta que volvieran al calor y humedad de su tierra. A mediodía, el intenso ejercicio y el potente sol los hacían sudar, pero raramente se sobrepasaban los treinta grados y el ambiente era seco, con lo cual el calor se soportaba mucho mejor. A partir de las seis o las siete de la tarde comenzaba a bajar la temperatura y por la noche tenían que dormir bien tapados. ¡Qué guay! Amaban su tierra, pero el verano era muy duro allí: caluroso, húmedo y demasiado largo. Las noches estivales en las ciudades de la costa mediterránea eran calurosas y húmedas. Te hacían desear que acabara el verano para poder dormir sin despertarte bañado en sudor, aunque ello significara el comienzo de las clases. Y más aún cuando ninguno de ellos tenía apartamento, chalet, ni nada que se le pareciera, y no les quedaba otro remedio que permanecer en la ciudad medio vacía, aburridos y con la camiseta húmeda pegada al cuerpo todo el día y parte de la noche. Aquel verano estaba siendo mucho más llevadero que los anteriores porque se reunían a menudo y paliaban así el tedio estival urbano. Pero si podían estar juntos y además en un lugar así, ¡mejor que mejor! ¡Era perfecto! No disponían de mucho tiempo, pero lo iban a exprimir como un limón maduro. Iban a sacar todo el jugo a cada instante, a cada paisaje, al rumor de los árboles acariciados por el viento, que alborotaba sus cabellos y arrastraba el sudor de sus pieles. Estaban tácitamente decididos a registrar en sus memorias cada sensación, cada emoción y cada momento compartido en ese viaje. Nada de grabar vídeos y sacar fotos constantemente. La mejor cámara que podían encontrar eran sus ojos y el mejor disco duro, su memoria. Hay gente que se centra en fotografiarlo o grabarlo todo, más interesada en demostrar a sus amigos y familiares que han estado en tal o cual lugar que en disfrutar del momento, del paisaje, de los sonidos, olores, etc. Ellos no necesitaban demostrar nada a nadie, sino vivir una experiencia lo más intensa posible, compartida con sus mejores amigos. No existe ni existirá jamás cámara, ordenador, smartphone ni ningún otro dispositivo que pueda producir ni reproducir tales sensaciones y sentimientos. Quedaría la experiencia, que jamás olvidarían. Estos cinco chicos con pocos recursos iban a disfrutar mucho más de esos tres días que otros mucho más adinerados y caprichosos, que se perderían en la niebla de la electrónica mientras todo un universo de emociones y estímulos sensoriales auténticos pasaba ante sus ojos sin que fuesen conscientes de ello ni les dieran importancia. El byte y el gigabyte no podrían mostrar más que una sombra de la realidad vivida intensamente, de los impresionantes paisajes, sonidos salvajes que jamás antes habían captado sus oídos, el tacto de la tierra, etc.

Tal y como habían acordado al llegar, dejaron lo mejor para el último día: la ruta de los lagos. Además de estos, que según habían leído en internet, eran espectaculares, a lo largo del camino tendrían la oportunidad de disfrutar de prados y zonas boscosas. Un poco de todo. Era la despedida perfecta. Estaban emocionados y un poco tristes al mismo tiempo, por tener que irse al día siguiente. En aquel viaje, los cinco entendieron aquel tópico de «pasó tan rápido como un suspiro». A partir de entonces, ya no les parecería una expresión tan cursi.
Llevaban en sus mochilas lo imprescindible, sobre todo comida y agua en abundancia, más un botiquín, linternas, cuerdas y poco más. Iba a ser la ruta más larga y con más desnivel. Les convenía ir ligeros de peso. Las anteriores habían sido espectaculares, pero eran solo un calentamiento para lo que les esperaba. Los chicos estaban en una forma física excelente después de entrenar durante todo el curso, pero aún así, era una dura prueba. No obstante, estaban ansiosos por partir. A las siete de la mañana ya estaban en pie. Después de un buen desayuno con fruta, leche y cereales, partieron hacia lo desconocido. Transcurridas un par de horas de caminar sin parar, volvían a tener hambre y se detuvieron para comer de nuevo. Después del almuerzo y de una buena charla, se quedaron unos minutos callados, disfrutando del silencio, al cual no estaban acostumbrados en la ciudad. Allí siempre había alguien o algo haciendo ruido. Te llegas a habituar tanto a él, que no te das cuenta de lo que es el verdadero silencio. Y cuando lo «oyes» en plena naturaleza, comprendes lo que te estás perdiendo.

A estos chicos de ciudad, que no habían tenido la oportunidad de disfrutar de la naturaleza más allá de un paseo por el campo a unos pocos kilómetros de sus casas, les emocionó tanto esta sensación que al retomar el camino siguieron sin hablar hasta que, al cabo de un rato, Luís rompió el rítmico sonido de los pasos sobre la tierra y las respiraciones del grupo:

—¡Qué bien! Este verano es el mejor de mi vida. Aquí, en este lugar tan bonito, caminando con vosotros me siento guay, puedo ser yo mismo. Bueno, siempre ha sido así, desde que empecé a conoceros bien, pero aquí ya es perfecto.

El grupo aminoró la marcha, mirando a Luís con sorpresa. Tales arrebatos de entusiasmo y espontaneidad no eran frecuentes en él. El muchacho enrojeció y miró al suelo. El Sensei apoyó una mano sobre el hombro.

—Me alegro de que te sientas tan a gusto con nosotros, Luís. Creo que puedo afirmar en nombre de todos que el sentimiento es mutuo.

—Claro que sí —terció Irma—. Te aseguro que yo te puedo comprender perfectamente.

—Pero, ¿por qué no te sientes tú mismo cuando no estás con nosotros? —la mente analítica de Hamdi no podía dejar un resquicio a la duda, necesitaba entenderlo todo al cien por cien.

Luís tardó unos segundos en responder. Parecía estar reflexionando, eligiendo cuidadosamente las palabras. Sus compañeros habían recuperado el ritmo y empezaban a pensar que Luís no respondería, cuando dijo:

—Con vosotros no tengo miedo a mostrarme como soy porque sé que me aceptáis y no me vais a juzgar. Me respetáis como yo os respeto a vosotros. Ya sé que todo esto del respeto nos lo ha enseñado el Sensei desde el principio, pero hay algo más, como si nuestro destino fuera encontrarnos.

La afirmación volvió a asombrar al grupo. Nadie respondió. Solo se oía el canto de los pájaros, el susurro del viento y sus pasos. Luís continuó:

—Si no fuera por vosotros, ahora estaría en el chalé de mis tíos con mis odiosos primos y primas, soportando su crueldad.

Hamdi alzó las cejas, asombrado y volvió a la carga:

—¿Son crueles contigo? ¿Por qué?

—Son unos niños pijos —respondió Luís, lanzando una piedra de una patada a varios metros de distancia. Su rostro se había ensombrecido—. No me aceptan y me lo hacen saber. Algunas veces me insultan, otras se ríen de mí porque no llevo ropa o zapatillas de marca como ellos. A veces simplemente me ignoran, hacen como si no estuviera allí, como si ni siquiera existiera. Eso es lo que más duele, todavía más que los insultos o las burlas.

Después de una pausa, se giró hacia su izquierda, donde se encontraba Alberto y le dijo:

—¿Entiendes ahora por qué me enfurecía tanto cuando me llamabas niño pijo?

Alberto asintió gravemente.

—¿Y por qué hacen eso? ¡Son tu familia! —Samina apoyó las yemas de sus dedos índices en ambas sienes, en un gesto que ilustraba lo incomprensible que era para ella tal actitud.

—Eso no les importa. No pertenezco a su tribu. Me desprecian por mi timidez y porque no soy rico como ellos. Porque ellos van a un colegio privado y yo a un instituto, ellos viven en un barrio de ricos y yo en uno de trabajadores, etc. No los envidio. No quiero ir a un colegio privado, ni vivir donde ellos viven. Sé perfectamente cuál es mi sitio y no me avergüenzo de ello, pero me repatea que se burlen y presuman. Me sacan de quicio. ¡Los odio!

—Pues alégrate por no ser de su tribu. Tú eres mil veces mejor que ellos —dijo Irma con un rictus de desprecio.

Luís agradeció las palabras de Irma con una sonrisa triste.

—Pero lo paso mal. Y deseo incluso que se acaben las vacaciones, para irme de allí.

—Lógico —convino Irma.

—¿Y por qué tu padre sigue llevándote allí? —quiso saber el detective Hamdi.

—No me cree. Dice que miento, que me lo he inventado porque no quiero ir. Admira a su hermana y su cuñado porque tienen dinero. Desea formar parte de su vida de lujo. Le es más fácil decir que miento que enfrentarse a ellos. ¡Es un cobarde!

—No hables así de tu padre, Luís —le recriminó el Sensei—. Tus conclusiones son precipitadas. Tu padre se equivoca al obligarte a pasar las vacaciones a un lugar en el que no te sientes a gusto, pero probablemente sus motivaciones no sean las que tú crees y piense que es mejor para ti estar allí que aburrido y pasando calor en la ciudad.

—No. Él sabe perfectamente lo que pasa, pero no le importa. Y prefiero un millón de veces quedarme aburrido en la ciudad y asarme de calor a estar allí. Además, realmente mis tíos desprecian a mi padre igual que mis primos me desprecian a mí, solo que lo disimulan porque son unos hipócritas. Hacen su buena acción del año, dejándonos pasar unos días en su chalé con piscina. Así, mi tía piensa que con eso y un par de llamadas al año, ha cumplido sus obligaciones con su hermano. Pero si mi padre acepta su caridad, ¡yo no!

El tono de Luís había ido ganando en desprecio y rabia hasta sus últimas palabras, que surgieron con un tono mucho más alto y violento de lo habitual en él. Su mirada quedó clavada  en un punto indeterminado. Luís estaba lejos de allí, lejos de sus amigos, en un abismo de oscuridad del que era necesario salvarlo. Los cinco lo miraron preocupados. El Sensei quedó impresionado por el odio que percibió en su voz, pero se apresuró a decir algo que sacara a Luís de la vorágine de rencor en la que se hallaba atrapado:

—Lo importante es que ahora estás aquí, con nosotros —dijo, enfatizando las dos últimas palabras—, como bien has dicho. Y eso significa que te ahorrarás unos días allí. Vivamos el presente, y disfrutemos del paisaje y de la compañía.

Luís asintió y sus compañeros se mostraron aliviados, pero solo había vuelto parcialmente del abismo. Una parte de él seguía allí, enganchado a su furia y su amargura, a solas en la oscuridad. El Sensei lo sabía, aunque fingía no darse cuenta. Los ojos de su alumno no habían vuelto a ser los mismos desde que pronunciara aquellas palabras llenas de rabia. Alberto echaba miradas de preocupación de tanto en tanto a su amigo. Su vínculo con él le hacía intuir que algo andaba mal. Los demás, ajenos ya al incidente, habían vuelto a centrarse en el paisaje; estaban convencidos de que las nubes de tempestad se habían despejado, pero el Sensei intuía que, lejos de ello, se espesarían todavía más. La tempestad podía convertirse en tifón y arrasarlo todo a su paso. Era cuestión de tiempo. Después de las enconadas palabras de Luís, sospechó que en la pelea con sus acosadores, el odio que sentía por sus primos había jugado un papel importante y quizás, en su mente, los Khan no fueran los únicos que recibían sus golpes.