IV. Totem

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Totem

IV. Totem

Luís no tuvo que esperar demasiado. A pesar de que jamás hasta ese momento había hablado de sus dones, y mucho menos los había exhibido, estaba mucho más familiarizado que los demás con esas otras realidades a las que se había referido el chamán. Dicha familiaridad permitió a Luís ser encontrado por su tótem antes que los demás.
Oyó algo parecido a un tambor lejano. Sintió cómo la tierra vibraba ligeramente. Aguzó el oído. El sonido se acercaba. Entonces lo reconoció: era el galope de un caballo. El sonido crecía, se hacía más fuerte, se acercaba… La vibración escaló desde el suelo por todo su cuerpo hasta llegar a su corazón y se instaló allí.
«¡Claro! El corcel». Había estado allí cuando aquella fuerza que tumbó al padre de Irma salió de él. Sintió el sonido a su izquierda. Se giró y allí estaba. A pesar de la penumbra y la neblina lo vio perfectamente, cabalgando a su lado. Le pareció enorme. El sudor que recorría su cuerpo lanzaba destellos que destacaban sus poderosos músculos hinchados por el esfuerzo de la carrera. Era marrón oscuro. Sus crines casi negras saltaban, rebotando sobre el musculoso cuello. El caballo lo miraba. Luís estaba convencido de que estaba invitándolo a subir a su lomo. Pero se preguntaba cómo era posible si en realidad él estaba sentado. Y ¿cómo lo iba a hacer? ¿Cómo iba a saltar sobre la grupa de la hermosa criatura? Se obligó a detener aquellos pensamientos limitados por la rigidez y una racionalidad que no servían allí donde se encontraba. Se irguió y pensó: «sin límites». Dio un fuerte salto y aterrizó sobre la grupa del animal. Este reaccionó aumentando la velocidad. La neblina y la penumbra comenzaron a disiparse y descubrió que se extendía ante ellos una enorme planicie de color verde, salpicada por extraños árboles y matorrales de tonos marrones y amarillos. El paraje estaba bañado por una luz crepuscular que lo dotaba de una especial belleza. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Su reacción lo turbó hasta que comprendió su origen: la sensación de libertad y plenitud. Por primera vez en su vida se sentía completo. Sonrió. Acarició el cuello y los flancos del animal. Quería acelerar, sabía que el corcel podía con eso y con mucho más, sentía la potencia de su corazón y de su musculatura. No le hizo falta emitir sonido alguno ni espolear al animal, como había visto en algunas pelis. Se limitó a inclinarse, agarrarse a las crines y pensar: «¡Más rápido!» El corcel reaccionó al instante y aumentó la velocidad. Tuvo la sensación de que los arbustos y árboles eran arrancados y proyectados hacia atrás. Desaparecieron rápidamente de su vista. La velocidad emborronó la realidad a su alrededor, convirtiéndola en un cuadro impresionista. Luís rió. Era feliz.

Cuando la oscuridad se disipó para Alberto, se encontró en medio de la jungla. Hacía calor y una humedad tremenda. Se formaron gotas de sudor en su frente de inmediato y la camiseta se le pegó al cuerpo. Miró a su alrededor. La jungla se extendía por todas partes. No se divisaba camino alguno. Se preguntó cómo había llegado hasta allí. Unos segundos antes, estaba sentado junto a sus amigos. Era increíble. El crujido de una ramita quebrándose lo sacó de sus elucubraciones. Miró hacia el lugar del que provenía el sonido. Un felino lo miraba fijamente, agazapado, con las patas flexionadas, el cuerpo casi pegado al suelo. Su pelaje era amarillo, de aspecto sedoso y plagado de manchas oscuras y circulares. El bello y temible animal avanzó hacia Alberto, sin separar su cuerpo más de un palmo de la húmeda tierra. El chico solo conocía el particular sonido del rugido de este tipo de felinos por las películas o los documentales de la televisión y, al oírlo, lo atenazó el miedo. Retrocedió buscando algo que le pudiera servir de arma: una rama caída, una piedra… pero no encontró nada. Estaba perdido. El jaguar no hizo concesiones a Alberto y saltó sobre él. Fue tan veloz que cuando Alberto quiso reaccionar, ya lo había derribado y le lanzaba zarpazos, enseñando sus enormes colmillos. El chico sabía que no tenía oportunidad alguna contra semejante fuerza de la naturaleza, pero aún así no se rindió. Comenzó a golpear al jaguar con brazos y piernas, como si se tratara de un humano. Daba puñetazos y codazos en su hocico y golpes de rodilla en los costados del animal. Para su sorpresa, el jaguar dejó de atacar y se separó unos metros, mirándolo fijamente a los ojos. «Parece haber acusado los golpes y mostrarme respeto». El Animal volvió a pegarse al suelo y se preparó para saltar de nuevo sobre él. «Y ahora se prepara para aniquilarme con el mayor respeto del mundo», pensó Alberto, mientras él mismo se preparaba para seguir luchando.

Para Irma resultó muy extraño notar de pronto la tierra bajo sus pies y sentirse en posición erguida cuando un segundo antes estaba sentada junto a sus amigos. Sin haber realizado movimiento ni desplazamiento alguno, allí estaba, sin más. Sus amigos habían desaparecido de su vista y comprendió que cada uno de ellos debía estar viviendo simultáneamente una experiencia similar, como les había anunciado el chamán. Pero pensó que aquello solo era una visión, así que ellos debían estar a su lado aunque no los pudiera ver ni tocar. La idea la reconfortó y la ayudó a no sentirse tan sola. Extendió sus brazos lateralmente. Cerró los ojos e imaginó que Hamdi y Alberto, a quienes tenía a su derecha e izquierda respectivamente, agarraban sus manos y que Luís y el Sensei, que estaban sentados frente a ella, la arropaban también con sus miradas; la del Sensei, penetrante y sensible a la vez (se sintió idiota al recordar el sobresalto que le provocó el cambio en el Sensei, pues sus ojos eran diferentes, pero su mirada no. Era la de siempre). La de Luís, cálida y reconfortante, como la que le había dirigido cuando la hizo «volar» en busca de Samina. Sonrió levemente y, abriendo los ojos de nuevo, se dispuso a buscar lo que se suponía que había ido a encontrar allí. Echó a caminar y la luz apareció lenta y progresivamente, como si sus movimientos hubieran activado algún interruptor.
Se encontraba en una planicie elevada, ya que unos metros más allá parecía acabarse el mundo. Irma supuso que había un desnivel importante. Aceleró el paso hasta que llegó al borde del cortado. En un primer momento sintió vértigo y la sensación de que sus piernas se convertían en mantequilla, pero pronto se acostumbró y pudo disfrutar de la maravilla que tenía ante sí. A muchos metros bajo sus pies corría un caudaloso río que serpenteaba hasta llegar al mar, que parecía estar a mil kilómetros y sin embargo podía divisarlo desde allí. Aquella aparente contradicción confirmó su sospecha de que aquello no era más que una visión, pero no le importó. Siguió disfrutando de aquella belleza, le era indiferente a qué continente perteneciera. O más aún, que no perteneciera a ninguno de ellos y estuviera a mil millones de años luz, o que ni siquiera existiera realmente. ¿Qué más daba? Existía en su mente y eso bastaba. Su ensimismamiento le impidió advertir que algo se acercaba volando a gran velocidad hacia ella. Cuando ya lo tenía encima, vio una sombra y oyó un potente graznido. El sobresalto la hizo reaccionar bruscamente. Se giró sobre sí misma y, al atrasar su pie izquierdo para conservar el equilibrio, este no encontró tierra firme, sino el vacío. Todo el que haya caído de cierta altura y haya sobrevivido conocerá la angustiosa sensación de «pisar» el vacío y de comprender que no hay nada que pueda evitar la caída. El instinto de conservación de Irma se rebeló contra esta certeza y lanzó sus manos en busca de algo a lo que asirse mientras el resto de su cuerpo era atraído por la aterradora fuerza de la gravedad. A pesar de la veloz respuesta, no encontraron más que tierra y piedras sueltas. Su instinto de conservación perdió, la gravedad venció e Irma cayó. Su corazón comenzó a cabalgar como lo hacía el corcel que en ese mismo instante montaba Luís. Oyó un sonido estridente. Eran sus propios gritos. Los hermosos árboles que flanqueaban el río se acercaban a gran velocidad hacia ella. Comprendiendo que no había salvación posible, deseó que lo hicieran más rápidamente todavía para acabar con el sufrimiento y el terror. Apenas formulado el deseo, sintió un golpe en la parte de delantera de su cuerpo que cortó en seco su grito.

El impacto la dejó sin respiración durante unos segundos. Cuando la garra del dolor aflojó su presa y el aire volvió a penetrar en sus pulmones, se dio cuenta de que seguía desplazándose, pero ¡en horizontal! Se encontró tumbada boca abajo sobre algo suave y mullido en la superficie, duro y fuerte por debajo de esta; pero vivo, muy vivo. Cuando pudo enfocar la vista vio, desde atrás, la cabeza de un ave. Dos enormes alas estaban desplegadas, aunque prácticamente inmóviles, planeando. El águila volvió a graznar, levantando ecos que rebotaron contra la montaña. Ahora sí, las alas comenzaron a moverse arriba y abajo con fuerza. El águila estaba ascendiendo. Sintió que se escurría hacia atrás y se agarró con fuerza a las plumas del ave. Esta no lo notó aparentemente. Una vez remontada la montaña, Irma tuvo el tiempo justo de ver el lugar desde el que acababa de caer. El águila, con un movimiento brusco, giró ciento ochenta grados y descendió casi en vertical. La muchacha sintió cómo el estómago le subía a la garganta. Pensó que, de no ser por el tiempo transcurrido desde su última comida, el plumaje del ave habría quedado perdido de vómito. Después de descender unos trescientos metros, el animal volvió a la horizontal y disminuyó la velocidad. Irma, que comenzaba a sentirse segura de nuevo, pudo disfrutar del increíble paisaje. El ave le estaba mostrando la belleza del lugar. Acarició su plumaje y continuó disfrutando del viento en su rostro, del brillo del río y del mar en la distancia, de la variedad de tonalidades de la vegetación, empapándose de todo ello, sabiendo que la experiencia sería efímera.

Hamdi se sintió atemorizado al ver cómo sus amigos se alejaban, succionados por la oscuridad pero, al igual que Irma, se tranquilizó pensando que aquello no era real. Súbitamente, se encontró en plena sabana africana. Se vio obligado a cerrar los ojos acostumbrados a la oscuridad del lugar del que provenía. Poco a poco, pudo abrirlos y observar su entorno. Se vio asaltado por sentimientos contrapuestos. Se emocionó por volver a sus orígenes. Después observó sus piernas humanas, sabiendo que solo eran una ilusión y notó cómo la tristeza contraía su pecho. Las golpeó con los puños cerrados, enseñando los dientes como una fiera. Curiosamente, sintió dolor. «¡Esta fantasía es cruel, chamán!», gritó con los ojos cerrados, como si así fuera a conseguir que lo oyera el aludido. Cuando abrió los ojos de nuevo, aún frotándose las piernas para aliviar el dolor que él mismo se había provocado, se encontró cara a cara con un gran antílope, que lo miraba fijamente. Se trataba de un ejemplar enorme, tenía aspecto de pesar por lo menos trescientos kilos. A Hamdi le pareció muy curioso su colorido. El cuerpo era marrón claro, excepto las patas, que eran mitad negras y mitad blancas. Su rostro presentaba una curiosa combinación de estos dos colores, pero las tonalidades eran más intensas, dándose así un mayor contraste y causando la impresión de que alguien lo hubiera maquillado con pinturas tribales antes de una batalla o de una importante ceremonia. Si fuera así, se trataría de un gran maquillador, pues las líneas fronterizas entre los dos colores eran casi perfectas, como si estuvieran trazadas con regla. Las zonas blancas y negras, eran idénticas a un lado y al otro, consiguiendo una simetría igualmente perfecta. Tenía unos cuernos impresionantes, ligeramente curvados, de casi un metro de largo. Aquellos puntiagudos sables parecían capaces de atravesar a dos hombres juntos, como un sandwich, si fueran lo suficientemente imbéciles como para no huir. Y así se sintió Hamdi, imbécil por estar allí, quieto, mirando fijamente los ojos del animal, pero no se movió. Se quedó allí, desafiándolo con la mirada. El animal comenzó a rascar la tierra como lo haría un toro antes de embestir, levantando una buena polvareda. Después corrió hacia Hamdi. Este siguió sin moverse. En el último momento, el antílope viró ligeramente, lo suficiente para no atropellar al chico. Hamdi soltó el aire retenido inconscientemente en sus pulmones y se volvió para enfrentar de nuevo al animal, que inició una nueva embestida, volviendo a evitar el choque en el último momento. El ritual se repitió un par de veces más. Cuando Hamdi se preguntaba cuándo cesaría el desafío o prueba al que lo estaba sometiendo, el antílope se le acercó tranquilamente hasta colocarse a su lado. Después arrancó de nuevo bruscamente y se detuvo, mirándolo descaradamente. Volvió sobre sus pasos y repitió la acción. Hamdi comenzó a entender.

—¿Quieres que corra contigo?
El animal pateó la tierra a modo de respuesta. Hamdi intuyó que aquello era un «sí».
—Pero yo soy muy lento comparado contigo. Te vas a aburrir.
El antílope alzó las patas delanteras, impulsándose con las traseras, dando una especie de saltito que hizo sonreír a Hamdi.
—¿No te importa? ¿Es eso lo que me quieres decir?
El animal siguió mirándolo, impaciente.
—Está bien —aceptó Hamdi—. Tú ganas, pero ya te he dicho que yo no puedo correr tanto como tú.
El chico colocó su pie derecho delante, el cuerpo ligeramente inclinado, con la vista al frente, como un atleta esperando el pistoletazo de salida de la final olímpica de los cuatrocientos metros vallas.
El animal pateó el suelo de nuevo, excitado ante la carrera.
—¿Quién da la salida? —preguntó al animal, sonriéndole como si este pudiera entender la broma.

Entonces Hamdi salió corriendo, esperando sorprender a su rival, como si tuviera alguna oportunidad. El animal arrancó a su vez, pero para sorpresa del chico, se puso a su altura sin sobrepasarlo. Hamdi lo miró atónito. En ese instante, notó una fuerza extraña que llegaba a sus piernas, como si le hubieran inyectado dos litros de adrenalina pura, pero sin jeringuilla y sin dolor. Aumentó la velocidad, siempre con el antílope a su lado. Después de unos segundos así, comprendió que el animal no se estaba adaptando a su velocidad, sino que ambos eran igual de veloces. ¡Estaba corriendo a la velocidad de un antílope! Las piedras y la escasa vegetación retrocedían, desde su punto de vista, como proyectadas hacia atrás por la brutal patada de un dios colérico. Ham reía y gritaba eufórico, sin saber que compartía sensaciones y estado de ánimo con su amigo Luís en aquel preciso instante.
El jaguar saltó sobre Alberto con la boca abierta en una sonrisa aniquiladora, las afiladas uñas retráctiles asomando varios centímetros por fuera de las suaves pero mortíferas zarpas. Mientras el animal preparaba su salto, Alberto se concentró para intentar golpearlo en el pecho, buscando el corazón. Sabía que algunos maestros de Karate habían llegado a matar de un solo golpe a animales muy poderosos. Posiblemente fueran leyendas y, en todo caso, él tenía entre poco y nada de maestro, pero era su única oportunidad. Recordó las palabras que el Sensei les repetía hasta la saciedad: No golpees con el puño, golpea con la mente. Sintió que una energía extraña, que no provenía de sus músculos, sino de su vientre, lo recorría hasta llegar a su puño, dotándole de una fuerza y velocidad comparables a las del jaguar. Su puño y las garras del jaguar llegaron simultáneamente a sus respectivos objetivos. Y algo ocurrió… algo increíble. El puño de Alberto, en lugar de impactar en el pecho de su contrincante, penetró en él, como si careciera de consistencia. Al mismo tiempo, sintió como las zarpas del jaguar penetraban en su interior sin herirlo. Alberto y el jaguar formaron un solo ser.
Sintió cómo sus sentidos se agudizaban. Percibió olores que jamás había olido antes, oyó sonidos que sus oídos eran incapaces de captar unos segundos antes y vio el entorno con un matiz diferente, con más nitidez y más color. Comenzó a correr y vio que sus manos ya no eran tales, sino las zarpas del felino. Corría, saltaba y trepaba por los árboles. Intentó gritar para expresar su entusiasmo, como todos sus amigos, pero él no pudo, porque ya no era humano. Un rugido de triunfo provocó una desbandada de pájaros.
Cuando Luís cabalgaba a lomos del corcel, Irma surcaba el cielo con el águila, Hamdi corría junto al antílope y Alberto era un jaguar, oyeron una extraña voz, una especie de canto ritual entonado por una voz grave y algo cascada. Cuando el cántico cesó, los cuatro fueron arrancados bruscamente de sus respectivas experiencias, atraídos por una fuerza imposible de contrarrestar. Cuando abrieron los ojos, Hamdi, Irma y Luís apoyaron las manos en la alfombra de vegetación, como si temieran caer de bruces, mientras que Alberto estiró las piernas y las clavó en tierra, intentando frenar la supuesta inercia. Una vez fueron conscientes de la inutilidad de sus movimientos se miraron mutuamente. Sus expresiones oscilaban entre la decepción y el enfado, pues habían sido arrancados de una experiencia que posiblemente fuera la más intensa y hermosa de su vida.
—No os preocupéis. Ellos siguen dentro de vosotros —dijo el chamán, que sabía leer en los rostros de la gente—. Ya tenéis vuestras armas. Podéis partir de nuevo a salvar a vuestra amiga.
—¿Por qué no hizo esto antes de que fuéramos allí? —preguntó Irma, señalando con un movimiento de cabeza en dirección a la enredadera putrefacta. El tono con el que se dirigía al chamán había cambiado. La animadversión que sentía hacia él hasta entonces había desaparecido. Estaba agradecida por el regalo que les había hecho.
—No estabais preparados. Debíais comprobar antes el enorme poder del enemigo al que os enfrentáis y comprender por vosotros mismos que no podíais vencerlo sin ayuda. Teníais demasiada prisa por salvar a vuestra amiga. No me habríais escuchado y si lo hubierais hecho, no me habríais creído. Eso dice mucho de vuestro corazón y de vuestro valor, pero poco de vuestra inteligencia.
En otras circunstancias, los chicos se habrían sentido ofendidos por la falta de tacto del chamán, pero había que reconocer que tenía razón. Además, a esas alturas, después de lo vivido, empezaban a respetar e incluso a apreciar la acusada personalidad del chamán. Estaba claro que los buenos modales no eran su fuerte, pero el agradecimiento de Irma era compartido por todo el grupo. Ese hombre les había hecho un regalo que pasaría a formar parte de sus vidas a partir de ahora y que les daba la oportunidad de salvar a su amiga, o por lo menos de intentarlo con unas mínimas garantías de éxito. Las recientes experiencias les habían entregado un segundo obsequio, aunque todavía no fueran conscientes de ello: un poco más de sabiduría.
El chamán sonrió. Ese hombre parecía leer los pensamientos y probablemente fuera así.
Cada uno de ellos relató al Sensei y al resto del grupo sus respectivas experiencias. Después se sucedieron las preguntas al chamán. Este les trató de transmitir que existen diferentes formas de entrar en contacto con los tótems y solo se descubren en el momento de hacerlo. La de Alberto había sido la más espectacular; se había fundido totalmente con su tótem. Hamdi había adquirido habilidades del suyo. Irma y Luís, simplemente habían subido a los lomos de los suyos, pero eso no significaba que su experiencia hubiera sido menos intensa. Cada uno de ellos había tenido una comunión con su tótem y se había fusionado con él. Las diferentes formas en que los humanos entraban en contacto con sus tótems era algo que escapaba incluso al conocimiento del chamán. La fuerza que mueve el universo era la que dictaba las normas. Cada uno era libre de llamar a esta fuerza de la forma que quisiera: Gaia, Pachamama, Dios, Jehová, Krisna, Primera Causa o cualesquiera otros nombres con los cuales el ser humano la ha bautizado desde el principio de los tiempos.
Una vez agotadas las preguntas al chamán, Hamdi formuló una al Sensei:
—¿Y tú, Sensei? ¿Por qué no fuiste en busca de tu tótem?
—Este es mi tótem —respondió el maestro con cierta amargura, agarrando su katana.
Los cuatro chicos guardaron silencio, comprendiendo que esa no era toda la verdad. El chamán intervino oportunamente, rompiendo el incómodo silencio:
—Será mejor que partáis ya a por vuestra amiga —dicho esto, apartó con suavidad las plantas mágicas para que salieran del círculo.
Al salir, se sobresaltaron al ver un enorme lobo mirándolos fijamente.
—Tranquilos —dijo el chamán—. Es el tótem de vuestra amiga. Aunque ella no estuviera en el círculo, está unida a vosotros y desde su cautivo sueño, también encontró a su tótem. La loba os acompañará.
Irma se acercó con cautela y acarició el sedoso pelaje del impresionante animal, que aceptó mansamente las caricias. Miró los inteligentes ojos del animal y le dijo:
—Samina, ya vamos. Aguanta.
La loba respondió alzando su hocico hacia el cielo y emitiendo un profundo aullido. El sonido penetró en los cuatro chicos. La metamorfosis comenzó. Alberto, que continuaba obnubilado con Irma y le dirigía continuas miradas furtivas cuando creía que ella no se daba cuenta, vio cómo su cicatriz resplandecía. Después lo hicieron sus ojos, adquiriendo un matiz fosforescente. Ella le dedicó una mirada de complicidad, corroborando lo que Alberto temía: era totalmente consciente de sus miradas. Al segundo siguiente, Irma ya no era Irma, sino un águila gigantesca. Extendió sus alas y las sacudió ligeramente. Alberto estaba convencido de que era un gesto de presunción, estaba exhibiéndose. Intentó sonreír, pero ya no pudo. Su propio cuerpo se había transformado. Volvía a ser un jaguar. Se sintió henchido de una emoción indescriptible, lleno de energía y de fuerza. Expresó su felicidad emitiendo un rugido, que seguramente, en su forma humana, lo habría aterrado. Tenía consciencia de sí mismo, recordaba perfectamente su origen humano, pero sabía que ya no lo era enteramente. Entendía todo esto, pero sus procesos mentales eran diferentes a los del cerebro de homo sapiens; la racionalidad humana había pasado a un segundo plano, relegada por el instinto, que era ahora el dueño y señor. El chico que dudaba de todo, que no creía en nada que no pudiera ver o tocar, había quedado muy atrás. De bebé lo habían bautizado en la fe cristiana, pero ahora había sido bautizado de nuevo porque había nacido una nueva naturaleza en él.
A su derecha, resonó un fuerte relincho en respuesta a su rugido. El corcel se impulsaba sobre sus patas traseras, elevándose a una altura que le pareció titánica. El marrón oscuro de su brillante piel se mezclaba con el rojo reinante del páramo, dando lugar a una tonalidad sanguinolenta que le confería una temible y agresiva belleza. El jaguar no sintió temor alguno, sabía que era su amigo. Al lado del caballo vio al antílope, de menor alzada que aquel, pero igualmente imponente. Daba pataditas en la tierra, tal y como había descrito Hamdi. Al mismo tiempo, movía repetitivamente su cabeza arriba y abajo, agitando su máscara blanquinegra como si intentara ensartar con sus cuernos a algún enemigo invisible. Dos hombres de ojos rasgados observaban la escena: uno de ellos, más alto, delgado y con el pelo largo, con expresión impasible. La expresión del otro, más bajo y fornido, era de absoluto asombro. Este último, sin mediar palabra, se acercó al caballo y, después de darle un par de palmadas en el cuello, se encaramó a su lomo de un salto. El caballo arrancó a cabalgar. El antílope lo hizo a su lado. El águila emprendió el vuelo, custodiándolos desde las alturas. El jaguar salió corriendo tras ellos. No estaba hecho para las carreras. En su elemento predominaban las distancias cortas, pero si se lo proponía, también podía ser veloz. No iba a dejar que le sacaran mucha distancia. La loba se colocó a su lado. Felino y cánido siguieron a sus veloces compañeros hombro con hombro.

Volver a cabalgar despertaba en Shitoru sentimientos encontrados: se sentía libre y fuerte, pero los recuerdos amargos volvían a él, despertando remordimientos y rabia. Intentó desterrarlos de su mente. En aquel momento resultaban inoportunos y molestos para su objetivo. Además, arriesgar su vida por Samina era una buena forma de purgar sus pecados. No le asustaba morir y lo haría sin dudar si fuera necesario, con tal de salvar a aquella muchacha valiente y leal. La velocidad vertiginosa de los tótems de sus alumnos lo lanzaba de nuevo a la batalla. Pero esta vez no servía a un señor sanguinario. Ahora luchaba por un fin noble, como él mismo había intentado transmitir a sus alumnos. Este pensamiento alivió su espíritu y lo llenó de energía y valor. Si había llegado su final, no le importaba. Con su última acción limpiaría su pasado de cobardía y deshonor. Los ríos verdosos fluían ya alrededor de la variopinta manada y se ensanchaban rápidamente. La ignominiosa montaña de materia fétida aumentaba de tamaño a cada segundo. Lo poseyó su espíritu guerrero, dormido durante décadas. Lo hizo sonreír con fiereza y desenvainar su katana. El águila soltó un graznido que lo llenó todo. Resonó por aquel páramo de muerte y demencia como una amenaza de destrucción. El grito de guerra puso en alerta a los oscuros seres que trasladaban sus patéticas existencias de un extremo al otro de la enredadera putrefacta. El ente que habitaba en ella emitió un grito imposible, que sonó más en la mente de Shitoru que en sus oídos, posiblemente incapaces de procesar un sonido tan demencial. Ningún berrido, rugido, valido o graznido del mundo animal se asemejaba a aquello.
Tan solo faltaban unas decenas de metros, pero el caballo y el antílope no parecían dispuestos a aminorar su velocidad. No habían trazado plan alguno antes de la metamorfosis, pues era innecesario. Estaban conectados a través de Luís. Cada uno sabía lo que debía hacer. Irma y Alberto, o mejor dicho, el águila y el jaguar debían colaborar para arrancar a Samina del cautiverio de la enredadera. Los demás lucharían en tierra, eliminando el mayor número posible de las criaturas negruzcas y distrayendo a la malévola inteligencia del engendro.

Faltaban unos pocos metros. ¡Iban a chocar! Pero el caballo frenó bruscamente. El Sensei-ronin hubo de agarrase con todas sus fuerzas al animal para no verse proyectado contra la asquerosa masa viscosa. Sin embargo, el antílope no frenó, incrustando su cornamenta y toda su cabeza en la gelatina verde. Un nuevo sonido demencial, esta vez de dolor, llenó toda la planicie. El antílope extrajo la cabeza y la cornamenta utilizando toda la fuerza de su musculoso cuello. Arrastró gran cantidad de materia consigo, provocando un boquete de considerables dimensiones. De la herida comenzó a manar la sanguinolenta savia verdosa. Por su parte, el caballo comenzó a golpear con sus patas delanteras, atacando junto a su compañero la base del monstruo. Shitoru se deslizó habilidosamente por el lomo del caballo, aterrizando en tierra a tiempo de dar la bienvenida a un grupo de cucarachas humanas que se disponían a atacar a los dos animales. Al cabo de unos segundos, los bichos yacían en la rojiza tierra, desmembrados por su katana. Pero nuevas hordas de criaturas negruzcas descendían hacia ellos y otras se acercaban desde tierra. El ronin alzó su sable con ambas manos y las esperó en guardia.

Desde arriba, el águila vio como el ronin, la loba, el caballo y el antílope luchaban contra las criaturas. Estas caían alrededor de Shitoru a cada golpe de su espada; el caballo destrozaba a su vez a otro grupo de criaturas con sus coces y golpes de las patas delanteras, mientras el antílope ensartaba a otras y lanzaba sus cuerpos inertes a varios metros de distancia. La loba eliminaba una a una a las criaturas que la habían rodeado con certeras y mortíferas dentelladas. Pero aquellos seres parecían multiplicarse.
Vio cómo el jaguar trepaba y ascendía hacia Samina, arrancando las cabezas de las criaturas a zarpazos y desmembrándolos con sus fauces o empujándolos al vacío, esquivando los ataques de sus ponzoñosas patas. Llegaba el turno del ave. Ella tenía la mayor ventaja de todos. Tomó distancia y se lanzó en picado contra el engendro. Hundió sus garras en él y estiró, agitando sus alas a plena potencia y provocando que las parodias de lianas que colgaban a su alrededor se agitaran violentamente. Arrancó una cantidad enorme de materia viscosa. Un nuevo grito de dolor se elevó en el paraje, mucho más potente que el anterior. El águila dejó caer el amasijo supurante. Por el aire, los gruesos filamentos se retorcían como lombrices embadurnadas de gelatina en una espeluznante agonía. El ave volvió a centrar su atención en la parte alta del engendro. Tenía localizada a Samina, pero ella sola no podía llevársela, pues podría dañarla con sus garras. Necesitaba la ayuda del jaguar. La muchacha estaba cada vez más hundida en la materia viscosa, que la iba absorbiendo poco a poco. Sus piernas ya no eran visibles y uno de sus brazos estaba enterrado desde el codo. La parte trasera de su cráneo había sido absorbida y solo quedaba en la superficie su pálido rostro. Parecía muerta y envuelta en una sucia mortaja, ¡pero no lo estaba! El águila lo sabía. Aún no. Debían actuar ya. Lanzó un potente graznido al jaguar. Este la miró y rugió. Pese a que sus zarpazos y mordiscos acababan rápidamente con las criaturas, no podía perder tiempo con ellas. Comenzó a esquivarlas, saltando o cambiando de camino, despistándolas para poder llegar antes a Samina. Ya la divisaba, estaba a tan solo unos pocos metros de ella cuando aquella horrenda voz, si es que se puede llamar así, se volvió a elevar en aquel paraje infernal. Un enorme tentáculo salió proyectado hacia el águila a tal velocidad que esta no pudo esquivarlo. El tentáculo, de más de un palmo de grosor, la apresó y la oprimió. La estaba asfixiando y no tardaría en partirle los huesos. El jaguar pareció enloquecer: rugía mostrando sus colmillos, con las orejas totalmente pegadas a su cráneo, lanzando zarpazos al engendro, arrancando pedazos del mismo, provocando aparatosas hemorragias de aquel líquido verde que era el equivalente de la sangre humana. Los ataques lo dañaban, pero no tanto como para que liberara al águila. El ave sufría, se debatía intentando deshacerse de la presa mortal sin éxito. Pudo ver de nuevo los ojos del monstruo mirándola con crueldad y satisfacción. Entonces el jaguar hizo algo extraño. Dio media vuelta y se alejó, desapareciendo en la maraña de lianas pegajosas. «¡Me abandona!», pensó el águila y sus esperanzas se desvanecieron. Empezaba a dejar de resistirse, aceptando la derrota y la muerte cuando oyó el rugido del felino que corría a toda velocidad, arriesgándose a perder el equilibrio y caer desde una altura mortal. El águila se sintió aliviada al comprobar que se había equivocado, pero no entendía lo que se proponía. ¿Había enloquecido? Cuando parecía que se iba a precipitar al vacío, el felino se impulsó con sus patas traseras y saltó hacia ella. La distancia que los separaba era insalvable, pero el jaguar se aferró al brazo que estrangulaba al águila, clavando sus garras en él. Consiguió encaramarse y descargó una lluvia de mordiscos y zarpazos sobre el tentáculo. En unos segundos, se había convertido en un muñón sangrante. Mientras el engendro bramaba de nuevo, lleno de cólera y dolor, el águila, el jaguar y un fragmento de tentáculo cayeron hechos un ovillo. El ave era incapaz de desplegar sus alas de nuevo, entumecidas por la presión a la que habían sido sometidas. El jaguar, presa del pánico, se aferró a ella con sus garras, hiriéndola involuntariamente. Finalmente, cuando quedaban pocos metros para impactar contra la tierra, el águila consiguió aferrarse al cuerpo del engendro con sus garras, deteniendo así la caída. El jaguar aprovechó para apearse. Sin perder tiempo, volvió a escalar para llegar hasta Samina. Esta vez encontró el camino prácticamente libre. La mayoría de bichos que no había eliminado habían caído al vacío debido a las convulsiones provocadas por la lucha entre los dos animales y el engendro. Únicamente le hicieron frente dos de ellos y fueron liquidados con facilidad. Por fin, llegó junto a Samina. Arañó y rascó alrededor de su cuerpo, desenterrándola con cuidado, socavando los ligamentos de podredumbre sin dañar a la chica.
El águila, recuperada la movilidad de sus alas, reemprendió el vuelo para ayudar al felino en el rescate de Samina. Cuando llegó a su altura, este ya había conseguido desenterrar a la muchacha y la zarandeaba con una de sus poderosas zarpas, cuidadosamente, con las uñas retraídas. El cuerpo de Samina estaba manchado de la sustancia verdosa por todas partes, pero libre de su cautiverio. Otro tentáculo salió disparado del engendro, atacando al águila de nuevo. Esta vez, el ave esquivó el ataque cayendo en picado y remontando el vuelo de inmediato. Consiguió atrapar el tentáculo, le clavó las garras y lo picoteó a la vez que tiraba de él hasta arrancarlo del cuerpo central. El tentáculo cayó inerte, aplastando a varios bichos que luchaban en tierra. El águila lanzó un graznido al jaguar y se colocó lo más cerca que pudo de él y de Samina, sin dejar de vigilar al engendro, aunque este parecía ya debilitado. El caballo, la loba, el antílope y el Sensei no habían perdido oportunidad de socavar su base, atacándola cada vez que los bichos les proporcionaban tregua, por corta que fuera.
El jaguar respondió rápidamente a la señal. Cerró sus fauces sobre el cuerpo de Samina, aprovechando un emplasto endurecido donde poder hundir sus colmillos sin herirla. Le pareció asombrosamente ligera. Estaba casi consumida por el engendro. Giró la cabeza y empleó toda la fuerza de los músculos de su cuello y sus patas para lanzar a Samina en dirección al ave. El águila se lanzó en picado y la atrapó, con todo el cuidado que le permitieron sus garras. Se alejó inmediatamente, fuera del alcance de los tentáculos. Giró su cabeza y con su portentosa agudeza visual observó cómo el jaguar descendía de la enredadera a grandes saltos. Por encima de él vio cómo los ojos malévolos del cruel ente la miraban con un odio infinito. Después miró hacia abajo, al punto donde sus compañeros habían acabado con una parte importante de las huestes del enemigo y herido gravemente su base. El odio de aquella mirada le hizo temer por sus compañeros. Lanzó un fuerte graznido convocándolos a todos. Era hora de retirarse. Samina ya estaba a salvo, si es que continuaba viva, claro. Su rostro seguía tan pálido como cuando la vio con los ojos de la mente antes de ser un águila. Parecía no haber vida en ella. Descendió hasta quedar suspendida a unos tres metros de tierra. Recordaba a un helicóptero de rescate manteniéndose casi inmóvil en el aire, gracias a la pericia de su piloto. Shitoru la esperaba con los brazos extendidos. El caballo y el antílope se habían colocado uno a cado lado del ronin para amortiguar una posible caída, mientras la loba y el jaguar vigilaban a los bichos que quedaban; la loba, con el pelo del lomo erizado, arrugando el hocico amenazante. El jaguar, con las patas flexionadas, dispuesto a atacar a la menor amenaza. El ronin atrapó a Samina con facilidad. Lo liviano del cuerpecito lo impresionó y temió por la vida de la muchacha. Se encaramó al caballo y, sin que pronunciara una sola palabra, el corcel comenzó a cabalgar, alzando con sus patas traseras un torrente de sustancia verdosa mezclada con tierra. Shitoru jamás había montado un caballo tan veloz. Ni siquiera su fiel purasangre de samurái podría competir con él. Los bichos no los persiguieron ni se alzó tentáculo alguno contra ellos. Habían causado terribles daños y no tenían interés alguno en retenerlos allí. El número de los insectos humanos que yacían sin vida en el suelo era aplastantemente mayor que el de los que quedaban en pie. En cuanto al titánico engendro, su base estaba repleta de «heridas» por las que manaban ríos de sangre verdosa que acababan confundiéndose con los que llegaban desde la lejanía. Previsiblemente, aquellos seres, mermados en número y fuerzas, consideraban asumible la pérdida de una de sus presas, si eso significaba librarse de aquel grupo destructor.
Durante la frenética carrera, el águila volaba a unos pocos metros por encima de la cabeza de Shitoru y únicamente tomaba altura, de vez en cuando, para cerciorarse de que no eran perseguidos. Al poco de ceder el verde su dominio al rojo del páramo, el ronin divisó la figura serena del chamán, que los esperaba con su cayado cubierto de misteriosos objetos colgantes. Al llegar a su altura, Shitoru descendió de un salto y le entregó a la niña como si se tratara de un precioso tesoro. El anciano la colocó inmediatamente en el círculo de plantas mágicas y comenzó a arrancar la mortaja de sustancia verdosa arrojándola sobre ellas. Cuando la mucosidad entró en contacto con los aromáticos vegetales produjo un siseo, se convirtió en humo y acabó por fundirse con la bruma que cubría el páramo. Mientras, habían ido apareciendo los cuatro chicos, en su forma original, a medio vestir, con lo justo para no mostrar sus vergüenzas. Formaron un círculo alrededor del chamán y del cuerpo inmóvil al que intentaba reanimar echándole encima todo tipo de potingues mientras entonaba extraños cánticos supuestamente curativos. Al cabo de unos minutos, el rostro de Samina adquirió algo de color. El chamán se irguió y se dirigió a los cuatro adolescentes:
—He hecho todo lo que estaba en mi mano, pero mi poder es insuficiente, necesito del vuestro. O más bien, vuestra amiga lo necesita. Yo estaré con vosotros, ayudándoos en lo que pueda.

Dicho esto, miró a Luís:
—Acércate. Coloca tu mano sobre su frente.
Luís se arrodilló al lado de Samina y obedeció.
—Sobre su corazón —indicó el chamán a Irma, que obedeció en silencio.
—Sobre sus brazos —ordenó a Alberto.
Finalmente, posó una mano sobre el hombro de Hamdi y le dijo afectuosamente:
—Poderoso antílope, tú serás sus piernas. Pon tus manos sobre ellas.
Hamdi, emocionado, se colocó a los pies de Samina e hizo lo que el chamán le pedía.
—El antílope devolverá la vida a las piernas de Samina, el jaguar transmitirá fuerza a sus brazos, el águila reanimará su corazón y el corcel despertará su mente. La liberasteis del demonio verde, pero tras él hay algo mucho más poderoso y cruel. Intentará retenerla, no la dejará ir así como así. Agarradla y no la soltéis o la perderemos para siempre. Traedla de vuelta a la vida.
—Ahora cerrad los ojos —continuó después de una pausa—. Concentraos y llamadla.

 

III. Yomi

III. Yomi

Totem

III. Yomi

Miraron hacia el interior de aquel lugar. La inmensidad que se extendía ante ellos los dejó mudos durante unos segundos. Los sucesos y emociones encadenados de los últimos minutos no les habían permitido fijarse en el entorno hasta ese momento. Se trataba de una inmensa llanura casi desprovista de vegetación salvo por una especie de arbustos ennegrecidos y sin vida, como si algo los hubiera devorado desde dentro, dejando únicamente el esqueleto. El paraje era bañado por una luz rojiza de origen desconocido, pues no se veía su fuente, ya fuera esta natural o artificial. Mucho más allá, se vislumbraba una luz más clara y limpia en la cual los chicos querían adivinar un paisaje menos terrorífico e insano. No obstante, era necesario pasar por allí y comenzaron a caminar con cautela, mirando a su alrededor, pendientes de cualquier movimiento o criatura que pudiera resultar hostil.

—¿Cómo encontraremos a Samina? Esto parece no tener fin —dijo Luís.

Al oír la pregunta, el Sensei frunció el ceño y bajó la mirada, sin dejar de caminar. Los chicos lo observaban con curiosidad, pues todavía no se habían acostumbrado a su nueva apariencia, o mejor dicho, a su antigua apariencia.

Luís se disponía a repetir la pregunta, cuando su maestro respondió:

—De momento, lo único que podemos hacer es utilizar el vínculo que nos conecta con ella, sobre todo a ti, Irma. Vosotras dos estáis muy unidas. Concéntrate, intenta sentir cuál es su paradero y no ignores tus intuiciones. Las reglas de nuestro mundo no rigen aquí. Estamos demasiado limitados por lo material y la excesiva racionalidad de nuestro mundo. Hemos dejado abandonada nuestra parte intuitiva y espiritual. Pero aquí, esa parte es muy importante. Solo tenéis que buscarla en vuestro interior. La encontraréis. No está muerta, solo dormida.

—Mientras tanto, debemos seguir caminando. No es seguro quedarse parados.

—Pero, ¿en qué dirección? —inquirió Hamdi.

—¿Sientes algo, Irma? —preguntó a su vez el Sensei.

—No —respondió la muchacha, abrumada por la responsabilidad.

—¿Luís? —El Sensei confiaba en las dotes mentales de Luís, pero este negó silenciosamente.

—No os preocupéis, la encontraremos. Vuestra intuición no tardará en despertar de su letargo.

—Yo creo que deberíamos ir hacia esa luz —dijo Hamdi, señalando el resplandor que habían vislumbrado en su primera exploración visual del lugar—. Parece más luminoso que esto… o menos lúgubre, por lo menos.

El Sensei asintió y el grupo varió la dirección, de acuerdo con la propuesta de Hamdi.

Después de varios minutos de silencio, Irma hizo una pregunta al Sensei.

—¿Sabes qué extensión tiene esto?

—Es imposible saberlo. Y aunque alguien tuviera ese conocimiento, no creo que se pudiera medir en términos físicos. Ni siquiera el tiempo transcurre de la misma forma.

—¿Eso significa que cuando volvamos pueden haber pasado cien años y nuestra familia haber muerto o al contrario, que hayan pasado años para nosotros y para ellos solo un minuto o algo así?

El Sensei levantó las manos, pidiendo calma a Luís. La imaginación del muchacho podía contribuir a que cundiera el pánico. Había que sujetar con firmeza las riendas de ese fogoso corcel antes de que se desbocara.

—No, simplemente quiero decir que hay un desfase de tiempo, tal vez de unas horas, pero no puedo precisar más. Sea como fuere, estamos aquí y no nos vamos a echar atrás, así que concentrémonos en encontrar a Samina. Nos ocuparemos de los problemas según vayan apareciendo, no antes. Pero hay varias cosas que quiero que entendáis: cualquier ser del universo puede acceder a Yomi, siempre que sepa cómo. Hay muchos guías que muestran la entrada, como yo estoy haciendo con vosotros. Eso significa que hay criaturas de todo tipo: algunas tienen buenas intenciones, otras malas y otras… peores. Lo que intento deciros es que nunca se puede saber lo que uno puede encontrar aquí y hay que estar en guardia. No os fiéis de lo que veáis u oigáis, porque gran parte de ello está creado por las mentes de los que permanecen aquí. Podemos encontrar paraísos, infiernos o lugares aparentemente corrientes y vulgares, dependiendo de la mente de la cual surjan.

—Entonces, podríamos crear mundos. ¡Qué pasada! —exclamó Hamdi entusiasmado.

—Sí, si te quedas el suficiente tiempo aquí, lo cual no es muy recomendable. Existe el riesgo de quedarte enganchado, de olvidar que este no es tu sitio y que tienes una vida fuera.

—Y además podríamos viajar en el tiempo. Tú lo hiciste ¿no, Sensei? —preguntó Luís. Hamdi había vuelto a avivar su fuego creativo.

—Bueno, yo no tuve elección. —La conversación estaba tomando unos derroteros que no entusiasmaban lo más mínimo al Sensei. Los chicos se estaban formando una idea equivocada—. Esto no es un parque de atracciones.  Estamos aquí para salvar a Samina, nada más. Jugar con este sitio es como hacerlo con gasolina. Si no vas con mucho cuidado, si utilizas solo un poco más de la cuenta, te explotará en la cara.

Apenas dejó de hablar el Sensei, el crujido de una rama asustó a los chicos. La conversación se había terminado. Una figura se recortaba contra la rojiza luz omnipresente, propia de un apocalipsis post-nuclear.

—Bienvenido de nuevo, samurai. O mejor dicho, ronin.

—Saludos, chamán —respondió el Sensei. Los dos hombres se trataban mutuamente como si se hubieran visto el día anterior. Los chicos se relajaron ligeramente al oír la palabra «chamán».

—Algo muy grave debe haber ocurrido para que vuelvas a este lugar de sufrimiento y confusión, contraviniendo las instrucciones que te di.

—Creo que sabes perfectamente lo que hacemos aquí y que no habría vuelto, y menos todavía arrastrando aquí a los chicos, a menos que ocurriera algo de extrema gravedad.

—Tu misión era protegerlos, no ponerlos en peligro, ronin.

La dura afirmación del chamán golpeó al Sensei como un mazazo. Sus alumnos se miraron entre sí, sin entender. ¿Misión? ¿A qué misión se refería ese hombre?

—Lo sé —respondió dolido el Sensei—. Precisamente estamos aquí para salvar a uno de los miembros del grupo.

—Deberías haber evitado que a ella le pasara algo —insistió el chamán.

—Para ello deberías haberme dotado del don de la videncia, porque no puedo ver el futuro ni estar en dos lugares a la vez.

—¡Deje de culpar al Sensei! —gritó Irma. Y deje de hablar de nosotros como si no estuviéramos presentes. Él no pudo hacer nada porque no sabía nada. Yo se lo oculté. ¡Yo tuve la culpa!

Irma calló sin dejar de mirar furiosamente al chamán, con el pecho hinchándose y deshinchándose rápidamente. Los demás también lo miraban con expresión hostil.

—Vaya, Sensei —dijo el chamán, después de un tenso silencio—. Parece ser que tus alumnos te profesan una gran devoción.

—Mucho mayor de la que merezco —respondió el aludido.

—Algo debes haber hecho bien cuando te defienden con tal lealtad. Aunque la vehemente jovencita es la que ha alzado su voz, no hay que ser muy sagaz para darse cuenta de que los demás están de acuerdo con ella. Así pues, me disculpo por haberme precipitado en juzgarte, ronin. Y no solo ante ti, sino también ante tus alumnos. —Miró al grupo de adolescentes, a los que había ignorado hasta el momento—. Y especialmente ante ti, señorita cascarrabias. —Seguidamente dibujó una leve sonrisa para suavizar el calificativo, e hizo una teatral reverencia para enfatizar su disculpa—. ¡Ah! Una cosa más: tú tampoco tuviste la culpa de lo que le pasó a tu amiga.

La afirmación desconcertó a Irma. A pesar de ello, continuó contradiciendo al chamán.

—Usted no estaba allí, no puede saber lo que pasó.

—Estoy de acuerdo en lo primera afirmación, no así en la segunda. Ronin —continuó sin dar a Irma la oportunidad de responder—, seguid la podredumbre. Os conducirá hasta la chica.

Sin previo aviso ni despedida alguna, el chamán se dio la vuelta y echó a caminar, internándose en una neblina más espesa todavía que la que reinaba en el resto de aquel lugar sin vida. Irma echó a correr tras él.

—Espere, por favor. Díganos algo más.

Pero el hombre había desaparecido. Irma miró en todas direcciones, intentando localizarlo. Fue inútil.

—Irma, no te esfuerces —advirtió el Sensei con calma—. No volverá por mucho que lo llames. Debemos hacer lo que nos ha indicado. Estad atentos a cualquier cosa que pueda parecerse a la podredumbre a la que se refería el chamán.

Irma no parecía muy convencida, pero se rindió, y volvió a unirse al grupo en silencio. Después de unos minutos, su inquieta mente volvió a agitarse.

—Sensei, el chamán hablaba de nosotros como si nos conociera y parecía saber lo que le pasó a Samina. ¿Cómo es posible?

—Yo no sé mucho más que vosotros. El chamán siempre habla de forma enigmática y nunca satisface completamente la curiosidad o las inquietudes de quien lo interroga. Jamás responderá una pregunta si no es su intención hacerlo. Pero puede que sea mejor así. Algunas cosas es mejor descubrirlas por uno mismo. Puede dar la impresión de insensible, pero no lo es. Sé que es difícil de creer, pero yo lo conozco bien. Te dice siempre lo que necesitas saber, ni una palabra más.  

—Entonces, ¿no sabes a qué se refería con lo de «tu misión».

—Me encargó la misión de ayudar a todo el que pudiera, pero también me dijo que debía esperar algo especial, como os conté. Ya no sé más. Tal vez mi verdadera misión seáis vosotros.

—¿Y qué tenemos de especial nosotros? Somos un grupo de pringaos.

El Sensei sonrió y miró a Irma con sus ojos rasgados.

—Mucho, Irma, tenéis mucho de especial. Y ahora, concentrémonos en buscar pistas. El resto lo iremos descubriendo poco a poco.

Después de caminar un buen rato sin rumbo fijo, Alberto exclamó:

—¡Deeajh! ¡Qué asco! Parece un moco. Yo diría que el tío de la melena podría referirse a esto cuando dijo lo de la podredumbre.

Los demás se acercaron a Alberto y vieron algo parecido a una salpicadura en la cual se entremezclaban varias tonalidades, dominando un sucio verde con una fosforescencia interna que la hacía brillar levemente en la penumbra. La textura era densa y pegajosa y desprendía un olor nauseabundo. Alberto tenía razón, aquello era muy parecido a un moco.

—El dueño de esto debe tener un buen resfriado. Debería ir al médico porque está podrido por dentro —diagnosticó Alberto.

—¡Ah! Cállate ya, me están dando náuseas, tío —se quejó Luís con una mueca de asco.

Alberto sonrió como si acabaran de hacerle un cumplido.

—¡Mirad, allí hay otro salivazo! —dijo Hamdi.

Hamdi tenía razón. Un nuevo salivazo infecto, pues eso parecía, se destacaba en la uniforme penumbra rojiza. Un poco más adelante divisaron otro… y otro más allá. No era difícil localizarlos debido a su matiz fosforescente. A medida que avanzaban siguiendo el asqueroso rastro, la distancia entre una salpicadura de inmundicia y otra se reducía, hasta que se formó un hilo continuo que un poco más allá adquirió la anchura de un pequeño riachuelo. Al alzar la vista quedaron impresionados al divisar cientos de riachuelos verdosos que corrían casi en paralelo al que estaban siguiendo, todavía a cierta distancia. Sin embargo, en la lejanía, vieron cómo iban aproximándose y ensanchando su caudal poco a poco hasta confluir en un punto. Se miraron tan asqueados por el repugnante espectáculo como animados por estar acercándose a Samina. Si el chamán estaba en lo cierto, claro.

—¿Cómo es posible que no los hayamos visto antes? Vienen de todas direcciones —observó Luís.

—No sé. Aquí es todo muy raro —respondió Alberto.

—La lógica de nuestro mundo no sirve en este lugar. Tenéis que deshaceros de ella mientras permanezcamos en su interior—dijo el Sensei con gesto sombrío.

De tácito acuerdo, aceleraron el paso hasta que se descubrieron corriendo junto a las corrientes de mocos. Algo comenzaba a divisarse en la lejanía. Algo inmenso. Parecía una montaña de la misma tonalidad que los ríos. La luz rojiza había quedado atrás. La había sustituido otra de un blanquecino insano que parecía brotar de algún punto cercano al monte al que parecían dirigirse los riachuelos, que iban aumentando su caudal y convirtiéndose en verdaderos ríos a medida que se alimentaban de cientos de afluentes que llegaban de quién sabe dónde. Consecuentemente, la franja de tierra sobre la que avanzaban se estrechaba al mismo ritmo. Comenzaron a distinguir grupos de árboles enfermizos y encorvados que precedían al montículo como siervos que se postran ante su señor con profundas reverencias.

Siguieron aproximándose hasta llegar a la primera hilera de árboles. Avanzaron entre la vegetación que había entre ellos, agachados, intuyendo la cercanía del peligro. El Sensei les ordenó que se detuvieran y se escondieran. Todos lo agradecieron. La carrera en pos de los ríos de flemas les había pasado factura. Estaban agotados y jadeantes.

—A nadie se le habrá ocurrido traer agua, ¿no? —preguntó Hamdi cuando consiguió recuperar el aliento.

El Sensei cerró los ojos. No entendía cómo no se le había ocurrido.

—Puedes dar un traguito de uno de los riachuelos, si quieres —respondió Alberto.

—JA, JA, JA ­—rió Ham sin pizca de humor. Graciosillo que es el chaval.

—¡Chisst! Haced el favor de hablar más bajo. Ha sido un fallo garrafal no traer agua, pero ahora ya no podemos hacer nada. Veamos qué hay ahí.

El Sensei apartó los matojos que dificultaban su visión. Los chicos lo imitaron.

Ante ellos se erguía una abominación difícil de describir: una especie de árbol inmenso y deforme se alzaba hacia el cielo, si es que por encima de la brumosa cúpula que los cubría había cielo. La palabra « árbol » acudía a la mente porque nacía del suelo y presentaba una infinidad de ramificaciones de naturaleza vegetal. La similitud acababa aquí, ya que aquel engendro no compartía ninguna característica más con un árbol o cualquier otro vegetal existente en la naturaleza. Su color era insano y cambiante, sin orden alguno. Pasaba del verde al negro y de este al rojo, morado, marrón, etcétera. Aunque el primero era el dominante, tanto en intensidad como en frecuencia. Su textura era pegajosa. Imaginar su tacto provocaba irremediablemente un escalofrío que recorría la espina dorsal. Parecía nutrirse de los ríos verdosos que habían guiado al grupo hasta allí, haciendo las veces de kilométricas raíces. A lo largo de sus infectas ramificaciones, aparecían cientos de manchitas pálidas que, volviendo a la ofensiva comparación con un árbol, podrían equivaler a hojas de aspecto muerto que, en lugar de pender de él, estuvieran adheridas a la densa y pegajosa sustancia.

Hamdi hizo una mueca de asco. Pensó que, de entrar en contacto con ella, le transmitiría alguna infección horrible. Del grupo, él era el que más árboles y de diferentes tipos había visto de niño. Aquello no se parecía a ninguno de ellos. Parecía fruto de una mente perturbada, una parodia cruel e irreverente del árbol junto al que aparecieron los Kodamas cuando aquel cazador atrapó a Samina. Al volverse hacia sus amigos, dedujo que sus pensamientos debían ser similares a los suyos, a juzgar por las muecas de asco que arrugaban sus rostros.

—Deberíamos acercarnos un poco más —dijo el Sensei, sin apartar la vista del engendro. Aunque no parecía muy ilusionado con su propia idea.

Nadie respondió. Era evidente que aproximarse a ese monstruo babeante no era lo que más les entusiasmara del mundo, pero sabían que era necesario por Samina. Así que, obligando a sus cuerpos a obedecer la orden de su cerebro, siguieron al Sensei, imitando inconscientemente sus movimientos, como una manada de predadores acechando a su presa.
De esta forma, mimetizándose con los árboles y arbustos que rodeaban al monstruo, avanzaron una buena distancia. Desde allí, llevaron a cabo dos descubrimientos, a cual más horroroso: lo que en un principio habían identificado como hojas muertas, eran cuerpos de personas atrapadas, pegadas a aquella especie de asqueroso pegamento que parecía formar parte del engendro (más tarde se asombraron al descubrir que todos habían coincidido en llamarlo así), con partes de su cuerpo semienterradas en aquella argamasa, presas en ella como en una telaraña de proporciones inmensas. Por otra parte, unas criaturas de aspecto humanoide pululaban por las ramas, pisoteando sin miramientos los cuerpos que yacían allí. Eran de un color oscuro, sin llegar a ser negro, de un tono indefinido, como esas camisetas de mala calidad que después de muchos lavados no se sabe de qué color son. Poseían cuatro extremidades demasiado largas para ser humanas y parecían una mezcla entre una cucaracha y una persona, predominando uno otro aspecto dependiendo de la posición en la que se encontraran y el ángulo desde el cual se las observara. Vigilaban a las víctimas del engendro con gran eficiencia. Daban unos cuantos pasos y se detenían, girando sus cuellos a derecha e izquierda, como si temieran que alguien les fuera a arrebatar a sus presas. También pudieron comprobar que más que a un árbol, el engendro gigante se asemejaba a una enredadera, pues aunque sus ramificaciones más gruesas se separaban y sobresalían en el aire, pudiendo confundirse con ramas desde cierta distancia, carecía de una estructura propia. Parecía sustentarse en algo enorme, tal vez un monte o peñón oculto tras ella, al que parasitaba, utilizándolo de soporte para crecer y realizar la función antinatural y desconocida que tuviera. Asimismo, desde allí, siempre ocultos y en silencio, pudieron distinguir cómo las ramificaciones se dilataban y se contraían espasmódica, pero rítmicamente. El fenómeno recordaba a una pulsación: aquella materia indefinible llevaba a cabo una cruel parodia de un organismo vivo dotado de venas que se hinchaban y deshinchaban al ritmo del latido de un corrupto y oculto corazón que bombeaba la asquerosa sustancia proporcionada por los ríos que habían conducido al grupo hasta allí. Visto desde aquella distancia, también recordaba a una suerte de pulpo terrestre con miles de gruesos tentáculos que estuviera pudriéndose en vida.

Ninguno de ellos quería aceptar que Samina estuviera allí y fuera una de esas manchas claras que eran vigiladas y cruelmente pisoteadas por aquellas criaturas negruzcas y espeluznantes. Pero todos tenían la certeza de que así era.
—Tenemos que llegar. Samina está allí —afirmó con seguridad el Sensei.
—No lo podemos saber con seguridad —objetó Hamdi.
—El chamán nos guió hasta aquí. Además, lo intuyo. ¿Vosotros no?
Todos asintieron, excepto Hamdi. Este, finalmente cedió y también lo hizo. Samina estaba allí arriba, presa. No entendía cómo, pero lo sabía.
—Pero, ¿cómo la vamos a encontrar? Esto es enorme y allí hay cientos de… presas.
La palabra desagradó a todos, pero hubieron de reconocer que Hamdi había dado en el clavo.
—Irma ¿sientes algo? —preguntó el Sensei—. ¿Podrías encontrar a Samina?
La angustia atenazó a Irma visiblemente. Empalideció. La duda, el miedo y la falta de confianza no la permitían concentrarse.
—Yo te ayudaré.
La voz de Luís sonó serena, o al menos relativamente serena teniendo en cuenta la situación en la que se encontraban.
—Dame las manos y concéntrate. Respira hondo.
Irma tendió las manos a Luís, tal y como este le había indicado. Alberto sintió una punzada de celos por un momento, pero al poco desechó aquellos pensamientos absurdos.

—Cierra los ojos y piensa en Samina —continuó Luís—, en su rostro, en su voz, en lo que sientes por ella, en los buenos momentos que habéis compartido.
Irma así lo hizo. Pensó en la risa contagiosa de Samina, en el abrazo que le dio tras enfrentarse en combate por su permanencia en el dojo y otros momentos agradables compartidos con ella. La voz tranquila de Luís la ayudó a relajarse y a aislarse del entorno. Súbitamente sintió cómo algo pasaba de las manos de Luís a las suyas. Era una suerte de corriente eléctrica que no dolía; muy al contrario, provocaba una sensación reconfortante en su cuerpo y en su espíritu. Ascendió por sus brazos hasta sus hombros. De allí pasó a su cuello y finalmente llegó a su cerebro. Inmediatamente sintió cómo su consciencia era proyectada hacia el engendro y ascendía por él a gran velocidad. No esperaba este brusco viaje y reaccionó tambaleándose e intentando soltarse de Luís. Este no lo permitió. Siguió sujetándola con fuerza. Alberto, que se encontraba junto a Irma, colocó sus brazos detrás de su espalda, para agarrarla en caso de que perdiera el equilibrio. Irma se acostumbró pronto a la sensación de velocidad y ascensión. Incluso la vieron sonreír levemente, como si estuviera disfrutando del viaje. Irma escrutaba con la mente mientras recorría el cuerpo central y las ramas, buscando a Samina. Miraba rostro por rostro buscando el de su amiga. La sonrisa se borró, el espectáculo era impresionante. Había rostros de niñas y niños, hombres y mujeres. Parecían dormidos, pero contraían el rostro como si estuvieran sufriendo, pálidos, casi amoratados, sus cuerpos inmovilizados, cubiertos de una especie de sustancia blanca menos pegajosa como la del resto del engendro. Parecía pintura blanca o cal. La expresión de Irma fue adquiriendo tristeza a medida que recorría con los ojos de la mente aquellos rostros y sentía su sufrimiento, pero tenía que resistir hasta encontrar a Samina. Aumentó la velocidad. Su voluntad comenzó a guiar a su mente. Luís lo sintió y cedió el control a Irma. Acabó «soltándola» y se detuvo, dejándola seguir sola. Irma notó cómo dejaba en libertad su mente y se lo agradeció. Aumentó todavía más la velocidad, apiadándose de aquellas almas pero sin permitir que el pesar la detuviera. Miró un rostro más. Iba a pasar al siguiente cuando reconoció el de Samina. Frenó y posó su espíritu sobre el cuerpo maniatado de su amiga, suavemente. Observó su palidez casi mortal y sus extremidades maniatadas, hundidas en la materia gelatinosa del engendro, casi formando parte de él. Irma sintió cómo el ente se estaba alimentando de ella, arrebatándole la vida poco a poco. El horror, la tristeza y la furia la dominaron. Gritó: «¡Saminaaa!»

Aunque había abierto los ojos, Irma todavía estaba allí arriba. Una mano le tapó la boca, evitando que el grito se prolongara indefinidamente. Entonces sintió algo que no olvidaría jamás. El engendro despertó y abrió sus ojos. Aunque no podía verlos, Irma sabía que la estaban observando, coléricos. Después se vio arrastrada a velocidad vertiginosa hacia abajo. Era Luís que había vuelto a por ella y la llevaba de vuelta. Irma intentaba resistirse, se negaba a abandonar a Samina, pero no podía oponerse a la fuerza que la succionaba. Al cabo de unos segundos, notó un golpe. Volvía a estar dentro de su cuerpo e inmediatamente sintió un fuerte dolor en su tobillo y pantorrilla izquierdos. Bajó la vista y vio que una veta de uno de los riachuelos verdosos se había separado del cuerpo central y había atenazado su pierna como si fuera un tentáculo. Se oyó un ruido suave, una especie de silbido y notó cómo la presión desaparecía instantáneamente. El tentáculo cayó en tierra, separado del cuerpo central por un corte limpio. Junto a él se alzaba el Sensei empuñando su katana con las dos manos, las rodillas flexionadas y los músculos de sus antebrazos todavía tensos. El filo del sable estaba teñido del ya conocido color verdoso. Los tres chicos e Irma miraron a su maestro con asombro y admiración. Era como estar dentro de una de esas pelis en las que los samuráis y los ninjas luchaban a muerte. Allí no había ninjas, pero Irma habría preferido mil veces enfrentarse a ellos que a lo que estaba a punto de llegar. Unos extraños chirridos los sacaron de su ensoñación. Procedían de aquellos híbridos entre bicho y humano, que estaban descendiendo a gran velocidad de la babosidad (aún en semejante situación, Irma se dio cuenta de que acababa de inventar un vocablo, pero le parecía que definía perfectamente el aspecto de ese ente repugnante) que acababa de visitar. Se trataba de una voz de alarma, o quizás un grito de guerra. Qué más daba. En aquel instante, el aspecto de cucaracha dominaba sobre el humano, pues sus patas-extremidades se movían a gran velocidad, difícilmente alcanzable por una persona normal. Estaba claro que habían detectado su presencia y los obscenos ojos que había vislumbrado habían dado la orden de atacar.
—¡Corred! —gritó el Sensei-ronin.
—¡No podemos dejar a Samina! —gritó Irma para imponer su voz al chirrido cada vez más próximo.
—¡Volveremos por ella, pero ahora tenemos que salir de aquí! —agarró a Irma de un brazo y tiró de ella, aunque ya no hiciera falta, pues la proximidad del repugnante ejército la había ayudado a reconsiderar su actitud. Cientos de seres negruzcos descendían en su busca. Estaba claro que no podían con ellos. El Sensei era el único que iba armado y podría acabar con muchos de ellos, pero ¿qué podrían hacer ella y sus amigos? ¿Exterminar aquella plaga inmunda a base de golpes de Karate? No hizo falta que el Sensei insistiera. Pocos segundos después de su orden, todo el grupo corría a la máxima velocidad que le permitían sus piernas.
Irma se volvió e inmediatamente se arrepintió de ello. Vio cómo las cucarachas humanas los seguían de cerca, los rostros cuasi humanos, fieros e inexpresivos a la vez. Parecía una contradicción, pero así era. Eran bestias descerebradas programadas para aniquilar. Pero eso no era todo. Los ríos de sustancia verdosa se estaban alzando y les atacaban como cobras lanzando bocados caóticos. Los cinco esquivaban aquellos ataques e incluso se empujaban mutuamente o tiraban de un compañero cuando veían que este iba a ser alcanzado. El Sensei cortaba de un solo tajo todos los tentáculos que podía a izquierda y derecha. Cuando el agotamiento comenzaba a hacer mella en ellos, las cucarachas humanas frenaron en seco, como si temieran golpearse contra una pared invisible. Siguieron mirándolos amenazantes durante unos segundos, igual que perros de presa defendiendo su territorio. Después de unos instantes, volvieron grupas y se encaminaron hacia su asquerosa madriguera. Los regueros verdosos, que ya se habían estrechado considerablemente, volvieron a sus cauces como si nada hubiera pasado. Daba la impresión de que alguien hubiera puesto en OFF, a control remoto, a todas aquellas criaturas demenciales dotadas de una vida maquinal y carente de voluntad propia. Los salivazos (utilizando el nombre con el que los había bautizado Hamdi) y los insectos humanos parecían actuar al unísono y perfectamente sincronizados, como movidos por la misma fuerza, o tal vez fuera más correcto decir dominados.
El grupo puso distancia de por medio. Lo suficiente como para que los salivazos volvieran a convertirse en líneas esporádicas e insignificantes.

—Eso fue una pasada —dijo Irma mirando a Luís con admiración. El muchacho sonrió tímidamente.

Irma relató al resto del grupo lo que había experimentado durante el «viaje» al que la había lanzado Luís, sin olvidar el más mínimo detalle: el sufrimiento de las almas atrapadas, los horribles ojos, el estado en el que se encontraba Samina…

—Tenemos que volver, Sensei. Lo prometiste.

—Por supuesto. No creas que os he metido aquí y os he contado mi secreto para ahora echarme atrás y abandonar a Samina, pero hay que pensar cómo podemos vencer a esos seres. Vamos a tener que echar mano de toda nuestra inteligencia y astucia para ello. Creo que estaréis de acuerdo conmigo.

Todos asintieron.

—Si pudiéramos conseguir armas o algo así… —dijo Hamdi—. No podemos vencerlos desarmados.

—Dime dónde —dijo Irma bruscamente.

Hamdi bajó la mirada. Irma se arrepintió inmediatamente de su brusquedad. Agarró la mano de Hamdi y le sonrió a modo de disculpa. Este le devolvió una sonrisa triste.

—¿Y si saliéramos a buscar armas a nuestro mundo? —propuso Alberto. Todos habían comenzado a utilizar con toda naturalidad conceptos como limbo, nuestro mundo…

—No puede ser. A Samina le queda poco tiempo —objetó Irma.

—Vale, gracias por tumbar todas nuestras ideas, Irma —respondió molesto Alberto. El desánimo estaba haciendo mella en el grupo.

—No te enfades, Alberto —intercedió el Sensei—. Irma tiene razón, no hay tiempo. Pensemos. Tiene que haber otra solución.

—Tenéis las armas que necesitáis —la voz era inconfundible, pero aún así el grupo se sobresaltó.

La figura del chamán volvía a recortarse contra los fantasmagóricos vahos del inframundo en el que se encontraban.

—¿Ah, sí? —respondió Irma, enfadada—. Pues diga lo que tenga que decir ya y déjese de adivinanzas, porque mi amiga está a punto de morir.

El Sensei colocó su mano sobre el hombro de Irma, rogándole silenciosamente que se calmara.

—Lo siento, Sensei, pero este tío me saca de quicio.

El chamán sonrió.

—Seguidme —dijo. Dio media vuelta y comenzó a caminar tranquilamente, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Irma lo miraba furiosa.

Tras recorrer una corta distancia, el chamán se detuvo junto a un extraño conjunto de plantas que formaban un círculo casi perfecto y que inmediatamente llamó la atención de los chicos. Tenían una belleza extraña, que contrastaba con la fealdad y la tundra malsana y prácticamente estéril que se extendía a su alrededor. De ellas brotaba un olor agradable. Aquella fragancia no se parecía a nada que los chicos hubieran olido jamás.

—Entrad en el círculo conmigo —ordenó secamente el chamán.

Obedecieron sin preguntar, pues recordaban lo que su maestro les había advertido: el chamán no diría ni una palabra más. Alberto, sin embargo, se lanzó a una de sus parodias teatrales en las cuales él era el único intérprete, ironizando en voz baja sobre los bruscos modales del chamán: “Entrad por favor…gracias…de nada, es un placer…”

El chamán lo miró de reojo con cara de pocos amigos. Fue suficiente para que Alberto cancelara la representación. Bajó el telón y guardó silencio.

—Sentaos.

La tierra estaba forrada de una fina pero mullida capa de vegetación, suave al tacto. Resultaba muy agradable sentarse allí. Inmediatamente sintieron como sus cuerpos se recuperaban del agotamiento. Sus rostros se relajaron.

En el interior del círculo, el olor era mucho más potente, sin dejar de ser agradable, hasta hermoso.  «¿Cómo puede ser hermoso un olor?», pensó Irma, pero así era.

—¿Sabéis lo que es un tótem?

Irma no respondió. Sus tres amigos asintieron. Alberto por la cultura de la que provenía; Luís y Hamdi, porque eran devoradores de historias de mitología, aventuras, fantasía y ciencia ficción.

El chamán dirigió su mirada a Irma, que era la única que parecía desconocer el concepto.

—Un tótem es un animal al que estamos unidos y que forma parte de nosotros, de nuestra esencia. Nos define y nos acompaña, aunque la mayoría de las personas no lleguen nunca a ser conscientes de ello. En las culturas amerindias, los jóvenes de vuestra edad debían pasar un rito para convertirse en hombres. En él se manifestaba su tótem y se integraban en un solo ser.

—¿Solo los hombres? —interrumpió Irma— ¡Machistas!

El chamán no se inmutó. Sonrió levemente y respondió:

—No te sientas excluida. Estás en el círculo ¿no?

Sin esperar respuesta, continuó:

—Respirad profundamente, dejad que el aroma de estas plantas penetre en vosotros. Ellas tienen el poder de poneros en contacto con otras realidades. Realidades en las que la mayoría de seres humanos se resiste a creer. Os mostrarán a vuestro tótem. Estáis juntos aquí y sois amigos, pero esta experiencia es individual; así debe ser. El encuentro con vuestro tótem es algo íntimo, un suceso en el que nadie más que vosotros puede ni debe participar. Cuando aceptéis el aroma de las plantas en vuestro interior estaréis solos, aislados de los demás. Pero no temáis, vuestro tótem llegará a vosotros y dejaréis de estarlo. Os buscará y os encontrará.

Los chicos habían visto demasiadas cosas extrañas y fuera de lo que se considera normal como para dudar de aquellas palabras. Lo creyeron inmediatamente y se dejaron llenar del aroma de las plantas que los rodeaban. Al cabo de un tiempo indeterminado, todo se oscureció a su alrededor y se vieron envueltos en una espesa neblina. Experimentaron una agradable sensación de ingravidez. Se sentían sujetos y elevados por las plantas mágicas. No tenían miedo. Poco a poco, el círculo en el que estaban sentados se fue ampliando, de manera que se iban alejando unos de otros hasta que dejaron de verse y de oírse en la distancia.

 

II. Ronin

II. Ronin

Totem

II. Ronin

En el dojo, el Sensei felicitó y agradeció a sus alumnos la ayuda que le habían prestado limpiando y cuidando el local en su ausencia. Se descalzaron y saludaron al entrar como si fueran a iniciar un entrenamiento. El Sensei los invitó a que se sentaran en círculo como solía hacer cuando quería explicarles algo de especial importancia.

—Antes de empezar, quiero decirte algo muy importante, Irma. El único responsable de lo que ocurrió anoche es tu padre. Lo que le ha sucedido a Samina es muy triste, pero ella fue voluntariamente, al igual que el resto, y yo también habría ido si lo hubiera sabido. Cumplieron su promesa siendo conocedores de los riesgos —Irma asintió, más tranquila—. Dicho esto, antes de intentar salvar a Samina, es imprescindible que os cuente algo.

El rostro del Sensei se ensombreció y, por primera vez desde que lo conocían, percibieron inseguridad en él. Calló y su mirada se perdió en el vacío. Sus alumnos se inquietaron, temiendo que sus lesiones no estuvieran curadas del todo.

—¿Estás bien, Sensei? —preguntó Hamdi.

—Chicos, ¿confiáis en mí? —El Sensei hizo la pregunta como quien acaba de despertarse de un largo sueño, haciendo caso omiso a la de Hamdi.

Después de unos segundos de desconcierto, respondió Luís.

—Claro. Totalmente.

—¿Creéis que soy una persona cabal y sincera?

—Sí, Sensei, claro que sí. Pero, ¿a qué viene esto? Nos estás asustando —dijo Irma.

—Intento asegurarme de que estáis totalmente seguros de mi honradez y de que jamás os engañaría ni os mentiría.

—Sensei, tú tuviste fe en nosotros desde el principio, incluso dejaste a nuestro cuidado el dojo. Y yo creo que eres el hombre más cuerdo y más sincero que conozco —dijo Alberto—. Los demás asintieron.

—Gracias. Como os decía —el Sensei continuó algo más tranquilo, aunque la sombra de su rostro no se había disipado del todo—, quería asegurarme de que confiáis plenamente en mí, porque la historia que os voy a contar no es fácil de creer y cualquiera que no me conociera bien pensaría que estoy totalmente loco —examinó los rostros de sus alumnos buscando la duda en ellos, pero había firmeza y confianza en su mirada.

—De acuerdo, pues allá voy. Samina nos espera. No sé muy bien cómo empezar a contaros esto… —Cerró los ojos e inspiró profundamente. Después de unos pocos segundos, expiró y los abrió de nuevo. Su mirada había cambiado. La seguridad había vuelto a ellos—. No soy quienes vosotros creéis. En realidad me llamo Shitoru Kaneko, capitán de los samuráis del Daimyo MiIzu, uno de los más poderosos daimyos que existieron en Japón. Por si no lo sabéis, los daimyos eran equivalentes a los señores feudales en Europa durante la Edad Media. Cometí traición, incumplí el juramento de lealtad a mi señor. No fui un buen samurái. Los samuráis no deben plantearse si su señor hace lo correcto o no, solo obedecerle. El código de Bushido proclama la obediencia como un principio que deben seguir los samuráis, pero también el honor, la justicia y la piedad. Los daimyos más sanguinarios, entre los que se encontraba mi señor, pervirtieron el código de Bushido haciendo prevalecer la obediencia ciega sobre todos los demás, a mi juicio, mucho más importantes. Según esta visión, si tu señor te ordena que mates a tu mejor amigo, lo haces sin dudar y sin preguntar el motivo; al igual que si te ordena matar a tu madre, a tus hermanos o a cualquier otra persona. De hecho, mi señor daba este tipo de órdenes a menudo para asegurarse de la absoluta lealtad de sus siervos.

Los alumnos del Sensei se miraban con disimulo, estupefactos. Acababan de asegurar a su maestro que confiaban plenamente en él, pero no esperaban algo así. Sabían que no pretendía engañarlos deliberadamente. Pero, ¿estaría delirando?

—El daimyo se apropiaba de la mayor parte de lo que producían los lugareños. A cambio, les permitía vivir en sus tierras y les dejaba lo justo para sobrevivir. Pero ni siquiera eso le parecía suficiente y, de vez en cuando, enviaba a un cuerpo de mercenarios que disfrutaban cometiendo atrocidades. Eran como perros rabiosos que Milzu soltaba cuando le convenía sembrar el terror. De esta forma, mantenía a sus súbditos débiles y atemorizados para prevenir revueltas. También aprovechaba para arrebatar un poco más de sus reservas de grano, animales, etc. Así salvaba su buen nombre achacando los saqueos a supuestos grupos de bandidos incontrolables que asolaban el territorio. Esto era absurdo, pues ningún bandido se habría atrevido a actuar en las tierras de mi sanguinario señor o sería ejecutado de inmediato. Los samuráis éramos tan responsables como ellos, pues aunque no fuéramos los ejecutores directos de tales crímenes, teníamos conocimiento de ellos y no hacíamos nada para evitarlos; especialmente yo, pues era el capitán del grupo. En una ocasión, tanteé a mi segundo, Katashi, que también era mi mejor amigo, mi hermano —Alberto y Luís, al oír aquello, intercambiaron una mirada—. Le expresé mis inquietudes de la forma más cautelosa que pude, pero pese a ello, me miró sorprendido y receloso. Con un tono muy duro, me dijo que no era tarea nuestra cuestionar las acciones y decisiones de nuestro señor, sino obedecerlo y protegerlo, entregando nuestra vida si era necesario. Me dijo que le extrañaba sobremanera oír esas palabras en boca de su capitán. Me disculpé inmediatamente y le rogué que no tomara en cuenta mis palabras, que eran fruto del cansancio, pero mis excusas no lo convencieron. A partir de aquel día, no volvió a ser el mismo conmigo. Frecuentemente lo descubría mirándome de forma extraña. Llegué a convencerme de que me vigilaba. Había algo en su mirada que me asustaba, una oscuridad hasta entonces desconocida para mí. Pero me engañé a mí mismo, diciéndome que mis sospechas no tenían fundamento.

Mientras tanto, mi conciencia no me dejaba vivir. Me despertaba bañado en sudor, víctima de atroces pesadillas en las que asesinaba a todo un pueblo con mi katana. Obedeciendo a mi señor, incumplía otros principios del código de Bushido mucho más importantes. Obedecerle implicaba atemorizar, esclavizar y ser cómplice del asesinato de inocentes. Yo me conocía y sabía que no podría soportar aquella carga en mi conciencia durante mucho tiempo. No podía seguir actuando contra mis propias convicciones. El desenlace se aproximaba y estaba convencido de que no podía tener buen fin para mí. Pero ya no me importaba, no podía seguir padeciendo aquel tormento.

Tal y como esperaba, el Daimyo no tardó en enviar de nuevo a su banda de asesinos a uno de los poblados en los cuales sospechaba que se estaba gestando una rebelión. No tenía la certeza de ello, ni siquiera había pruebas de que fuera más que un rumor, pero eso no le preocupaba. Pensaba que nunca venía mal una purga para mantener a la gente sumisa y atemorizada para que no cruzaran ideas peligrosas por sus cabezas. No había antídoto mejor que cortar algunas de ellas. Aquella noche ni siquiera pude llegar a conciliar el sueño. Los sonidos del saqueo y la matanza llegaban hasta mis oídos, pues no había mucha distancia hasta el poblado que estaba siendo atacado. Ya no pude más. Sigilosamente, para no despertar a mis guerreros me vestí, agarré mi katana y salí con mi caballo hacia el poblado, dispuesto a evitar todas las muertes y abusos que pudiera, sin importarme las consecuencias. Cuando llegué, varias casas ardían y la gente del poblado corría histérica sin rumbo fijo, pues no tenían dónde esconderse. Desenvainé mi katana y acabé de un solo golpe con uno de los mercenarios que arrastraba salvajemente a una mujer por el suelo. De inmediato sentí los crueles ojos de Kuma, el jefe de los sicarios, sobre mí. No parecía sorprendido de verme allí. La hostilidad mutua era evidente hacía mucho tiempo. Los enemigos naturales se reconocen. Él intuía que yo desaprobaba y despreciaba su crueldad. A su vez, él despreciaba mis escrúpulos y me acusaba de cobarde. Llevaba una armadura de cuero, sucia y desgastada. Empuñaba un sable de hoja curva que acumulaba incontables muertes, propia de bandidos y gente ruin, muy lejana de las nobles katanas, pero no por ello menos mortífera. No tardó en reaccionar y ordenó a varios de sus hombres que se encargaran de mí. Todos cayeron bajo mi katana. Sin detenerme, seguí liberando a los habitantes del poblado de los mercenarios, uno a uno, hasta que oí que un grupo de jinetes se acercaba. Eran mis hombres, dirigidos por Katashi. ¿Cómo era posible que me hubieran descubierto tan rápidamente? Entonces lo entendí todo: mi hermano me había vigilado y delatado al Daimyo, que habría ordenado mi ejecución inmediata. Pero había algo más. Cuando el que yo consideraba  mi hermano se acercó lo suficiente, observé detenidamente su rostro. Si para delatarme, únicamente le hubiera movido su sentimiento de lealtad y la obediencia ciega a Milzu, aún primando estos sobre nuestra amistad, la tristeza y la amargura nublarían su rostro. Pero no había ni rastro de ellas. Por el contrario, una media sonrisa animaba su rostro. La verdad que me había negado a aceptar me golpeó brutalmente. Además de su sentido del deber y por encima de él, lo que le había movido a delatarme había sido la ambición. Si yo moría, él era mi lógico sucesor, y si además, a ello se unía el agradecimiento del Daimyo por haberle advertido de la amenaza que yo constituía, lo cubriría de honores y se convertiría en el hombre más poderoso de aquellas tierras después de su señor. Todo ello lo indicaba aquella sutil sonrisa de triunfo. Mi inminente muerte no despertaba la más mínima tristeza ni remordimiento en él.

A pesar de la furia que crecía en mí, corrí hacia mi caballo y me alejé del poblado. Por un momento me avergoncé de mí mismo. Un samurái, capitán de la guardia de uno de los daimyos más poderosos de Japón, huyendo de sus propios hermanos, como un vulgar ladrón. Pero no tardé en desechar mi orgullo. No estaba dispuesto a malgastar ninguna vida más por culpa de ese ser despreciable. Toda mi devoción por él se había tornado odio y deprecio. Me repugnaba pensar en todos los servicios y sacrificios que le había dedicado. Me sentí engañado y ridículo. Sabía que mi huída sería interpretada como una señal de cobardía, pero no era tal. No es momento para la falsa modestia, yo era el mejor guerrero de la región. Sabía que en un enfrentamiento con Katashi y mis hombres, yo acabaría muriendo, pero antes caerían muchos de ellos. Comprendí que, a pesar de la deslealtad de Katashi y, a diferencia de lo que me habían inculcado desde que comenzó mi entrenamiento, no existía honor alguno en matar a mis amigos, por mucho que lo ordenara cualquier señor. Así es como me convertí en un ronin[1].

[1] Samurái sin señor.

Mi caballo cabalgó lo más rápido que le permitieron sus músculos, sus pulmones y su corazón. Mi intención era encontrar algún lugar recóndito del bosque donde poder ocultarme antes de que se agotara mi cabalgadura. Tomé una senda que se internaba en la espesura del bosque, esquivando unas ramas que me partirían el cuello si chocaba con ellas a aquella velocidad. De pronto, se abrió un claro a mi izquierda y vi algo que me hizo dudar de mi cordura. Llegué a pensar que los remordimientos, la falta de sueño y el horror de los últimos sucesos la habían minado. Una especie de nubarrón circular giraba sobre sí mismo, formando una vorágine. De ella brotaba un extraño resplandor. La silueta de un hombre de largos cabellos, alto y delgado se recortaba contra aquella fosforescencia. No parecía afectarle aquel fenómeno lo más mínimo, salvo por el hecho de que el viento alborotaba su cabellera. Hice frenar en seco a mi cabalgadura, atraído por el espectáculo, que a pesar de lo inquietante que resultaba, era de innegable belleza. El hombre me hizo una señal, indicándome que me acercara. Dudé unos instantes, pero llegué a la conclusión de que no tenía nada que perder. Mi caballo estaba exhausto, así que, de cualquier modo, no tardaría en verme obligado a detenerme de nuevo. La vida era preciosa para mí en esos momentos y tampoco pensaba matar de agotamiento al noble animal, que era el único que me había demostrado verdadera lealtad en aquel lugar. Probablemente eran mis últimos instantes de vida. No tenía nada que perder, así que descendí y me acerqué al misterioso hombre. Cuando estuve frente a él, pude ver su rostro con detalle. Aunque tenía los ojos rasgados y el cabello negro como un cuervo, su tez, el aspecto de su ropa y el resto de sus rasgos denotaban que no era japonés. Era un hombre viejo, de piel ajada, pero vigoroso. Vestía un pantalón que aparentaba estar hecho de piel, una camisa ancha de unos colores tan vivos como los collares y adornos que colgaban de su cuello o prendidos de su camisa.

—Entra si quieres salvar la vida y la de tus hombres —me dijo.

Miré al aterrador espectáculo que se desarrollaba a su espalda.

—No temas, solo es una puerta. No te hará daño.

Le pregunté cómo sabía tanto de mí.

—Sé muchas cosas de mucha gente. Si te lo explico ahora, tus días finalizarán en unos instantes. ¿Tan grande es tu curiosidad que estás dispuesto a perder la vida por ella?

Tenía razón. A pesar del estruendo de aquello que el hombre había llamado puerta, podía oír los cascos de los caballos de mis hombres. Debían estar a menos de cien metros de distancia.

Sin responder, me volví hacia mi caballo y me despedí de él dando un par de suaves palmadas en su musculoso cuello. No le harían daño, era un animal demasiado valioso para prescindir de él. Supuse que pasaría a ser propiedad de Katashi, pero no me importó. Estaba seguro de que cuidaría bien de él. La majestuosidad del animal cuadraba perfectamente con la imagen de poder que deseaba transmitir.

Sin saber por qué, confié en el hombre que guardaba la puerta. Tal vez porque era la única opción que tenía. Hizo un gesto invitándome de nuevo a entrar y yo crucé la «puerta» intentando no pensar. A los pocos segundos pude ver, desde dentro (o desde fuera, no sé cuál es la mejor forma de expresarlo), a Katashi y los demás llegar al lugar y detenerse. Habían visto mi caballo. Me asusté y en voz baja le pedí al misterioso hombre que cerrara esa puerta, si es que podía. Él me tranquilizó:

—No te preocupes, no pueden verla. Sus mentes no están preparadas para ello.

Tal y como afirmaba, se acercaron a mi caballo y comenzaron a examinar la zona en mi busca sin reparar en la puerta. Después de un rato, desistieron y se marcharon, llevándose mi montura, tal y como había previsto.

No tenemos mucho tiempo, así que os resumiré el resto. Tiempo habrá de relatároslo con detalle. Aquel hombre era un chamán y al lugar al que me dio acceso se le ha llamado de muchas formas, por diferentes culturas: limbo, purgatorio, tierra de los muertos, etc. Ninguna de ellas es totalmente exacta. En la mitología japonesa se le llama Yomi, pero la forma en la que se le representa no es del todo exacta. Por ella transitan las almas que no encuentran el camino de su lugar definitivo de descanso, aquellas que han dejado algo pendiente, o simplemente las que no aceptan que el tiempo que se les dio ha concluido. Algunas almas comprenden de alguna forma que han desperdiciado ese tiempo o que lo han utilizado mal e intentan prolongarlo, pero es imposible; inventan fantasías en las que se engañan a sí mismas, simulando que su deseo de prórroga o de deshacer sus errores se cumple.

Sin embargo, no solo hay muertos; también hay vivos que han encontrado la forma de acceder a Yomi, bien porque de algún modo han hallado una de las puertas, o bien a través de sueños o viajes astrales. De la misma forma, permanecen temporalmente aquellos que están entre la vida y la muerte, como Samina, y ese es el motivo por el cual os estoy contando todo esto.

Después de una larga pausa, el Sensei tomó fuerzas para emprender la última recta de su relato. Parecía costarle un gran esfuerzo.

—Permanecí mucho tiempo allí. Es difícil saber cuánto, pues no transcurre a la misma velocidad que aquí. Aprendí mucho del chamán. Me estaba preparando para algo, pero cuando lo interrogaba al respecto, contestaba con evasivas. Cuando ya había renunciado a las preguntas, me dijo que había elegido un lugar para que pudiera seguir con mi vida. Afirmaba que debía tener una nueva identidad en un tiempo y un lugar totalmente distintos a los míos. Según él, se había creado un fuerte vínculo de odio entre el trío Milzu-Katashi-Kuma y yo, que de alguna manera nos conectaba. Ellos jamás renunciarían a su venganza. Cuando le pregunté por qué me ayudaba, me dio una respuesta que no acabé de entender: me dijo que yo buscaba la forma de purgar mis errores. Allá donde iba a enviarme tendría la oportunidad de enmendarlos ayudando a gente que me necesitara y un día, una gran responsabilidad recaería sobre mí. Intenté que me dijera algo más, pero volvió a su acostumbrado mutismo. Lo conocía lo suficiente como para saber que era inútil insistir. No diría nada más.
El chamán utilizó el poder de aquel lugar para cambiar mi aspecto físico y concederme el conocimiento de vuestra lengua. De pronto, la dominaba sin acento alguno. No podía creer todo aquello, pero era real. Cuando llegué aquí, a vuestro mundo, por decirlo de alguna forma, no obedecí totalmente al chamán, a pesar de sus advertencias. Viajé a mi país a aprender karate. Mi vida estaba basada en las artes marciales y luchar era lo único que sabía hacer. Me ganaría la vida así, jurándome a mí mismo que jamás las utilizaría para dañar a nadie sin motivos de peso y que inculcaría a mis alumnos los mismos principios. Además, no se me ocurría mejor forma de llevar a cabo la misión que me había encomendado el chamán. Defender a quien lo necesitara o, mejor aún, enseñar a que se defendiera por sí mismo, me pareció una buena forma de ayudar. Conocéis el resto de mi historia. Jamás había contado esto a nadie y habría seguido así de no estar la vida de Samina en peligro. Debemos ir a Yomi a rescatarla. Mientras esté en coma, existe una posibilidad de salvarla.
El Sensei miró a sus alumnos con incertidumbre, intentando dilucidar si lo habían creído. Habían permanecido en silencio desde el inicio del relato. Sorprendió a Irma y a Alberto intercambiando miradas. Hamdi y Luís clavaban la suya en el suelo sin atreverse a alzarla.
—No me creéis. No habéis sido sinceros, no confiáis totalmente en mí.
—No, Sensei. No te enfades, por favor —rogó Irma—, confiamos en ti, pero comprende que necesitamos un tiempo para asimilarlo.
El Sensei suspiró.
—No os culpo. Como os dije, la historia es de locos. Yo tampoco la creería en vuestro lugar, así que solo queda que veáis la verdad con vuestros propios ojos para convenceros de su existencia real. Así que pongámonos en marcha, el tiempo pasa rápido para Samina.
Al comprobar que los chicos titubeaban, les dijo:
—Mirad, pensadlo de esta forma: no podéis hacer nada por ella esperando aquí o en el hospital. Como os dije, si optamos por la pasividad, su vida dependerá únicamente de lo que pueda hacer la medicina por ella; y por desgracia, creo que en este caso no va a ser mucho. Si me acompañáis, lo peor que puede pasar es que lleguéis a la conclusión de que esta historia no es más que el desvarío de un loco. Y eso, en todo caso, no puede empeorar el estado de Samina.
El razonamiento pareció convencer a los chavales. Acompañaron al Sensei hasta su automóvil. Supuestamente, los iba a conducir hasta la puerta por la cual había accedido a esta época, según su relato. Por allí entrarían en el limbo, purgatorio o lo que fuera eso, para intentar rescatar a Samina.

Tras casi media hora de camino, el Sensei abandonó la carretera y tomó un camino sin asfaltar. Después de unos pocos minutos más, detuvo el vehículo y paró el motor.

—Tenemos que seguir a pie. A partir de aquí el terreno es demasiado abrupto.

Se apearon del coche y tomaron una pedregosa senda. Caminaban en dos grupos: el Sensei junto a Hamdi e Irma, y un poco más atrasados, Alberto y Luís. El primero echaba de vez en cuando rápidas miradas a su amigo. Este, aunque aparentaba no ser consciente de ello, comprendió que su amigo quería decirle algo, pero no acababa de decidirse.

—¿Qué pasa? —preguntó Luís, finalmente.

Alberto se detuvo y, como Luís siguió caminando, lo retuvo de un brazo. Este lo miró a los ojos, animándolo a hablar.

—¿Tú le crees? —hizo un gesto con la cabeza señalando al Sensei.

Luís dudó un momento y después respondió:

—Creo que sí —respondió al final, con una expresión de alegría y alivio, como si acabara de descubrirlo en ese preciso instante—. El Sensei siempre ha dado muestras de ser una persona cabal y equilibrada. Además, hay cosas en este mundo que no acabamos de entender. Si no hubieras presenciado lo que pasó en casa de Irma y te lo hubiera contado yo o Ham, o Irma, ¿lo habrías creído?

Alberto se quedó sin palabras. Luís había puesto el dedo en la llaga. Al comprobar que Alberto no era capaz de responder, siguió caminando detrás de Irma, Ham y el Sensei, que se estaban distanciando. Su amigo lo siguió unos instantes después sin dejar de pensar en la pregunta que le había hecho.

Después de caminar unos trescientos metros más, el Sensei se apartó del sendero. Se encontraban en un agradable paraje. Una franja de vegetación de varios metros de ancho se extendía hasta un bosquecillo de árboles no muy altos, pero frondosos. Las flores silvestres aparecían aquí y allá, a pinceladas caóticas, aportando un toque de alegría con su color amarillo intenso. El Sensei avanzaba hacia los árboles del fondo sin reparar en la belleza del paisaje, escoltado por Irma y Hamdi. Finalmente, se detuvo frente a uno de los árboles, mirándolo fijamente. Daba la sensación de que se disponía a entablar conversación con él.

De pronto, se volvió hacia Irma.

—Aquí está la puerta.

—No veo nada.

La chica lo miró, insegura y angustiada. El Sensei percibió su sufrimiento. Verdaderamente, quería creer en él. Hamdi también parecía esforzarse en percibir algo, sin éxito.

—Irma, ¿recuerdas lo que os dije sobre la mente al inicio de los entrenamientos y que os he repetido tantas veces desde entonces?

—¿Lo de «no golpeéis con el cuerpo, sino con la mente»? —preguntó Irma sin apartar su mirada del punto que había señalado el Sensei, buscando con todas sus fuerzas la supuesta puerta.

—Exacto. Esto es algo parecido. No mires con tus ojos, mira con tu mente.

La chica apartó su mirada de donde la tenía clavada para posarla en los ojos al Sensei y asintió. Miró de nuevo el punto donde se suponía que estaba la puerta y respiró hondo, tratando de calmar la frenética actividad de su cerebro.

—Inténtalo tú también, Ham.

Luís, que había llegado a tiempo para oír las indicaciones que el Sensei había dado a Irma y a Hamdi, las siguió también. Alberto se detuvo a unos metros por detrás y permaneció inmóvil, como si hubiera descubierto un nido de serpientes venenosas entre la hierba.

Irma sacudió la cabeza de un lado a otro, como si quisiera deshacerse de algo enganchado en su pelo. «Bien, eso está bien. Quítate de encima los prejuicios», pensó el Sensei.

Segundos después, la chica abrió desmesuradamente los ojos y la boca. Se echó hacia atrás como si hubiera visto algo terrorífico, tropezando con un desnivel del terreno. Si no la hubiera sujetado el Sensei, probablemente se habría caído de culo.

—¡Tranquila! Impresiona pero no es peligroso, no te hará daño. —Un instante después de pronunciar estas palabras, el Sensei se percató de que prácticamente había repetido las que el chamán le había dirigido a él hacía tanto tiempo.

Luís y Hamdi se miraron inquietos, deseosos de ver también aquello ante lo que Irma había reaccionado de una forma tan llamativa.

Irma se fue tranquilizando poco a poco. Sus cabellos se movían frenéticamente y le azotaban el rostro, al igual que los del Sensei, aunque el cabello del hombre era mucho más corto y no le molestaba tanto. La chica lo miró y le dijo sonriendo:

—Sabía que no mentías —el Sensei le devolvió la sonrisa, aliviado.

Irma volvió de nuevo su mirada a lo que el Sensei había calificado como puerta, aunque aquello no se pareciera lo más mínimo al concepto que todos tenemos de una puerta. Estaba atrapada por la salvaje belleza de lo que tenía ante sí: una masa nubosa semejante a un huracán o tifón de unos cuatro o cinco metros de diámetro que giraba en vertical con una fuerza devastadora. Los árboles de detrás habían desaparecido, ocultos tras el fenómeno atmosférico que obviamente no era tal pues, tal y como el Sensei había descrito, daba acceso a un lugar desconocido y oscuro. Desde su punto de vista, entre una penumbra rojiza, se percibían formas difusas y cambiantes que la habrían asustado de no estar tan fascinada por el magnetismo brutal de aquel portal de entrada. De vez en cuando, surgía un rayo que iluminaba sus rostros del azul más bello que jamás había contemplado.

El Sensei, soltando a Irma, convencido de que ya no necesitaba su apoyo, se volvió hacia los demás:

—Ya lo habéis oído, chicos… con la mente.

Luís obedeció a su maestro. Enfocó su mente y dejó que se dividiera, esta vez de forma consciente. En pocos segundos se manifestó ante sus ojos el espectáculo más grandioso que jamás hubiera presenciado. Su reacción fue parecida a la de Irma. Sus ojos se expandieron y su boca se abrió formando una pequeña e involuntaria «o». Vio cómo Irma le sonreía y lo animaba a que se acercara con un gesto de la mano. Así lo hizo y se colocó a su lado sin dejar de mirar la «puerta». Hubo que esperar algo más para que Hamdi consiguiera verla, pero lo logró y sintió el mismo magnetismo que los demás.

—Venga, Alberto. Solo quedas tú —dijo Luís volviéndose hacia su amigo.

Los cabellos de Irma y Luís se revolvían furiosamente y les golpeaban la cara, pero Alberto era incapaz de verlo. Allí no había más que árboles normales y corrientes frente a sus amigos. Parecían haberse vuelto locos de pronto o ser víctimas de alguna alucinación como consecuencia del consumo de una sustancia alucinógena. Estaba totalmente desconcertado. Y, ¿por qué gritaban tanto? En aquel lugar reinaba un gran silencio. Solo se oía el piar de los pájaros y el leve silbido de la brisa.

—¿Por qué gritáis tanto? ¿Estáis mal de la cabeza o qué? —espetó, furioso.

—No puede verlo ni oírlo, tiene miedo —sentenció el Sensei.

—¿De qué? Preguntó Irma.

—De creer —respondió el Sensei—. La fe es algo muy frágil. La mejor forma de no perderla es no tenerla. Tenemos que entrar ya, el tiempo se nos acaba.

—¡No te preocupes, Alberto! —dijo, elevando la voz—, no pasa nada, espéranos aquí.

Sin esperar respuesta, traspasó el portal.

Irma se quedó sorprendida por la reacción del Sensei y volvió a dudar, pero se repuso rápidamente. Después de dirigir una triste mirada a Alberto, dijo a los demás:

—Sigamos al Sensei  —se disponía a traspasar el umbral, cuando oyó la voz de Luís.

—Eso da miedo. —Estaba paralizado.

—Sí, yo también tengo miedo, pero hay que hacerlo —Irma tendió su mano a Luís.

—Sí, por Samina —respondió este, agarrando fuertemente la mano de Irma. La chica asintió y los dos traspasaron juntos la puerta. Al cabo de unos segundos, lo hizo Hamdi, respirando aceleradamente. Sonrió aliviado una vez dentro.

Se volvieron hacia Alberto, que había quedado totalmente desolado y desorientado. Seguramente los había visto desaparecer en la nada.

—No podemos dejarlo ahí solo —dijo Irma, y antes de que nadie pudiera detenerla, cruzó de nuevo el umbral.

Una vez estuvo fuera, tendió la mano a Alberto sin separarse mucho de la entrada. Era una forma no verbal de transmitirle que deseaba que fuera con ella, pero sin renunciar a volver allí dentro si no conseguía hacerlo cambiar de opinión. Él debía decidir si avanzaba y agarraba su mano o no. Lo miró fijamente con aquellos espectaculares ojos verdes que parecían haber ganado intensidad en los últimos minutos. Alberto sintió una presión en el pecho al mirarlos.

—Alberto, por favor —dijo, al comprobar que este no se movía—, agarra mi mano. Le dijimos al Sensei que confiábamos en él. Tenemos que cumplir nuestra palabra.

—Ya, pero esto es demasiado. Yo no veo nada ­—pronunció la última frase con gran angustia y sus ojos se entristecieron. Irma pudo ver el desamparo en ellos y supo que volvía a sentirse diferente y de alguna manera excluido, sin comprender que creer o no creer era una decisión personal, tal y como había dicho el Sensei.

—Ahora soy yo quien te pregunta si confías en nosotros, tus amigos. Alberto, hemos luchado juntos. ¿Crees que te engañaríamos y más en estas circunstancias en que la vida de Samina está en juego? Todos hemos entrado, no puedes quedarte fuera.

El tono de Irma era cálido y firme a la vez. Debía convencerlo. Si no entraba, su decisión lo separaría del grupo para siempre, pero Alberto seguía sin reaccionar. Estaba atrapado entre dos fuerzas muy poderosas: por un lado, el deseo de estar con sus amigos y salvar a Samina; por el otro, la desesperanza y el miedo a creer.

—Si no vienes lo respetaré —añadió—, y nos iremos sin ti porque Samina depende de nosotros, pero tienes que decidirte ya.

La mano de Irma siguió tendida. Alberto solo podía verla a ella y al resto de sus amigos detrás junto al Sensei, mirándolo con ansiedad. Detrás de todos ellos, los árboles y el monte, nada más. Se sintió desgajado por dos fuerzas opuestas y poderosas. Sentía las miradas angustiadas de sus amigos como un peso sobre sus hombros, pero no podía moverse, se había quedado bloqueado. La fachada de bravuconería que había construido sobre sí como una coraza que lo defendía del racismo y del rechazo se había derrumbado. En ese momento, sus amigos lo estaban viendo tal y como era, con toda su vulnerabilidad y sus miedos al descubierto. No por ello disminuyó su afecto por él; al contrario, aumentó.

Irma hizo un último intento:

—Sin ti este grupo está incompleto, eres muy importante para nosotros. Te necesitamos.

—Escucha a Irma —intervino Luís—, Samina te necesita, yo te necesito. Eres mi hermano, ¿recuerdas?

—Nuestro hermano —corrigió Hamdi. Luís asintió.

A Alberto se le llenaron los ojos de lágrimas, aunque no permitió que se le escapara ni una de ellas, eso habría sido demasiado para él. Sin pensarlo más, avanzó bruscamente y agarró la mano de Irma. Esta le dedicó una sonrisa cálida, rebosante de alivio, felicidad y cariño. Jamás podría olvidarla. Sin embargo, no tuvo más remedio que apartar sus ojos de Irma cuando algo, una materia extraña, comenzó a aparecer alrededor de ella y también de sus amigos y del Sensei, que había permanecido en silencio, sin intervenir. Parecía estar en shock. Era extraño verlo así. No tardó en identificar esa materia como nubarrones que giraban a gran velocidad alrededor de un eje invisible, rodeándolos. Su cabello había empezado a revolverse frenéticamente y a invadir su rostro como una marea furiosa, al igual que lo hacía con el resto del grupo, que aguantaba a duras penas en pie, esperándolo. Entonces, lo invadió el pánico e hizo un movimiento de retroceso instintivo, pero la mano de Irma lo retuvo con fuerza. Por primera vez, a pesar del tiempo que llevaban juntos, fue consciente de lo fuerte que era Irma, exterior e interiormente. Seguía clavando sus ojos en los suyos con un nuevo matiz desconocido para Alberto: una mezcla de firmeza y afecto. «No te soltaré», le decían silenciosamente.

Alberto había quedado atrapado en aquellos ojos y, de alguna manera, jamás saldría de ellos. Era indudable que Irma era una chica bonita. No pasaba desapercibida a ningún chico que estuviera cerca de ella. Al margen de esa lógica atracción física, hasta entonces Irma había sido para Alberto una más del grupo. Pero aquel día, lo que atrapó a Alberto no fue la evidente belleza de sus ojos, que ya conocía, sino lo que había detrás de ellos: fuerza, magnetismo, sensibilidad y afecto. Comprendió que al aceptar su mano no solo penetraba en la oscuridad e incertidumbre de aquel limbo que había descrito su Sensei. También lo hacía en otro lugar del que jamás podría escapar, ni tampoco querría. Con una punzada de inquietud y una sensación de salto al vacío, supo que a pesar del miedo iría a cualquier lugar que Irma le pidiera, ahora y siempre.

Atravesaron el umbral agarrados de la mano. Hamdi y Luís felicitaron a Alberto, sonrientes y emocionados, palmeándole la espalda. Alberto salió de su bloqueo y respondió al afecto de sus amigos, pero su mirada volvía continuamente al rostro de Irma, que seguía mirándolo y sonriéndole conmovida. Había quedado grabado en su mente el momento en que había agarrado la mano de Irma y la había seguido, la suavidad de su tacto y la delicadeza de sus movimientos. Se obligó a apartar su mirada de la chica y aquellas imágenes de su mente o alguien iba a darse cuenta de su embobamiento. Lo logró en parte, gracias al extraño sonido que salió de la boca de Hamdi, algo así como un hipo. Miró al chico y vio cómo este miraba a su vez al Sensei con una mezcla de miedo y asombro. Siguieron su mirada y vieron a un hombre que ocupaba el mismo lugar que hacía solo unos segundos había ocupado el Sensei. Todos copiaron la expresión de Hamdi como si se tratara de jugar a «Quién imita mejor la cara de tonto que se le ha quedado a nuestro amigo». Allí ya no estaba su Sensei, sino otro hombre aproximadamente de la misma estatura y complexión, pero con otro rostro y ataviado de una forma muy extraña. Sus ojos eran rasgados, su cabello largo y frondoso, y su tez más oscura que la del Sensei. Vestía algo que recordaba a un karategui pero mucho más elaborado y hermoso: un kimono de un azul intenso con algunos adornos en beige que no pudieron distinguir con detalle debido a la penumbra. Los pantalones eran mucho más anchos que los del Karategui, pudiendo llegar a confundirse con una falda si uno no se fijaba bien. Calzaba unas sandalias de madera de aspecto espartano y sólido y, por último, a uno de sus costados ceñía una katana que casi llegaba al suelo. Este último detalle fue probablemente el que hizo que los cuatro adolescentes comenzaran a retroceder lentamente, separándose de aquel hombre. Este, alzó sus dos brazos, abriendo las palmas como si alguien le estuviera apuntando con una pistola y dijo:

 

—No os asustéis, por favor. Soy yo, vuestro Sensei. Este es mi aspecto original.

Los chicos reconocieron inmediatamente la inconfundible voz de su maestro y detuvieron su retroceso.

—Comprendo perfectamente que estéis desconcertados y asustados, incluso yo lo estoy porque ya estaba totalmente acostumbrado a mi otro… cuerpo, o mi otro yo… no sé muy bien cómo expresarlo. En este sitio se manifiesta la verdadera esencia de cada persona y, como os dije, yo soy japonés, o más bien era japonés… ya no sé quién soy.

Los chicos supieron que era sincero al confesarse desconcertado. Su tono de voz y su mirada así lo demostraban.

—Yo sí —dijo Luís con seguridad—. Eres nuestro Sensei, lo he visto en tu interior. Estás ahí dentro.

El guerrero de ojos rasgados relajó sus hombros y el sufrimiento desapareció de sus ojos.

—Gracias —dijo.

Luís se acercó y apoyó una de sus manos en el musculoso hombro del samurai. Este sonrió y le devolvió el gesto.

Los demás se acercaron lentamente. La curiosidad había sustituido al miedo.

—¿Cómo dijiste que te llamabas? —preguntó Hamdi.

—Samuel —respondió el Sensei-samurai.

Las risas que provocaron la respuesta del Sensei acabaron definitivamente con la tensión del momento.

—No, hombre. El otro —dijo Hamdi riendo todavía.

—Shitoru, pero creo que lo mejor es que me sigáis llamando Sensei.

—Estoy de acuerdo. Así no nos escupiremos en la cara cada vez que te nombremos.

Todos rieron la ocurrencia de Alberto, aliviados al comprobar que ya se había recuperado.

—Me siento más identificado con el Sensei Samuel que con el otro, que era un asesino —dijo el Sensei.

—Tú no eres, ni eras, ni serás nunca un asesino —aseguró Irma.

—Consentirlo es muy parecido a hacerlo. Pero bueno, tengo que vivir con ello.

En ese instante se oyó una nueva exclamación de asombro. Provenía de Luís.

—Ham, ¡tus piernas!

Este siguió la mirada de Luís y vio cómo las piernas biónicas habían sido sustituidas por unas de carne y hueso. Hamdi se tambaleó y tuvieron que sujetarlo entre Luís e Irma.

—Tío, esto es una pasada —dijo Alberto.

Cuando Hamdi se repuso, sonrió como un niño pequeño abriendo su regalo junto al árbol de navidad.

El Sensei se le acercó y le dijo:

—Sí, Ham. Como os decía, aquí se muestra la esencia de cada ser, pero quiero que comprendas que cuando salgamos de aquí, volverás a tener tus piernas biónicas —dijo el Sensei con toda la delicadeza que le fue posible—. No sabes cuánto odio ser un aguafiestas, pero es mejor que no albergues falsas expectativas. Cuando salgamos de aquí todo volverá a ser como antes.

Hamdi asintió, desilusionado pero no abatido. El Sensei comprobó que su fuerza interior seguía brillando en aquellos ojos negros. Palmeó el hombro al chico y miró a los demás, dispuesto a animarlos para comenzar el camino, pero Alberto se le adelantó:

—Bueno, a menos que a alguien le crezcan alas de murciélago, cola de lagarto o algo así, creo que deberíamos ponernos en marcha.

I. Un regreso inesperado

I. Un regreso inesperado

Totem

I. Un regreso inesperado

La ausencia de Irma sorprendió a sus cuatro amigos. Ella no solía llegar tarde. Eso era cosa de Alberto. Sus retrasos exasperaban al Sensei, quien desde el principio había intentado modificar su conducta e inculcarle el buen hábito de la puntualidad como norma de respeto hacia sus compañeros y hacia el propio maestro. Pero hasta el momento no lo había conseguido. Alberto siempre encontraba alguna excusa: las supuestas tareas de clase, una quedada de Parkour… Siempre se disculpaba al llegar y parecía sinceramente arrepentido, pero siempre volvía a hacerlo. El Sensei había llegado a la conclusión de que no lo hacía con mala fe, que formaba parte de su personalidad y era algo que había que asumir; un defecto que Alberto compensaba con sus numerosas virtudes. No obstante, cuando el retraso era desproporcionado, lo obligaba a quedarse en el dojo al finalizar la clase y le encargaba alguna tarea de limpieza u orden en el gimnasio. Nunca lo retenía mucho tiempo ni las tareas eran demasiado duras. No llegaba a ser un castigo; se trataba más bien de algo simbólico que le ayudara a tener presente la importancia del respeto hacia los demás, la perseverancia y la seriedad en todo lo que uno hace. Hay que decir en defensa de Alberto que en estas ocasiones jamás se quejaba y acataba estas tareas con humildad.

Sin embargo, aquel día Alberto fue el primero en llegar. No iba a fallarle al Sensei. Los cinco amigos se habían ofrecido a mantener limpio el dojo mientras se recuperaba del accidente de tráfico que había sufrido. Un hombre ebrio había perdido el control de su vehículo y había chocado frontalmente con el del Sensei. Afortunadamente, su vida no corría peligro, pero debía permanecer ingresado en el hospital un par de semanas. El Sensei se mostró muy agradecido y entregó las llaves a sus alumnos con plena confianza. En un par de días le darían el alta y, aunque habían cumplido su palabra y limpiado concienzudamente cada dos o tres días, querían que el Sensei se sintiera orgulloso de ellos cuando llegara. Ver brillar su dojo era la mejor bienvenida que se les ocurría y una forma de agradecerle lo que hacía por ellos diariamente. El Ayuntamiento pagaba al Sensei por sus clases, obviamente, pero estaban seguros de que la suma no era muy elevada, pues las arcas del consistorio no estaban lo que se dice a rebosar. Pero eso no impedía que el Sensei se involucrara con ellos de la forma en que lo había hecho, yendo mucho más allá de sus obligaciones, apoyándolos en todo lo que podía.

Todos estaban implicados en la labor. Por ello, les extrañó que Irma no acudiera. Samina estaba preocupada. Los demás intentaron tranquilizarla.

—No te preocupes —dijo Luís—. Puede que su tío la haya obligado a ayudarlo en algo, como otras veces, y que esté discutiendo con él. Se quieren mucho pero se dicen de todo continuamente. O puede que no se encuentre bien.

—A lo mejor le ha venido el periodo —soltó Ham con toda naturalidad. Se dio cuenta de lo que había dicho y automáticamente miró a Samina, la única chica presente en ese momento, que a su vez lo miraba escandalizada. Ham no solía hacer ese tipo de comentarios.

Los otros dos se miraron mutuamente, conteniendo la risa.

—¿Qué pasa? —se defendió Ham—. No he dicho nada malo. Es normal que una chica de su edad tenga el periodo, ¿no?

—¡Eh! Ham tiene razón   —intervino Alberto en tono jocoso—. ¿A ti no te ha venido aún?

El trapo que Samina tenía en la mano se estampó contra la cara de Alberto. Este se lo quitó rápidamente.

—¡Eh! —se quejó mientras se limpiaba el rostro. Este trapo está asqueroso.

—¡Pues te fastidias! —le gritó Samina.

Hamdi y Luís se partieron de risa. El primero se apoyó en el palo de la fregona como si le faltara el equilibrio. Luís, rojo como un tomate, se agarraba el estómago.

De pronto, Irma irrumpió en el dojo. Estaba sudorosa y pálida. Las risas se interrumpieron de golpe. Ni siquiera se había descalzado y estaba pisoteando el suelo que Ham acababa de fregar cuidadosamente. Sin embargo, nadie reparó en ese detalle porque, evidentemente, a Irma le pasaba algo grave. Dijo algo que ninguno de sus amigos entendió, debido a sus profundos jadeos. Le pidieron que repitiera lo que acababa de decir. Irma levantó un brazo y abrió la mano, pidiendo silenciosamente unos instantes para respirar. Apoyó las manos en las rodillas y se obligó a hacer varias respiraciones profundas.

—Mi pa…..dre aca….acaba de salir de la cár….cel.

Durante un largo lapso de tiempo no se oyó en el dojo nada más que los resoplidos de Irma. Cuando su respiración volvió a la normalidad, Irma se explicó mejor:

—Parece ser que se ha adelantado su salida por buena conducta o algo así. Alguien debería habernos avisado, pero no lo han hecho. Menos mal que una buena amiga de mi madre se ha enterado y ha llamado a mi tío para avisarle. No le ha dicho nada a mi madre porque podría darle algo, pero ha hablado conmigo para que tenga mucho cuidado cuando salga de casa. Se hace el valiente, pero lo conozco muy bien, y sé que está aterrado; no solo por él, también por mi madre y por mí. Teme que cumpla su promesa y me rapte. Mi tío puede llegar a ser un auténtico plasta, pero ha cuidado de mi madre y de mí desde que pasó aquello. Nos quiere.

—Y tú a él —añadió Ham.

Irma se quedó pensativa durante un par de segundos y después asintió, bajando la mirada. Debido a algún misterio cósmico todavía por descubrir, la adolescencia es una fase vital en la cual admitir sentimientos y emociones humanas es una vergüenza.

—Prometimos estar contigo y defenderte si llegaba este momento y lo cumpliremos. Hay que avisar al Sensei —dijo Alberto. Su semblante y tono de voz eran serios y solemnes, algo infrecuente en él.

—¡No! —se opuso Irma vehementemente—. Debe acabar de recuperarse. Todos sabemos que siempre cumple sus promesas. Si se lo decimos vendrá con nosotros y sus heridas podrían abrirse. Si le pasara algo no me lo perdonaría. Bueno, y si os pasara a vosotros, tampoco. Pero vosotros no estáis heridos. —Sonrió nerviosamente sin saber si lo que estaba diciendo era correcto o no. Finalmente, abandonó su sonrisa y dejó caer sus hombros abatida—. La verdad es que no tengo derecho a poneros en peligro a ninguno de vosotros. No debería haber venido aquí a contároslo, pero tenía mucho miedo y, salvo mi tío y mi madre, no tengo a nadie más que a vosotros. Pero aún así, debería arreglar mis problemas yo sola, estoy siendo una auténtica egoísta.

Samina se acercó a Irma y apoyó una mano en su hombro.

—No se abandona al compañero cuando está en peligro, ¿recuerdas?

—En la pelea del verano pasado me podían haber matado si no me hubieras ayudado —añadió Luís—. Tú les dijiste a los Khan que yo no estaba solo, y a mí, que no me dejarías tirado. Ahora yo te digo lo mismo: no te dejaremos tirada. 

—Ya te digo —se sumó Hamdi.

—Con el Sensei o sin él, estamos contigo —declaró Alberto—, pero sigo creyendo que deberíamos decírselo.

—No, por favor —dijo Irma—. Si lo hacéis me iré sola, desapareceré. Así mi padre no me encontrará y no le pasará nada a nadie.

—Vale, vale. Tranquila. No se lo diremos —la supuesta solución de desaparecer no evitaría que el padre de Irma cumpliera su amenaza de matar a la madre y al tío de esta, pero Alberto se guardó de decir en voz alta sus conclusiones. Solo habrían servido para que se angustiara más.

Irma se relajó ligeramente.

—Bueno, ¿qué hacemos? —inquirió Samina.

—Yo creo que debemos acompañar todos a Irma a la salida del insti —dijo Hamdi—. Después haremos como si nos fuéramos a casa, pero montaremos un dispositivo de vigilancia.

—¡Un dispositivo de vigilancia! ¿Y cuál será ese dispositivo de vigilancia agente 007 al servicio de su Majestad?

Ham, movió su brazo derecho mostrando a Alberto su dedo medio mientras le dedicaba una amplia sonrisa.

—Vale, Bond —dijo Alberto con aparente fastidio—. Lo he pillado, baja tu arma.

Hamdi se rió y continuó explicando su plan.

—Propongo que hagamos turnos de vigilancia por parejas. Media tarde unos, media tarde otros.

Media noche unos y media noche otros.

—No sé —objetó Samina—. Dos me parece poco para enfrentarse a un adulto.

—Dos no, tres —corrigió Irma—. No te olvides de mí. Además, si fuera por la noche estaría mi tío en casa.

—No me habéis dejado terminar —protestó Hamdi—. Si pasa algo, la pareja que esté de vigilancia puede avisar a los demás.

—¿Cómo? —Samina volvió a la carga—. Ninguno tenemos teléfono móvil.

—Podemos hacerlo como en las pelis antiguas. Yo tengo unos Walkies.

—¡¿Walki talkies?! —exclamó Irma, asombrada y divertida a la vez—. Pero tío, eso es de la prehistoria.

—Es muy divertido —dijo Hamdi con entusiasmo—. He jugado mucho a los espías con ellos. Y todavía tienen aplicaciones en la actualidad, donde no hay cobertura para móviles, además del ejército, claro.

—¡Qué friqui eres, tío! —le dijo Irma sonriendo.

—Sí —admitió Hamdi—, y me gusta.

—No es friqui —dijo Alberto—, solo que los walkies hacen juego con sus piernas.

—¡Alberto! No te pases —le recriminó Samina, temiendo que la broma hiriera la sensibilidad de Ham.

—¡Pero qué dices! Ham me conoce y sabe que lo quiero mucho.

Alberto se acercó a Hamdi y le dio un fuerte abrazo de oso mientras lo zarandeaba de un lado a otro.

Hamdi comenzó a reírse como un loco y Samina se encogió los hombros, mirando a Irma con una media sonrisa. Esta le sonrió a su vez, colocando las palmas de las manos hacia el techo. «¡Chicos! Son así».

—Estás mal de la cabeza, tío —dijo Luís, sonriendo.

—En fin —dijo el aludido, soltando a su amigo y sentándose en la posición del loto—, este chaval tiene una buena cocorota. Es más inteligente aún que sus piernas, que ya es decir. Creo que es un buen plan.

—Yo también —convino Luís—. Yo puedo conseguir otro par de walkies. Mi padre tiene uno. Se los lleva cuando se va a pescar con un amigo y hacen el idiota con ellos. Cada uno se va a una punta de la playa y se pican, se van diciendo por el walkie el número de peces que ha pescado cada uno.

—Vaya tontería —dijo Hamdi.

—Pues sí —coincidió Luís sin inmutarse—. Mi padre también es un poco friki y un fanático antimóvil.

—Será la crisis de los cuarenta. Mi padre, después de toda la vida sin hacer ejercicio, ahora se ha puesto a hacer pesas para sacar músculo. Ya se ha lesionado dos veces, pero yo solo veo aumentar el tamaño de este músculo —Alberto colocó sus manos sobre su abdomen—. Y mi madre se pone vestidos muy ceñidos cuando sale de noche con mi padre y se le salen las lorzas por todas partes.

Los tres chicos se echaron a reír. Por el contrario, las dos chicas los miraron con expresión ceñuda.

—¿Podemos volver al tema que nos ocupa? —dijo Irma con voz impaciente, utilizando una frase que oía a veces en algunas pelis y que hacía tiempo que deseaba pronunciar. Por fin había llegado la ocasión perfecta—. Si os parece bien dejar de decir tonterías, claro.

Los muchachos se disculparon y volvieron a ponerse serios.

—Vale, concretemos —dijo Hamdi, que había asumido el liderazgo—. Tenemos dos pares de walkies. Irma debe quedarse con un aparato para que la avisemos si vemos llegar a alguien sospechoso. La pareja que vigile se quedará con dos: uno para avisar a Irma, como acabo de decir, y otro para avisar a los otros dos.

—Pero eso significa que uno de nosotros se queda sin walkie —dijo Alberto.

—Sí, el que se quede con el cuarto walki tendrá que ir corriendo a por el otro —Hamdi parecía tener respuesta para todo.

—Eso nos retrasará bastante —dijo Luís preocupado.

—Sí, pero ya no tenemos más walkis y ahora valen una pasta. Si a alguien se le ocurre otra cosa que la diga —Hamdi guardó silencio, esperando sugerencias.

—No —dijo finalmente Luís—, tu plan es el mejor, teniendo en cuenta las circunstancias. Mejor dicho, el único.

—Una cosa —intervino Samina—. Igual os parece una soberana tontería lo que voy a decir después de urdir todo el plan, pero ¿no sería mejor llamar a la policía si lo vemos llegar?

—Parece lo más razonable —dijo Irma—, pero eso solo retrasaría sus planes, no los evitaría. Teóricamente, mi padre ha pagado su delito cumpliendo la pena y su salida de la cárcel ha sido totalmente legal. Ahora es un hombre libre que puede ir adonde le plazca. Si llamamos a la policía cuando llegue, como mucho lo meterán en la cárcel una temporada más, pero al poco tiempo saldrá otra vez y volverá a intentarlo hasta que lo consiga. Por desgracia tendría que asesinar a alguien o cometer otro delito tan grave como ese para volver a la cárcel durante años. Tenemos que demostrarle que ahora podemos defendernos y hacerle tanto daño como para que se vaya y no vuelva jamás.

Samina asintió.

—¿Y si no ataca ahora? —objetó Alberto—. ¿Y si pasan días o incluso semanas y no pasa nada? No podemos estar mucho tiempo así, durmiendo solo media noche. Tenemos que ir a clase, estudiar, entrenar…

—Entonces ya pensaremos lo que hacemos. Paso a paso —sentenció el reflexivo Hamdi.

—No creo que tarde mucho. Es inminente. Tiene demasiado odio y sed de venganza. Lo recuerdo perfectamente a pesar del tiempo que ha pasado. Mañana, tal vez pasado, o quizá hoy mismo —dijo Irma angustiada y totalmente convencida de lo que acababa de afirmar.

Dieron por finalizado el «cónclave», ultimaron los detalles de su plan, acabaron de limpiar el dojo y se fueron.

Aquella misma tarde, pusieron el «dispositivo de vigilancia» en marcha, una vez tuvieron en su poder los dos pares de walkies. A última hora, montaron guardia Samina y Luís. Les había tocado a ellos dos cuando lo jugaron a piedra-papel-tijera, después de la elección del escondrijo que iban a utilizar en las vigilancias, que había sido fuente de discusiones y diferencias de opinión respecto a su idoneidad. Finalmente, todos quedaron más o menos satisfechos con la ubicación del puesto de vigía. Irma subió a casa intentando aparentar normalidad y la primera pareja comenzó su trabajo. A las nueve de la noche fueron relevados por Hamdi y Alberto, sin novedad. Pero pasadas las doce de la noche, cuando la conversación declinaba y el aburrimiento y el sueño empezaban a hacer estragos en ellos, viéndose obligados a despertarse de vez en cuando mutuamente, Alberto dio un tremendo golpe en el brazo a Ham. Este, que en ese momento estaba sentado en el suelo y se le cerraban los ojos, se sobresaltó tanto que estuvo a punto de caer de espaldas. Devolvió el golpe a Alberto con rabia, pero este ignoró el enfado de Hamdi y le susurró:

—Mira, ese tío está intentando entrar en el portal. Coincide con la descripción que Irma nos ha dado de su padre.

Esto mitigó de inmediato el sueño y el enfado de Hamdi. Dio gracias a todos los dioses de todas las religiones del mundo por no haber permitido que diera con sus huesos en tierra, delatando así su posición. Alberto estaba en lo cierto: aquel hombre tenía una actitud sospechosa y, evidentemente, no tenía llave. Manipulaba la cerradura con algo que no podían distinguir a esa distancia. Probablemente se tratara de una ganzúa o alguna pequeña herramienta. Parecía nervioso y echaba continuas miradas a derecha e izquierda. Aquello no pintaba nada bien.

Alberto alzó el walkie interrogando con la mirada a Hamdi. Este asintió frenéticamente. Su corazón comenzó a acelerar como si quisiera batir el récord mundial de velocidad.

Alberto llamó a Irma. Cuando la informó de lo que estaban viendo, la muchacha no fue capaz de articular palabra. Solo se oyó una especie de gemido angustiado. Como confirmación del terror de la chica, el hombre consiguió abrir la puerta y desapareció en el interior del portal sin encender las luces. Se cumplía la intuición de Irma: su padre no había esperado mucho para cumplir su promesa. Alberto avisó a Luís, que se había quedado esa noche con el cuarto walki. No se despertó hasta la tercera llamada, pero saltó de la cama cuando Alberto lo puso al corriente  y lo apremió, se puso los zapatos y salió corriendo a por Samina.

Samina y Luís se habían quitado sus respectivos pijamas y vestido con ropa de calle a escondidas de sus padres, tal y como habían convenido en la reunión del dojo al trazar su plan. Samina vivía en la primera planta, por lo cual, utilizando el clásico sistema de las piedrecitas en la ventana, evitaron que sus padres se despertaran. En apenas diez minutos llegaron al punto de vigilancia, pero allí no había nadie. Probablemente Ham y Alberto se habían visto obligados a subir a casa de Irma para ayudarla. Se miraron mutuamente con preocupación a pesar de que ya estaba prevista esa posibilidad en el plan trazado. Si al llegar al punto de encuentro no encontraban a nadie, debían acudir lo más rápidamente posible al apartamento de Irma. Como confirmación de sus miedos, oyeron un ruido, como de algo frágil que se rompía: cristales, loza o algo así. Después, gritos y ruido de lucha que provenían de lo alto del edificio. Sin darse tiempo a pensar y sin conceder al miedo la oportunidad de paralizarlos, salieron corriendo hacia el portal del edificio. La puerta estaba abierta y se veía a simple vista que la cerradura había sido forzada.

El edificio no disponía de ascensor. Llegaron a la cuarta planta jadeantes y bañados en sudor. Cuando entraron en casa de Irma, la escena que presenciaron parecía extraída de una peli de terror. Luís casi esperaba que alguien dijera: «¡Corten! Buena toma». Pero por desgracia, nadie pronunciaría esa frase. Aquello era real. Había que reaccionar y además, tenían que hacerlo rápido.

Por su parte, Samina Jamás imaginó que podía ser testigo, y menos aún protagonista, de algo así. Miró a su alrededor para hacerse una composición de lugar que le ayudara a decidir la mejor forma de actuar. En aquel escenario se desarrollaban dos escenas simultáneas. A su derecha, en un corredor que daba a la entrada, Irma estaba arrodillada en el suelo junto a su tío, que yacía inconsciente. Presionaba con todas sus fuerzas una toalla sobre el abdomen del hombre mientras gritaba algo a la que sin duda era su madre. Pero la pobre mujer estaba paralizada. Tenía los ojos clavados en el individuo que años atrás la había intentado asesinar y que había vuelto para completar el trabajo. El cerebro de Samina empezó a recuperarse del shock y consiguió decodificar los sonidos que le llegaban a través de sus oídos.

—¡Mamá! ¡Llama a la policía! ¡El tío se va a desangrar y ese loco va a matar a mis amigos! ¡Mamá, por favor! —gritó Irma.

Aquellas palabras desesperadas de Irma obligaron a Samina a mirar hacia su izquierda. El panorama que se le presentó no era mucho mejor. El padre de Irma intentaba lanzar por la ventana del salón a Hamdi, atenazando su cuello con las dos manos y empujándolo hacia afuera. El chico se agarraba con las dos manos al marco de la ventana. Alberto trataba de ayudarlo repartiendo sus fuerzas como podía. Con la mano derecha agarraba a Hamdi de un brazo y estiraba hacia sí para evitar que cayera al vacío mientras que con su brazo izquierdo rodeaba el cuello de aquel asesino y lo apretaba intentando cortar su respiración. De vez en cuando, le propinaba un golpe de rodilla en el abdomen o en la pierna derecha, que el energúmeno acusaba, pero no conseguía que soltara a Ham. En el suelo, a un par de metros del trío combatiente, brillaba un cuchillo de grandes dimensiones con restos de sangre. Hamdi y Alberto debían haberlo desarmado antes de que se cebara con el primero. Los músculos de Alberto se marcaban contra su camiseta al cien por cien de su capacidad. Era un chico muy fuerte, pero al fin y al cabo solo tenía catorce años. Y aquel hombre hecho y derecho tenía la complexión de un buey. A cada rodillazo de Alberto respondía con un golpe demoledor de su codo derecho en el abdomen del muchacho. No obstante, este no estaba dispuesto a permitir que su amigo cayera al vació y no aflojaba la presa.

Luís había reaccionado antes que Samina y corrió en ayuda de Alberto y Hamdi. Se colocó justo detrás del padre de Irma y le dio una potente patada circular[1] en las costillas, aprovechando que quedaban descubiertas al mantener sus brazos ocupados intentando lanzar a Ham a la calle y luchando con Alberto. Se oyó un fuerte grito de dolor y el exconvicto soltó instintivamente a Hamdi para proteger el punto que había sido golpeado. Alberto aprovechó para ayudarlo a volver a tierra firme. Tiró de él con tanta fuerza que los dos cayeron como dos fardos, uno encima del otro. Hamdi sufrió un violento ataque de tos como consecuencia de la estrangulación a la que había sido sometido. Los dos estaban rendidos de dolor y cansancio. Luís no podría contar con ellos hasta que se recuperaran mínimamente, así que se preparó para otra dura batalla. Aquel hombre era mucho más fuerte que él, así que no le concedió la oportunidad de reponerse del golpe y volvió a atacarle con un puñetazo circular en el rostro. Siguió atacándolo con puños y piernas, con toda la fuerza de la que era capaz, con la leve esperanza de noquearlo antes de que pudiera reaccionar. Justo cuando pensaba que lo iba a conseguir, el hombre bloqueó uno de sus golpes y atrapó su brazo. Inmediatamente Luís notó cómo la presión detenía la circulación de la sangre y su mano comenzaba a adormecerse, mientras una zarpa le atenazaba el cuello, lo levantaba en vilo y lo lanzaba por los aires. Mientras se preparaba para el golpe que iba a sufrir al chocar contra la pared e intentaba girar para que su cabeza no impactara contra ella, oyó una voz femenina que decía:

«¡Por favor, necesitamos ayuda! Mi exmarido ha apuñalado a mi hermano y nos quiere matar a todos. ¡Vengan rápido!».

[1] Mawashi geri

La voz de la madre de Irma hizo salir a Samina de su estado de pánico. Cuando comenzó a moverse, el padre de Irma lanzaba a Luís por los aires y este se estrellaba contra la pared, produciendo un ruido que la hizo estremecer. Temió que a Luís se le hubieran partido todos los huesos del cuerpo. Cuando se hallaba a un par de metros de aquel salvaje, dio un salto y le propinó una patada en el abdomen que lo lanzó contra la pared. Samina se colocó en posición de combate dispuesta a no permitir que esa bestia se acercara a sus maltrechos amigos. La voz de Irma sonó extrañamente serena:

—Deja a mis amigos, cobarde. Lucha conmigo.

Samina oyó entonces por primera vez la voz de aquel monstruo. Le sorprendió comprobar que era agradable. Posiblemente en su juventud había sido un seductor que había embaucado a la madre de Irma con sus encantos; entre ellos, aquella voz de actor de cine.

—Mantente al margen. No quiero hacerte daño.

—Ya me lo hiciste  —replicó su hija, lanzándose contra él.

La fiereza de Irma lo sorprendió. Comprobó que no quedaba ni rastro de la niña desvalida que hirió cuando intentaba asesinar a su madre hace años. Se cubrió mientras su hija lo atacaba con potentes golpes de pierna, puño y codo. Uno de ellos consiguió eludir la guardia del hombre e impactó en pleno rostro. Comenzó a sangrar profusamente. La expresión de perplejidad del hombre habría sido cómica en otras circunstancias. No esperaba tanta fuerza y tanta rabia en su hija. Samina se unió a Irma y comenzó a golpearlo en las piernas y el abdomen. El hombre ya no estaba tan seguro de sí mismo y esta sensación se intensificó cuando vio que Hamdi y Alberto se estaban recuperando y se disponían a unirse a las dos chicas. Al verse acorralado, dio un fuerte empujón a Irma, que salió despedida a varios metros de distancia y cayó al suelo. Y entonces vino lo peor. Samina se descuidó y se volvió, mirando a Irma, preocupada por ella. Hamdi y Alberto ya estaban de pie, pero antes de que pudieran evitarlo, el padre de Irma dio a Samina un demoledor puñetazo en la cabeza.

—¡Samina! —gritó Alberto, y se lanzó en plancha para intentar evitar que la muchacha se diera un nuevo golpe en la cabeza, pero llegó tarde y se oyó un fuerte sonido al chocar el cráneo contra el suelo del salón, tal y como había temido. Al oír el golpe y ver el cuerpo de la chica inerte, dominado por la furia, Hamdi se impulsó echando mano de la potencia de sus piernas biónicas y saltó sobre el padre de Irma. Consiguió derribarlo, con tal mala fortuna que fue a caer justo al lado del cuchillo que poco antes le habían arrebatado. Deshaciéndose de Hamdi de un manotazo, se apoderó del cuchillo de nuevo y se puso en pie.

Luís no había llegado a perder el conocimiento. Entre brumas, había presenciado todo lo que había pasado desde el momento en que había sido lanzado contra la pared. Sin embargo, no había podido intervenir de nuevo, pues el tremendo golpe en la espalda lo había dejado sin respiración. Cuando el dolor comenzó a remitir y el oxígeno volvió a penetrar en sus pulmones y en su cerebro, vio cómo Samina era golpeada sin piedad y cómo su cabeza impactaba contra el suelo. Supo que era mucho más grave que el primero. Samina ya estaba inconsciente antes de tocar el suelo y no pudo prepararse ni atenuarlo de ninguna forma.

Los sentidos de Luís se habían agudizado dolorosamente. La pelea había acabado con casi todas las luces de la estancia, pero a pesar de ello, percibió una gran luminosidad. No se detuvo a analizar el hecho. Dirigió su mirada y su furia hacia el padre de Irma, que blandía de nuevo el cuchillo y se disponía a utilizarlo contra Alberto y Hamdi. Los dos chicos se dirigían temerariamente a su encuentro, codo con codo, sin estrategia alguna. El dolor y la rabia les nublaban el juicio y eso podía costarles la vida. A su izquierda, Irma se había puesto en pie y se dirigía al grupo dispuesta a luchar, tan fuera de sí como los otros dos. No en vano, el Sensei les había advertido del peligro de dejarse llevar por la rabia en un combate. Había que controlarla y dejarla libre en el momento adecuado. La furia de Luís era tan intensa como la de sus amigos, pero se obligó a seguir el consejo de su maestro. La sujetó como a un corcel fogoso pero bien adiestrado. Todo transcurría para él en cámara lenta, como si estuviera a kilómetros de allí; y a la vez, era capaz de ver con claridad cada detalle de la escena. Irma estaba a punto de atacar a su padre. Este había echado hacia atrás el brazo que empuñaba el cuchillo para asestar una puñalada a Hamdi o a Alberto; tal vez a ambos. Si era diestro con el cuchillo, podía matarlos a los dos en un par de movimientos.

«¡Ahora!» se dijo. La palabra resonó en su mente, pero sus labios no se movieron. Dio la orden como si en su interior hubiera algo o alguien diferente de sí mismo que estuviera bajo sus órdenes. Soltó las riendas del corcel y lo dejó libre. Volvió la sensación de escisión que había sentido durante la última pelea con los Khan, pero amplificada mil veces y sintió cómo algo salía de su interior a gran velocidad, pasando desde su vientre hasta su cerebro, siendo catapultado finalmente al exterior.

El padre de Irma salió despedido sin razón aparente y sus casi cien kilos impactaron contra un mueble estantería que había en la pared del salón situada a su espalda. Como si lo hubiera arrollado un camión a toda velocidad, el cuerpo del hombre prácticamente se incrustó en el mueble, que se desintegró a consecuencia del impacto y se derrumbó en su totalidad sobre él, tanto su estructura como su contenido: libros, jarrones, marcos con fotografías y otros adornos diversos. Al quedar vacío el espacio que una fracción de segundo antes había ocupado el cuerpo de su padre, el golpe de Irma no encontró su objetivo y la inercia le hizo perder el equilibrio. Chocó con Hamdi, que la sujetó por la cintura, evitando así que cayera. Durante varios segundos, no pudieron apartar la mirada del hombre inconsciente que yacía semienterrado bajo un montón de libros, trozos de madera astillados y fragmentos de adornos irreconocibles. Seguidamente, se volvieron hacia Luís y lo miraron como si acabaran de ver a un alienígena descender de su nave. Este los miró a su vez.

—Dejad de mirarme así y atadlo —ordenó.

—Vamos, atadlo —repitió, pues ninguno de los tres se había movido.

Al fin reaccionaron y Ham fue a buscar algo que sirviera de atadura mientras Alberto colocaba boca abajo al padre de Irma, agarraba sus brazos y los inmovilizaba sentándose sobre su espalda por si acaso despertaba antes de que volviera Hamdi. No lo hizo y lo maniataron sin problemas.

Mientras tanto, Irma comprobaba el estado de Samina e intentaba despertarla infructuosamente.

—Está mal —dijo Luís mientras se ponía en pie trabajosamente, haciendo muecas de dolor.

Irma lo miró con lágrimas en los ojos.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé —miró a Irma con impotencia, intentando transmitirle que no podía explicarlo.

A los pocos minutos, llegó la policía junto a varias ambulancias.

Los sanitarios trasladaron a los heridos rápidamente a sus vehículos. Irma localizó a la jefa de los sanitarios, o al menos así se lo parecía, porque era la más mandona. Le preguntó por el estado de su tío y de Samina.

—¿Cuál de los dos hombres es tu tío? —preguntó la aludida con impaciencia y frialdad.

—El que han apuñalado.

—Está bien. Ha sangrado mucho, pero la herida no parece haber afectado ningún órgano importante. Hay que hacerle unas cuantas pruebas para confirmarlo, pero yo creo que se recuperará.

—¿Y mi amiga?

—La niña es otra cosa. Está en coma. Hay que llevarla al hospital urgentemente y hacerle pruebas, así que si me disculpas…

—No es una niña —espetó Irma, indignada por el tono insensible de la médico.

Esta le echó una mirada despectiva y no se dignó responder. Subió a la ambulancia, que partió a toda velocidad con las sirenas rasgando el silencio de la noche.

Los cuatro amigos acudieron al hospital al que habían llevado a Samina. Estaban magullados, pero no tenían lesiones de gravedad. Se trataba del mismo hospital en el que estaba ingresado el Sensei, pues el apartamento de Irma se encontraba de donde vivía el Sensei. Estaba a punto de recibir el alta, pero aquella noche aún la pasaría allí. Hamdi, Alberto y Luís se mantuvieron cerca de los padres de Samina, que estaban descompuestos. Irma se unió a ellos una vez le confirmaron que la vida de su tío no corría peligro. Estaba consciente y su madre estaba con él. Irma tendría que ir de vez en cuando para atender a su familia, pero no quería separarse de Samina. No obstante, se mantenían a una distancia prudencial, para evitar la posibilidad de que estos les hicieran preguntas que no sabían cómo responder, pero sobre todo por respeto.

Llevaban ya un buen rato en silencio cuando Hamdi los sorprendió con una pregunta que ninguno de ellos se había atrevido a formular todavía:

—¿No vamos a hablar de lo que ha pasado en casa de Irma?

—¿A qué te refieres? —preguntó a su vez Irma.

—¡Vamos! Lo sabes perfectamente, los tres lo sabéis. Tu padre acabó incrustado en ese mueble tan bonito que había en tu salón, que acabó hecho puré, igual que tu padre. ¿A todo el mundo le parece normal menos a mí? ¡Venga ya!

—No, claro que no —dijo Alberto. Dicho esto posó su mirada sobre Luís, que permanecía callado, con los brazos cruzados y la mirada baja. Irma y Hamdi también lo miraron.

—¡Qué! —exclamó Luís a la defensiva.

—¿Cómo que qué, tío? Que nos has salvado la vida ­—respondió Alberto.

—Pues no me miréis como a un bicho raro.

—Es que eres un bicho raro, pero no pasa nada, yo también lo soy —aclaró Hamdi—. Mis piernas son de una aleación metálica especial que obedecen a las órdenes que les doy con mis movimientos de cadera. Eso no es nada normal, hombre.

—Todos lo somos. Yo tengo esta cicatriz en medio de la cara y ya habéis visto la familia que tengo —se sumó Irma.

—Yo no tengo cicatrices, ni piernas biónicas, ni lanzo a la gente por los aires sin tocarla, pero también me siento así y solo me encuentro totalmente bien cuando estoy con vosotros —Alberto no solía abrirse a los demás y de alguna forma se sintió desnudo ante sus amigos. Hamdi le sonrió agradeciéndole su sinceridad y le dio un golpecito en la rodilla. Esto tranquilizó a Alberto.

—Pues no sé vosotros, pero yo me muero de curiosidad por saber qué fue eso —insistió Hamdi y todos volvieron a clavar sus miradas en Luís. El chaval se dio cuenta de que no iba a poder eludir por más tiempo las preguntas. Así que, aunque empezaba a estar cansado de describir cosas que no acababa de entender, claudicó y comenzó a describir lo que había sentido y cómo salió aquella fuerza de su interior.

—¡Menuda caña! Eres como la niña de Ojos de fuego, tío.

—¡Eh! —exclamó Irma—. ¿Lees a Stephen King?

—Claro, no soy un analfabeto. A veces leo y todo —respondió Alberto, agraviado.

—A mí me encanta —respondió Irma entusiasmada, haciendo caso omiso del ofendido comentario.

—Telequinesis —interrumpió Hamdi. Los demás lo miraron sorprendidos—. ¿Creéis que los africanos no leemos a Stephen King?

El comentario provocó las carcajadas de todos. La gente que había en la sala de espera los miró indignada y una enfermera les dirigió un potente «¡Chisst!» que las interrumpió de inmediato.

—Eres un tío telequinético —dijo Irma en un susurro.

—Y telepático —añadió Ham—. La llamada que oímos durante la pelea con los Khan era eso: telepatía

—Y simpático —se unió Alberto– y atlético y apático y atípico…

Alberto comenzaba a recuperarse del trauma y volvía a ser él. Habría seguido así si Irma no le hubiera dado un buen golpe en un brazo, reprimiendo la risa. El humor era la forma con la que Alberto combatía los problemas y la tristeza, y era tremendamente eficaz para él y para los que tenía a su alrededor. Ninguno de los cuatro había olvidado la gravedad del estado de Samina ni al tío de Irma, pero al fin y al cabo eran adolescentes.

La sonrisa de Irma desapareció de pronto.

—¡Hablemos con el Sensei! Ya ha amanecido. Puede que haya despertado.

El tono de Irma sobresaltó a los tres chicos.

—¿Ahora quieres hablar con él? —preguntó Luís, extrañado por el repentino cambio de parecer.

—Sí, ahora sí —respondió Irma, con expresión triste de nuevo.

La intuición de la chica era acertada. La puerta de la habitación estaba abierta, las cortinas descorridas y la incipiente luz del día penetraba en la habitación.

La primera en entrar fue Irma, seguida de cerca por los demás. Al Sensei se le iluminó el rostro al verlos, pero no pudo decir más que «¡Hola, chicos!», antes de que Irma se abalanzara sobre él y lo abrazara, estallando en sollozos. El Sensei la abrazó a su vez intentando calmarla y miró alarmado a los demás.

—¿Los Khan otra vez? —preguntó.

—No, peor aún —respondió Luís.

—Todo ha sido culpa mía. Los puse a todos en peligro y ahora Samina está muy mal.

—¿Samina? A ver, Irma, no sé lo que ha pasado pero primero desahógate. Cuando estés más calmada, me lo contaréis.

Cuando Irma se hartó de llorar y empezó a tranquilizarse, el Sensei pidió a los tres chicos que le contaran lo que había ocurrido. Comenzó Alberto, que en esos momentos parecía el más sereno de todos. A mitad relato, el Sensei lo interrumpió:

—¿Por qué no me avisasteis?

—Irma no quiso —dijo Hamdi—, le preocupaba que te pasara algo grave porque todavía no estabas recuperado.

—Irma, te agradezco que te preocupes por mí, pero deberías habérmelo contado.

Irma volvió a llorar e inmediatamente el Sensei se arrepintió de sus palabras.

—Lo siento, Irma. Hiciste lo que creíste correcto. Lo hecho, hecho está y hay que centrarse en solucionar el problema. Mirar atrás no tiene sentido.

Irma recobró la calma y Alberto continuó su relato hasta el final.

—¿Y dices que no lo tocó? —preguntó el Sensei a Alberto, llegada la parte en que Luís tumbó al padre de Irma.

Alberto asintió.

—Era imposible —corroboró Hamdi—, estaba a cuatro o cinco metros de él por lo menos, tirado en el suelo.

El Sensei dirigió a Luís esa mirada penetrante y escrutadora que tanto conocían sus alumnos. El chaval bajó la suya, como si se avergonzara de algo.

—En fin —dijo el Sensei con tono enérgico—, ya nos ocuparemos de eso más tarde. Ahora hay que hacer algo por Samina.

Apartó las sábanas, se puso en pie y pulsó el botón de llamada que había junto a su cama.

—Disculpe, pero tengo que marcharme y deseo firmar el alta voluntaria —dijo cuando llegó la enfermera.

—Pero si esta tarde tiene que venir el doctor —respondió la enfermera, desconcertada—. Se le ve a usted bien, pero el doctor debe confirmar su alta.

—Como bien dice, me encuentro perfectamente y el doctor prácticamente me aseguró que me daría el alta. Es una mera formalidad. Me ha surgido un asunto de vital importancia. Le agradezco su interés, pero  debo marcharme inmediatamente. —El tono del Sensei era firme y decidido.

La enfermera echó un rápido vistazo a los cuatro adolescentes, que no presentaban muy buen aspecto, y se encogió de hombros.

—Usted mismo —dijo finalmente—. Iré a por el formulario de alta voluntaria.

—Muchas gracias.

Cuando el Sensei se vistió y salió de su habitación, Irma preguntó:

—¿Adónde vamos?

—Al dojo.

—Pero Samina… —objetó Irma.

—Poco podemos hacer por Samina aquí. Si está tan grave como decís, su vida está en manos de los médicos… de momento —puntualizó enigmáticamente. Si me acompañáis al dojo os explicaré mejor mi plan. Aquí no puedo hacerlo.

Los chicos asintieron.