III. Kodama

III. Kodama

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III. Kodama

El fuego se apagó. Samina casi pudo ver el vapor que emergía de los ojos de Luís. Obligó a su mente a bajar la espada de fuego que blandía su mirada, por el bien de su amiga. Trazó con la cabeza un arco de negación casi imperceptible. Samina volvió a llorar. A través de la cortina de lágrimas que hacía bailar a sus amigos al son de su tristeza y de su miedo, vio cómo sus expresiones cambiaban, arrastradas por sus miradas, que se dirigían a algún punto situado a la derecha y por detrás de ella.

Al cabo de unos instantes, dejó de sentir el contacto de la hoja del cuchillo sobre su garganta. El cuerpo del hombre temblaba, de la misma forma que lo harían los brazos de dos contrincantes durante un pulso. Miró de reojo, sin atreverse a girar el cuello y sus impresiones se vieron confirmadas. La mano que empuñaba el cuchillo se separaba espasmódicamente de ella, a pesar de la fuerza con la que el hombre se resistía. Algo o alguien lo estaba obligando a alejar el cuchillo de su cuello. Sus amigos permanecían frente a ella, a unos metros de distancia, inmóviles y pálidos. Parecían hipnotizados por la escena que estaba desarrollándose a su espalda, fascinados y aterrados a la vez. Samina, libre ya de la amenaza de la afilada hoja, se atrevió a mirar hacia su derecha. La mano que empuñaba el machete, ya estaba lejos de su cuello; el brazo del despreciable sujeto permanecía forzado y estirado al máximo, con todos los músculos tensos, las venas marcándose contra la piel, señal de que el hombre estaba ejerciendo toda la fuerza de la que era capaz para liberarse de la presa que lo mantenía en esta posición. La responsable era una enorme mano que atenazaba su muñeca, una especie de zarpa pálida y sin pelo, ligeramente verdosa, de dedos gruesos y cortos, por lo cual Samina abandonó de inmediato la idea de que fuera algún animal. El furtivo era un hombre fornido y musculoso, pero sus esfuerzos eran vanos. No podía competir con la fuerza de aquella mano-zarpa misteriosa. Fue obligado a girar sobre sí mismo por una fuerza incontestable. La inercia del giro lanzó a Samina a tierra, algo que no le importó en absoluto a pesar de los arañazos que sufrió. Había quedado libre y ahora su objetivo principal era saber qué estaba ocurriendo, quién la había salvado y por qué.

El furtivo no podía oponerse a tan descomunal  fuerza, sin comprender todavía lo que estaba pasando. La presión se intensificó de tal forma que se vio privado de aire. Abrió sus ojos desmesuradamente, buscando el origen de aquella brutal presa. Hubo de forzar sus ojos para poder mirar hacia abajo, pues la zarpa mantenía su cuello inmovilizado. Descubrió a un ser de un tono blanquecino, poco más alto que la niña a la que se había visto obligado a soltar hacía pocos segundos. A pesar de su reducida estatura era increíblemente fornido; sus brazos, desproporcionadamente largos y recios. Todo ello contrastaba con una faz pálida y aniñada carente de boca. Por más que lo golpeara con puñetazos y puntapiés, no se inmutaba. Así pues, el hombre renunció a la lucha y aceptó su muerte. Esta vez la presa era él.

—No lo hagas, por favor —la aguda voz de Samina rompió el lúgubre silencio que reinaba en el bosque.

El enigmático ser se volvió bruscamente hacia Samina. La muchacha esperó ver cólera en su mirada, pero se tranquilizó cuando vio que la expresión de los ojos del kodama (estaba segura de que era uno de ellos) expresaba dulzura.

—Para algunas personas es mayor castigo seguir vivas que morir —continuó—. Su ruindad se vuelve contra ellas. Déjalo vivir, por favor.

Instantáneamente el kodama soltó al cazador, que cayó como un fardo a los pies del gran árbol, semiinconsciente. El Sensei aprovechó para maniatarlo con la cuerda que llevaba en su mochila, ayudado por Irma y Alberto.

La intensidad de los acontecimientos no les había permitido percatarse de que otros seres idénticos al que había salvado la vida a Samina, habían aparecido sigilosamente, congregándose cerca de su compañero. Su aspecto era enternecedor. Parecían bolas de algodón de feria de ojos tan dulces como su sabor. Samina sonrió, observándolos uno a uno. Permanecían inmóviles devolviéndole la mirada. La muchacha se volvió hacia el Sensei sin dejar de  sonreír.

—Son kodamas, ¿verdad?

—Supongo que sí.

El aludido había relatado aquella historia mitológica que tanto había fascinado a Samina, como quien lee Blancanieves y los siete enanitos a su hija antes de dormir. Hasta ese momento, no había creído en la existencia de tales seres ni pensaba que Samina lo hubiera tomado en serio. Respondió con el tono de alguien que no está plenamente convencido de su afirmación, pero no encuentra otra explicación mejor. Aquello era suficiente para Samina, eran kodamas.

—Me gustaría darle las gracias. ¿Me entenderá?

—Hay mensajes que son universales y no necesitan palabras. Te harás entender.

Samina se aproximó a la criatura que le había salvado la vida temerosa pero dispuesta a hacerse entender, como le había dicho el Sensei. Estaba pensando a qué demonios se referiría con aquello de “hay mensajes que son universales”, cuando aquel ser señaló con uno de sus gruesos dedos el árbol del símbolo del Kintsugi Dojo estampado en la camiseta de la muchacha. Seguidamente se agachó y manchó de tierra húmeda ese mismo dedo. Se irguió de nuevo, dibujó un círculo a la altura del corazón de Samina y otro en su frente. Esta, ya más relajada, recobrada su espontaneidad, se dirigió de nuevo al kodama, mientras le sonreía:

—Gracias por mancharme la cara y la camiseta.

Aquel increíble ente no tenía boca. Sin embargo, Samina supo que había entendido la broma. Observó cómo se formaban unos hoyitos en cada una de sus mejillas, que le recordaron a pequeñas ondas en el agua, como las que se forman en los charcos cuando llueve o cuando lanzas una piedra a un río. Después agarró su rostro entre sus manos y las ondas de sus mejillas se ampliaron. Las mismas manos que habían estado a punto de aplastar la tráquea de aquel indeseable, mostraban ahora una delicadeza que emocionó a Samina. Una lágrima brotó de su ojo izquierdo y resbaló hasta llegar a una de ellas. La criatura la retiró del rostro de Samina y observó atentamente cómo la lágrima rodaba por el dorso. Súbitamente, el reflejo de la lágrima se intensificó cientos de veces, haciendo entornar los ojos a todos los presentes excepto a Samina, que visualizó una serie de rápidas imágenes de diferentes animales, árboles, ríos, montañas y otros parajes. Cuando concluyó esta suerte de proyección en su mente, Samina se abalanzó sobre el Kodama  y lo abrazó. Sintió cómo algo de él pasaba a su ser y la colmaba de una gran emoción. Cuando se separaron, el kodama avanzó tranquilamente hacia el resto del grupo, que permanecía a una respetuosa distancia de la escena. Se detuvo frente a Hamdi y posó cariñosamente sus manos en las mejillas del muchacho tal y como había hecho con Samina. Inclinó con delicadeza la cabeza del chico hasta que sus frentes se juntaron. Después se separó ligeramente y señaló sus piernas biónicas con ambas manos abiertas. Un resplandor espectral de un tono verdoso idéntico al de su piel cubrió las piernas biónicas de Hamdi, y apareció un dibujo en ambas: era la cabeza de su tótem. El brillo se fue apagando hasta desaparecer casi por completo, pero el aspecto de las piernas había cambiado. Parecían más humanas. Hamdi miró intensamente al ser y estrechó una de sus enormes manos aparentemente algodonosas entre las suyas. Los hoyitos volvieron a dibujarse en las mejillas del kodama. Caminó unos pasos y volvió a detenerse frente a Luís. Este y el kodama se miraron largamente. En los ojos de Luís no había miedo. Parecía estar produciéndose un diálogo silencioso entre los dos. Finalmente, el kodama repitió el ritual que había llevado a cabo con Hamdi. Cuando separó su frente de la de Luís, el chico sonrió sin dejar de mirar los ojos del kodama y posó sus manos sobre los hombros del curioso ser. Cuando finalizó el peculiar abrazo, el kodama retrocedió unos pasos abriendo la vista a todo el grupo a modo de despedida, mirando intensamente a cada uno de sus miembros. Finalmente, dio media vuelta y se encaminó hacia sus compañeros. Su forma de andar bamboleante era realmente graciosa. De no haber presenciado los recientes sucesos, jamás habrían creído que aquellos seres fueran tan fuertes y audaces. Los kodamas continuaron caminando hacia sus hogares, los árboles, y se volvieron a fundir con ellos. En un instante los veían alejarse y al siguiente, ya no estaban. El grupo quedó en silencio, sus miradas clavadas en el lugar por el que habían desaparecido los kodamas. Cuando lograron salir de su ensimismamiento, el Sensei recordó que el otro furtivo permanecía en el bosque y podía haber despertado.

Samina y Alberto se quedaron vigilando al asesino maniatado, aunque era muy improbable que pudiera escapar. El Sensei fue a comprobar si su compinche seguía allí, acompañado del resto de muchachos. Llegaron justo a tiempo, pues el segundo furtivo comenzaba a moverse e intentaba incorporarse, aunque con escaso éxito. Todavía estaba atontado y débil. Su estado de aturdimiento le impidió presentar resistencia. Fue fácil volverlo a reducir y atarlo a uno de los árboles. Entre todos arrastraron a su compañero hasta allí y los colocaron juntos para no tener que dividirse. Estuvieron un buen rato sin quitarles los ojos de encima hasta que llegaron los guardas forestales acompañados por una patrulla de la Policía Rural, que se llevó detenidos a los dos furtivos. Afortunadamente, Alberto había tenido éxito en la misión que le había encomendado el Sensei: buscar un punto lo más elevado posible en el cual hubiera cobertura para avisar a las autoridades. Después de varios intentos, consiguió una rayita en el indicador de cobertura e intentando moverse lo mínimo, no sin dificultades, pudo comunicar con el teléfono de emergencias.

Los guardas forestales trasladaron al grupo al camping. El Sensei y los chicos se deshicieron en agradecimientos, pues estaban exhaustos y ya había anochecido. Después de la cena, formaron un corro y comentaron lo sucedido, como solían hacer en el dojo.

—Qué casualidad que nos contaras la historia de los kodamas  y un rato después nos topáramos con ellos ¿no? —observó Samina.

—Hace mucho tiempo que dejé de creer en las casualidades —respondió el Sensei—. Era nuestro destino encontrarnos con ellos, estoy plenamente convencido. Te dio algo, ¿verdad?

—Sí. —Resultaba extraño ver a Samina tan circunspecta—. Pero no acabo de entender qué es ni por qué me lo dieron.

—Le rogaste que no acabara con la vida de alguien que acababa de amenazar la tuya. Aunque mi mente se niega a aceptar que fueran kodamas, fueran quienes fueran, aquellos seres demostraron que castigan el desprecio por la vida y por la naturaleza en la misma medida que premian el amor y el respeto por ellas. Sin embargo, tengo la impresión de que su jefe te estaba probando.

—¿Probándome? —se extrañó Samina.

—Sí. Mi conclusión está basada en puras intuiciones, pero esos seres no tenían pinta de asesinos. El que te salvó no creo que tuviera la intención de matar a aquel hombre, por despreciable que fuera. Solo quería darle un buen escarmiento, pero prolongó la presa para provocar tu reacción. Como te decía, no creo que fuera una casualidad. Puede que estos seres ya quisieran contactar contigo, o con todo el grupo, no estoy seguro. Tal vez el incidente con los furtivos no hiciera sino adelantar ese contacto.

—¿Por qué habrían de tener tanto interés en contactar con nosotros?

—Eso no lo sé. Pero si no me equivoco, lo descubriremos con el tiempo.

—¿Qué te dio, Samina? —preguntó Irma.

La aludida tardó unos segundos en responder.

—Es un poco difícil de explicar. Pasaron unas imágenes por mi mente como si me hubieran puesto delante una pantalla de cine. Vi árboles, animales, sentí el viento, el agua, el calor del sol, sentí el planeta entero, y que yo tenía una gran responsabilidad con todo ello. La última imagen fue la de una loba. Sentí que estaba unida a ella, aunque era la primera vez que la veía

—Samina se encogió de hombros y miró a sus amigos avergonzada—. No sé explicarlo mejor, lo siento.

—¿Y a ti, Luís?

La pregunta sobresaltó al muchacho, turbado como estaba por la mención de la loba. Bajó los ojos y guardó silencio.

—Perdona —dijo Irma—, estoy siendo demasiado curiosa. No tienes por qué contarlo si no quieres.

Luís se apresuró a corregirla.

—No, no es eso. Quiero contároslo, pero me pasa como a Samina. No sé cómo hacerlo. Y me avergüenzo de los sentimientos que el kodama vio en mí. Vio rabia y odio. También vio mi vergüenza cuando sentí que él podía ver dentro de mí, pero no me juzgó. Sentí su comprensión y eso me tranquilizó. Me dijo que todos los seres humanos tenemos luces y sombras, que en todos los seres hay una lucha interna entre esas dos partes, y que en mí era muy intensa, pero sabía que yo acabaría haciendo lo correcto. Me dio su apoyo y su afecto. Fue una pasada. —De pronto, se volvió hacia Alberto y le dijo impulsivamente:

—No te burles, ¿vale?

—Claro que no. No iba a hacerlo, hombre.

A Alberto le afectó profundamente la reacción de Luís. Su amigo le creía capaz de burlarse en un momento así. Pensó que tal vez debiera replantearse su estilo irónico y bromista. Sin pretenderlo, estaba dañando a quienes más quería, transmitiendo una imagen de insensibilidad que no se correspondía con su interior.

—Oía sus pensamientos… —prosiguió Luís más tranquilo— Bueno, no los oía, los captaba con mi mente… —Se detuvo y resopló frustrado por no saber explicarse con la suficiente claridad.

—Tranquilo, te entendemos —dijo el Sensei.

Después de unos segundos, todas las miradas confluyeron en Hamdi. Había permanecido en silencio y su mirada era triste. Nadie lo presionó. Alguien dijo que tenía sueño y comenzaron a levantarse.

—Esperad. No es justo que Samina y Luís lo hayan contado y yo no.

—No pasa nada, Ham —dijo Luís.

—Sí, sí que pasa. No sería honrado —tragó saliva y continuó. Estaba claro que no le era fácil hablar de aquello. Sus amigos volvieron a tomar asiento—. Me consoló por aquello tan horrible que me dijo ese hombre.

La rabia de Samina se reavivó y dio un resoplido. El Sensei colocó una mano sobre la suya, en una demanda silenciosa de contención. Samina se calmó y escuchó a su amigo.

—Me dijo que aquel hombre y la gente como él son dignos de lástima, porque jamás conocerán el coraje y la fuerza necesarios para seguir viviendo después de lo que me pasó a mí, y que por eso no debo dejar que me afecten las burlas y la crueldad. Me dio un regalo: el dibujo del tótem. —Hamdi movió sus piernas para mostrarlo—. Me dijo que a partir de ahora las sentiré como si fueran las de antes, que ya forman parte de mí, y que podré hacer grandes cosas con ellas.

—Entonces, ¿por qué estás tan triste, Ham? —preguntó el Sensei en voz queda.

—Porque mi piel sigue siendo negra, y me seguirán insultando y rechazando por ello. Y por maravillosas que sean estas piernas y por mucho que las haya mejorado el kodama, siempre serán unas piernas biónicas, y yo un negro y un tullido.

—Pero bueno, ¡ya está bien! –El huracán Irma se había desatado. Se puso en pie ocupando el centro del corro frente a Hamdi–. Que te haya insultado ese malnacido y los idiotas del insti es terrible, pero aún lo es más que lo hagas tú mismo y hagas tuyas sus palabras. Ese tipo va a ir a la cárcel, y ya me encargaré yo de partir la boca de aquel al que se le ocurra volverte a decir algo así, pero que no oiga nunca más salir esas palabras de la tuya o te la parto también. ¿Te queda claro?

Hamdi miraba a Irma con los ojos muy abiertos.

—Madre mía, cómo se ha puesto la fiera —dijo Alberto.

Todos se rieron, incluso la propia Irma. Pero en un nuevo arrebato, avanzó hacia Hamdi y se arrodilló frente a él. El muchacho se apartó, temiendo que cumpliera su amenaza y lo abofeteara.  Irma lo agarró de los hombros firmemente.

—Sí, eres negro. ¿Y qué? Tienes piernas biónicas. ¿Y qué? Mira mi cicatriz, puedes verla de cerca.

Como Hamdi dudaba, Irma asintió firmemente, animándolo a que hiciera lo que le había pedido. Hamdi obedeció. Observó cuidadosamente la marca. Nacía en el centro de su frente como una pequeña hendidura profunda y limpia. Después se ensanchaba y sus bordes se hacían irregulares. Pasaba sinuosa entre sus ojos, y tras interrumpirse en la cuenca del derecho, renacía para estrecharse de nuevo y desaparecer definitivamente en la mejilla. Cuando Hamdi terminó de estudiar la cicatriz, clavó su mirada en los ojos de Irma.

—¿Y bien? ¿Me quieres menos ahora?

Hamdi movió la cabeza vehementemente de un lado a otro. «Todo lo contrario» pensó, aunque no se atrevió a decirlo en voz alta.

—Yo te quiero. Todos nosotros te queremos.

Dicho esto, Irma abrazó vehementemente a Hamdi. Este la abrazó a su vez, tan fuerte que la chica se quejó.

—¡Ah, bruto! —luego volvió a sonreírle y le dio un beso en la mejilla.

Después de un largo silencio, habló el Sensei. Lo hizo lentamente, y no solo para recalcar lo que decía, sino también por el cansancio que se adueñaba de él por momentos.

—Graba las palabras de Irma y del kodama en tu mente y no las olvides jamás. Eres una persona especial, fuerte, valiente y leal. Tus piernas te permiten saltar más alto, correr más rápido, golpear más fuerte. Aprovéchalo, no mires atrás, evoluciona. Eso es Naru. Y recuerda:

las cosas rotas pueden arreglarse y ser mejores que antes, eso es Kintsugi.

Las palabras del Sensei sirvieron para clausurar la reunión. Se pusieron en pie trabajosamente y se dirigieron a las tiendas de campaña. Estaban rendidos. Antes de que Luís entrara en la suya, el Sensei le dijo en voz baja:

—Luís, el kodama te dijo algo más ¿verdad?

Este asintió, bajando la mirada.

—Me dijo que el resultado de mi lucha era muy importante porque tengo un gran poder. Después me dijo que tenía fe en mí y que sabía que tomaría la decisión correcta. Me salté eso porque no quería que mis amigos pensaran que estaba presumiendo.

—Tu humildad te honra, Luís. Y no te sientas culpable. Recuerda la sabiduría del kodama. Nadie es enteramente bueno. Todos luchamos con algo oscuro que tenemos dentro. Te lo digo por experiencia propia. Buenas noches.

—Buenas noches.

A pesar del cansancio que sentía, Luís fue el último en dormirse. Las enigmáticas palabras del Sensei se repetían en su mente. Su mirada se había entristecido al pronunciarlas. ¿A qué se había referido con ellas?

A la mañana siguiente, cuando se disponían a partir hacia la estación de autobuses, el Sensei recibió una llamada. Sus alumnos lo observaban intrigados e inquietos, pero se tranquilizaron cuando lo vieron sonreír.

—Gracias por llamar. Los chicos se van a llevar una alegría. Adiós.

—Era uno de los guardas forestales que conocimos ayer. Al amanecer, han seguido el rastro del oso y lo han encontrado. Había perdido bastante sangre, pero lo han anestesiado y trasladado a sus instalaciones. Los veterinarios de allí lo están curando. Sobrevivirá. Tendrá que pasar una temporada en cautividad hasta que se recupere por completo, pero después volverá a su hábitat. Dicen que el oso está vivo gracias a nosotros. Bueno, sobre todo a esta señorita —dijo el Sensei señalando a Samina—, aunque también nos puso a nosotros y a sí misma en peligro.

Samina no sabía si dar rienda suelta a su entusiasmo o pedir disculpas por la reprimenda implícita del Sensei. Finalmente optó por la primera opción y sonrió de oreja a oreja. El Sensei también acabó por sonreír.

Unos días después, llegó el momento de que Irma pasara su examen. Con todo lo que se había esforzado, el sudor derramado y la experiencia que acababan de vivir, Irma lo superó sin problemas. Sus compañeros la felicitaron y la mantearon con una vieja lona que el Sensei había usado para proteger del polvo su automóvil cuando no podía pagar el seguro y hubo de guardarlo en el dojo. Ya no la utilizaba y estaba cuidadosamente plegada en el espacio que en el pasado le había servido de garaje y que actualmente servía de almacén para el material del gimnasio. La idea partió de Alberto, evidentemente. La transmitió a sus compañeros y pidió permiso al Sensei, que accedió con una sonrisa. Lanzaron a Irma lo más alto que pudieron hasta que el Sensei hubo de detener la celebración antes de que alguien resultara lesionado.

Llegó el fin de las vacaciones, y con él, el inicio del instituto y el primer entrenamiento del curso. Antes de comenzar, dedicaron unos minutos a contar qué habían hecho durante los últimos quince días. Hamdi, Irma, Samina y Alberto se quedaron en la ciudad con sus padres. Se habían visto, pero mucho menos que antes. También debían pasar tiempo con sus respectivas familias, comprar los libros, el material escolar, etc. Samina, además, había recibido la visita de una parte de su extensa familia residente en Marruecos. Pero los cuatro habían aprovechado para pensar en lo ocurrido durante la accidentada excursión que clausuró su estancia en Asturias. El incidente les impidió visitar el último y más espectacular de los lagos, algo que lamentaban. Pero a cambio, habían salvado la vida de un animal perteneciente a una especie en peligro de extinción. A estas alturas, el grupo había madurado lo suficiente como para tolerar las frustraciones y buscar la parte positiva cuando algo no salía como esperaban. No obstante, Alberto e Irma confesaron su decepción por el hecho de que el kodama no se acercara a ellos ni les diera ningún mensaje como había hecho con sus compañeros.

—No os sintáis excluidos. Acudió en ayuda de los que más la necesitaban en ese momento. La que le prestó a Samina es evidente, pero también percibió el sufrimiento de Hamdi y el de Luís.

Hamdi había pensado mucho en lo que le había transmitido el kodama y aunque todavía le quedaba camino por delante, parecía estar alcanzando cierta paz, aceptando su pérdida. Además, había aprovechado para probar los cambios que había obrado el kodama en sus piernas y estaba entusiasmado, porque sentía que desde entonces podía correr más rápido y moverse con más agilidad, seguridad y fuerza. Sentía que formaban parte de él y que las dominaba mucho mejor que antes.

Por su parte, Luís no lo había pasado demasiado bien. Como ya les había adelantado, pasó aquellos días con sus primos. Su actitud había sido tan insufrible como siempre y él hubo de echar mano de todo su autocontrol. La experiencia con el kodama le había ayudado, pero confesó que le costó trabajo controlarse y no acabar golpeando a alguno de ellos.

El Sensei lo felicitó y le dijo que eso también era karate, como siempre les había intentado transmitir. El buen karateka controla sus emociones.

El buen karateka controla sus emociones.

—Piensa que ahora eres mejor karateka que antes del verano. Superar las malas experiencias nos hace personas mejores y más fuertes.

Después del pequeño cónclave, el Sensei dijo a sus alumnos que debía comunicarles algo.

­—Hay una novedad para este nuevo curso. Yo también he pensado mucho en la experiencia con los furtivos. He decidido que además de karate, os voy a enseñar Kendo, el esgrima japonés. Algún día podría seros de utilidad —la sombra de preocupación que cruzó el rostro del Sensei al decir estas últimas palabras no pasó desapercibida a los muchachos.

—Pero Sensei, no podemos llevar siempre una katana con nosotros. O sea, es una pasada, pero no lo veo muy útil —objetó Alberto.

—Alberto, créeme, algún día os puede ser de gran utilidad, además de que permite entrenar habilidades que también os servirán para la lucha sin armas.

La explicación ambigua del Sensei no convenció mucho a los chicos. Intuían que guardaba algo para sí, pero la idea les entusiasmaba tanto que pronto lo olvidaron. «¡Vamos a emular a los antiguos samuráis! Será la caña» —pensó Alberto.

—No creáis que el hecho de que hoy sea el primer entrenamiento después del verano y no sepáis nada de Kendo, voy a ser clemente con vosotros. Mañana tendréis agujetas, pasado mañana también y posiblemente al día siguiente.

Un murmullo de fastidio surgió en el dojo, pero el Sensei sabía que en parte era postureo adolescente, pues era evidente que los alumnos estaban pletóricos e impacientes por aprender el arte japonés de la espada.

—Posiblemente —continuó—, mañana no podáis casi mover los brazos. Los sables de madera pesan lo suyo y no estáis acostumbrados a ese ejercicio. Pero no os preocupéis, pasará, como cualquier dolor de esta vida. —Hizo una pausa para dar tiempo a los chicos de captar el sentido de lo que acababa de decir. Después comenzó a introducirlos en los conceptos y movimientos básicos del arte de la lucha con sable. Sus alumnos lo miraban con admiración al comprobar que la habilidad de su maestro con la katana era mayor, si cabía, que con las técnicas de karate. Sus movimientos eran elegantes y vigorosos a un mismo tiempo.

Cuando llegó el turno de poner en práctica las técnicas del maestro, los muchachos se sintieron casi tan inseguros como en su primer entrenamiento de karate. Aquel día parecía tan lejano… Era como si se conocieran desde siempre.

Poco a poco, repetición tras repetición, fueron adquiriendo confianza y sus movimientos se hicieron más firmes. Regían los mismos principios que en el karate: disciplina, constancia, voluntad, concentración, dominio de la mente sobre el cuerpo. Al fin y al cabo no era tan distinto. Descubrieron que su cerebro se adaptaba rápidamente, moldeado ya por un año de intenso entrenamiento de karate.

Y paradójicamente, con cada golpe de aquellos palos de madera que simulaban armas afiladas y mortíferas, las heridas iban cicatrizando. Entre el sudor, el esfuerzo y el cansancio, en aquel dojo, las lágrimas, el miedo y el dolor quedaban atrás. Solo existía la lucha y el honor.

El árbol seguía creciendo y fortaleciéndose.

II. Vacas, osos y una chica con ganas de hacer pis

II. Vacas, osos y una chica con ganas de hacer pis

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II. Vacas, osos y una chica con ganas de hacer pis

Pasado el exabrupto de Luís, tuvieron la oportunidad de admirar varios lagos, cada uno de ellos de un tamaño y tonalidad diferentes. En cada ocasión se detenían, observaban su color y su forma desde diferentes perspectivas y distancias. Finalmente, se acercaban y tocaban el agua. Estaba helada. El baño estaba prohibido por diversas razones, una de ellas la seguridad, y más en un entorno tan salvaje. En los lagos pueden formarse corrientes y remolinos cuyo origen solo entienden los expertos. La segunda razón, no menos importante era la conservación. Permitir el baño implicaría un deterioro y un atentado contra la riqueza biológica y geológica del lugar. De cualquier modo, aún en el supuesto de que estuviera permitido, ninguno de ellos sentía el impulso de bañarse allí. La temperatura de las aguas y el color que, pese a la belleza mencionada, les confería un halo fantasmagórico al mantener oculto el fondo y cualquier ser vivo que habitara en ella, contribuían a desalentar a los hipotéticos bañistas. Al llegar a cada uno de los lagos, parloteaban e intercambiaban impresiones con entusiasmo. Después callaban y disfrutaban de las imágenes, sonidos, olores y demás sensaciones que la naturaleza les proporcionaba, tal y como se habían propuesto al principio del viaje.
Después de mediodía, se detuvieron a comer. Las bromas y risas hicieron su aparición y la mirada de Luís acabó por limpiarse por completo. El parque natural, con su belleza salvaje, se había aliado con sus amigos para disipar la tormenta. Alberto se mostraba especialmente ocurrente y el Sensei supuso que no era casualidad.
Después del festín (habían traído consigo comida suficiente para un par de regimientos) hubieron de reposar un rato. Más de uno disfrutó de una buena siesta. La comilona, el ejercicio y la paz del lugar eran una combinación perfecta para inducir el sueño. Samina fue una de ellas. Cuando despertó, le fue difícil recordar una siesta tan placentera y lo compartió con sus amigos.

—Te caía la baba —le dijo Luís.

Samina se rió.
Tras despertar a Hamdi, que roncaba como el ogro de Pulgarcito, reemprendieron la marcha. La intención era llegar al lago más grande y hermoso del parque. Llegarían en una hora u hora y media aproximadamente. Iban bien de tiempo. Todavía quedaban muchas horas de luz. Las suficientes para volver antes del anochecer. Aún así, debían estar pendientes del reloj y calcular bien el tiempo. El riesgo de las rutas, y sobre todo en lugares tan bellos como aquel, era que uno seguía y seguía caminando hasta que sentía el cansancio. Y entonces había que emprender la vuelta. Para no caer en el clásico error del senderista principiante era necesario dosificarse y planificar bien la ruta. Llegarían hasta su objetivo y volverían sin entretenerse. Que te sorprenda la noche a mitad camino es mala cosa, a no ser que seas un senderista experto y vayas muy bien pertrechado. En este caso, no se daban ninguna de las dos condiciones.
Al cabo de unos veinte minutos de reemprender la ruta atravesaron un prado repleto de vacas. Unas pastaban y otras permanecían tumbadas, como ellos mismos un rato antes.

Samina preguntó al Sensei si podía tocar alguna.

—Siempre que lo hagas lentamente, sin movimientos bruscos, no creo que haya problema.

Samina se acercó lentamente a una de las vacas, tal y como le había indicado el Sensei, cerciorándose de que la viera aproximarse, con cuidado de no sobresaltarla. Cuando estuvo a su lado, acarició suavemente el flanco del rumiante. Varias moscas que paseaban por él levantaron el vuelo. Para su sorpresa, el animal ni siquiera se volvió. Tanta mansedumbre y tranquilidad la sorprendió. No esperaba hostilidad, pero sí algún tipo de reacción. Debían estar acostumbradas al paso y a la curiosidad de los numerosos senderistas que atravesaban aquellos parajes durante la primavera y el verano. Los compañeros de Samina la imitaron, animados por su entusiasmo. Cuando abandonaron el prado, adentrándose en una zona más pedregosa, lucían una amplia sonrisa, encantados con la experiencia.

—No entiendo cómo hay gente que es capaz de hacer daño a los animales y de ensuciar y destrozar la naturaleza —declaró Samina con el ceño fruncido.
Durante el camino no había pasado desapercibido a los chavales los desechos que afeaban los tramos más transitados del paisaje: pañuelos de papel, envoltorios, cubiertos de plástico, etc. Incluso habían recogido algunos (frunciendo la nariz con asco) y los habían introducido en las bolsas que llevaban consigo para depositarlos en un contenedor de basura cuando estuvieran de vuelta en el camping. Ya habían hablado del tema con anterioridad, pero Samina volvió a él, y esta vez su enfado era evidente. El contacto con los animales había exacerbado su conciencia ecológica.

—Siempre ha existido gente que no respeta nada. Y por desgracia, siempre existirá —dijo el Sensei—, pero para luchar contra ellos existen personas como tú.

—Yo los metería a todos en la cárcel —respondió Samina sin la más mínima duda en la voz.

—Je, je —rió Hamdi—. Qué radical eres Samina.

—Tiene razón. –El comentario de Alberto apoyando a Samina sorprendió a todos. En primer lugar, creían que Alberto todavía estaba molesto con ella por el puntapié. Por otra parte, desconocían su conciencia ecológica—. Mis antepasados sentían un gran respeto por la naturaleza. Los chamanes enseñaban a estar en equilibrio con ella y a respetarla.

—¿Qué es un chamán? ­—preguntó Irma—. He oído hablar de ellos, pero no sé exactamente quiénes son.

—Eran los hechiceros o sanadores de los pueblos indios del norte y del sur de América —respondió Alberto con tono de erudito.

—Bueno, eso es cierto, pero solo en parte —corrigió el Sensei. Alberto lo miró sorprendido y ligeramente molesto—. Es verdad que en los pueblos indios de América el chamanismo tuvo un gran auge, pero su origen está en Asia.

—¿Asia? —Más que preguntar, Alberto manifestaba su escepticismo.

­—Así es. ¿Nunca te has preguntado por qué los rasgos físicos de tu pueblo y de otros de toda América tienen tantas similitudes con los de Oriente?

—Pues sí, pero pensaba que era una casualidad.

—No es casualidad. Hace miles de años hubo una gran migración de tribus de Asia hacia América a través del estrecho de Bering, que entonces no existía, ya que un gran puente de hielo unía los dos continentes. Este es el motivo de que la estatura, color de tez, forma de los ojos, etc… de los indios americanos sea similar a la de los asiáticos. Y por ello, también existen semejanzas en la cultura y las creencias. Así que, como os decía, el chamanismo se originó en Asia y llegó hasta América. Además, la figura del chamán tiene otras equivalentes en otras culturas muy diferentes a la asiática o a la americana. Por ejemplo, los druidas de las tribus celtas. Tenían prácticamente las mismas funciones que los chamanes, rendían el mismo culto a la naturaleza y se les atribuía poderes muy similares.

—¡Los druidas! Como Merlín y Gandalf —exclamó Luís emocionado. Era un fanático de la literatura épica y fantástica, que tan buenos ratos le había hecho pasar. Incluso los heroicos personajes  que las poblaban le habían servido de modelo para encarar las adversidades, aunque las suyas fueran, en comparación con las de sus héroes, mucho más vulgares y aburridas. A pesar de ello, en numerosas ocasiones, Luís hubiera preferido enfrentarse a un dragón de treinta metros o un troll enfurecido que a las burlas y el rechazo.

—Exacto, Luís ­—ratificó el Sensei­—. Los Magos son la versión legendaria de los druidas.

—¿Y por qué son tan parecidos los chamanes y los druidas? —quiso saber Irma.

—Eso ya no lo sé. Pero fijaos cómo todos los seres humanos estamos interconectados y por eso es tan absurdo el racismo. Los druidas, originarios de la Britania, tan alejada geográficamente de Asia, son figuras casi idénticas a los chamanes. Por otra parte, la humanidad surgió en África y de allí se extendió al resto del planeta. Todos tenemos un origen común. Las razas humanas no existen, solo la raza humana.

—O sea, que vosotros también sois negros ­—observó Hamdi con una sonrisa.

Las risas del grupo rompieron abruptamente la calma del paraje, provocando una desbandada de pájaros.

—Sí, Hamdi. Tienes toda la razón —dijo el Sensei todavía riendo.

—Somos negros descoloridos —apuntó Luís.

Las nuevas carcajadas convencieron a los pájaros que habían echado a volar de lo acertado de su decisión y se alejaron definitivamente del lugar.

—¡Cuántas cosas sabes, Sensei! ­—exclamó Irma cuando la risa se lo permitió.

—Bueno, no soy ningún sabio, pero me gusta mucho leer. La lectura enriquece. Es un buen sustituto de los viajes cuando escasea el dinero. Y eso, como ya sabéis, me pasa a menudo —ironizó el Sensei—. A través de la lectura también aprendí que en la mitología japonesa existen unos seres llamados Kodamas que habitan en los árboles y los defienden si alguien intenta dañarlos. Creo que te llevarías muy bien con ellos, Samina. Normalmente no se dejan ver, pero las pocas veces que deciden mostrarse, lo hacen ante personas que aman la naturaleza, y pueden ser muy amigables con ellas. Son seres de increíble fuerza a pesar de su aspecto aniñado. Se dice que cada uno de ellos vive en el interior de un árbol. Están unidos a ellos por siempre, pero son protectores de la naturaleza en general, y pueden ser implacables con quien atente contra ella, en cualquiera de sus formas: vegetal, animal o mineral.

Samina lo miraba con los ojos desorbitados. La mitología también la apasionaba. El Sensei se dio cuenta demasiado tarde de su error. Aquella información desató una lluvia de preguntas sobre aquellos seres mitológicos que se vio obligado a responder lo mejor que supo. Siguió una amplia disertación sobre seres mitológicos de diversas culturas acerca de los cuales había leído en libros y enciclopedias, tanto impresas como online. El discurso continuó con la declaración de su intenso deseo de aprender más sobre mitología japonesa y una inquebrantable insistencia sobre la necesidad de que el Sensei la ilustrara sobre el tema. Los demás intercambiaban muecas y aguantaban la risa para no despertar las iras de su amiga.

 La verborrea de Samina les acompañó un buen trecho del camino. Los chicos, que comenzaban a estar cansados y deseaban llegar ya al lago, habían desconectado hacía un buen rato del cotorreo, y estaban sumidos en sus pensamientos. Se habían adentrado en una zona húmeda y se oía el sonido inconfundible del agua. Había un río por allí. Esto fue lo único que, por fin, consiguió acallar la voz de Samina, para alivio de todos. Siguieron el sonido acuoso y, efectivamente, allí se encontraba, a unos cincuenta metros de ellos. Era poco caudaloso, el agua llegaría aproximadamente a la altura de la rodilla, pero había valido la pena apartarse del camino; el entorno era maravilloso. Quedaron en silencio atrapados por el canto hipnótico del río. Al cabo de unos segundos, a Hamdi le pareció ver un movimiento en la distancia. Haciendo visera con una mano, enfocó la vista.

—¡Mirad! ¿Eso no es un oso? —La pregunta expresaba más asombro que duda.
Los demás salieron de la ensoñación acuática en la que estaban sumidos y miraron hacia donde señalaba Hamdi.
Un magnífico ejemplar de oso pardo estaba pescando en el río. A esa hora de la tarde, no solían pasar senderistas por allí. El inteligente animal parecía conocer las costumbres humanas y se había confiado. Se escondieron detrás de la abundante vegetación y desde allí lo observaron.
—Será mejor que retrocedamos —dijo el Sensei. Mediante señas, indicó a sus alumnos que se ocultaran tras unos frondosos arbustos que formaban un irregular círculo. En su interior estarían a salvo. Los muchachos, que parecían haberse quedado de pronto sin cuerdas vocales, obedecieron.
—Sensei, ¿no decías que era altamente improbable que nos encontráramos un oso? —protestó Samina una vez se sintió protegida por el parapeto vegetal.

—Efectivamente, dije improbable, no imposible. Pero tienes razón, Samina. No esperaba esto.

—Deberíamos irnos —susurró Luís.

—¡Wak, wak, wak! Gallinita, gallinita —cacareó Alberto mientras colocaba los puños cerrados bajo las axilas y subía y bajaba los codos imitando el aleteo de un ave, haciendo círculos sobre sí mismo en cuclillas.

Todos excepto Luís y el Sensei se llevaron las manos a la boca, intentando que las risas no llegaran hasta el oso.

—¡Silencio! —susurró el Sensei, al tiempo que agarraba a Alberto por la manga de la camiseta y lo lanzaba al suelo sin contemplaciones.

El oso había alzado la enorme cabeza y olisqueaba el aire buscando el origen de la algarabía.

—¡Idiota! —exclamó Luís en voz baja—, vas a conseguir que el oso nos descubra.

—Lo siento –no era muy habitual que Alberto se disculpara ante una recriminación de uno de sus iguales, pero comprendió que Luís tenía razón. Había tomado consciencia del peligro y pasado de la burla al terror abruptamente.

El grupo guardó silencio absoluto, observando al oso por entre los arbustos, dispuestos a salir corriendo si el oso se dirigía hacia allí. El animal volvió a su quehacer devorador, después de unos segundos escrutando el entorno y olisqueando.

—Alberto, nos has puesto en peligro —recriminó el Sensei con voz casi inaudible—. Los osos, tienen un oído muy sensible, además de un gran olfato. Creo que el ruido del agua le ha impedido oírte con claridad. Afortunadamente, estamos en contra de la dirección del viento y no renunciará a su festín fácilmente. De lo contrario, podríamos haber tenido un gran problema. Los osos son muy veloces a pesar de su tamaño.

Alberto volvió a disculparse, arrepentido de su comportamiento.

—Es mejor que por ahora permanezcamos quietos y escondidos. Esperaremos a que termine de comer y se vaya.

—Pues esperemos que no tarde mucho, porque yo necesito orinar —dijo Irma apurada.

—¿No puedes aguantar? —preguntó el Sensei, preocupado.

—Un ratito sí, pero no mucho más.

—Bien, avísame si no puedes aguantar y algo pensaremos —el Sensei intentó transmitir tranquilidad a Irma. Era consciente de que contener las ganas de orinar podía llegar a ser muy desagradable. Cuanto más se intentan reprimir, más nervios producen y más aumentan, convirtiéndose en un círculo vicioso que puede desembocar en un final desastroso para los pantalones y la dignidad del afectado (afectada, en este caso).

—Una opción es que te lo hagas encima —terció Luís.

El Sensei lo miró sorprendido, pues Luís no acostumbraba a hacer ese tipo de comentarios desafortunados a la vez que inoportunos, más propios de Alberto.

Como era de esperar, su atrevimiento le salió caro, pues recibió una fuerte colleja de Irma que hizo retemblar su cabeza, para regocijo del resto de muchachos, especialmente de Alberto, que cayó en tierra riéndose como un loco, tanto del comentario de Luís como de la dolorosa consecuencia de este. No podía dejar de imaginarse la cabeza de Luís sonando como un gong en un templo budista (¡GONG! ¡GONG!…) mientras Irma acababa mojando sus pantalones. Eso sí, esta vez se aseguró de ser silencioso, tapándose la boca con ambas manos. Su vientre y pecho ascendían y descendían frenéticamente y enrojeció como si acabara de tragar entero un jalapeño bien picante.

Al cabo de unos minutos de silencio total, Irma susurró algo al Sensei. Este asintió y le hizo un gesto de calma. Después se acercó a Samina y le dijo algo al oído. Los demás no comprendían lo que pasaba y se interrogaban mutuamente con la mirada. Samina descolgó su mochila, la abrió intentando hacer el mínimo ruido posible, y sacó su poncho impermeable. Alberto, mirando a los restantes miembros varones del grupo, se encogió de hombros e hizo una mueca de incomprensión. Las dos chicas se alejaron reptando sigilosamente unos pocos metros. Samina desplegó su poncho y lo sujetó con ambas manos extendiendo sus brazos todo lo que pudo. Irma se ocultó tras el improvisado biombo.

—Chicos, ahora nosotros nos volvemos y observamos atentamente al oso —susurró el Sensei mientras los obligaba a dar la espalda a las chicas.

Los muchachos obedecieron. A los pocos segundos, se oyó el leve pero inconfundible sonido de un pantalón que se desliza hacia los tobillos acompañado del suave tintineo de la hebilla de un cinturón. En el silencio que se hizo después, se pudo oír un chorrito que caía sobre la tierra. La risa de Alberto se abría camino de nuevo por su garganta atropellada y peligrosamente. Sus manos apretadas de nuevo sobre su boca y el cachete que le propinó el Sensei contribuyeron a que esta no se manifestara en todo su esplendor. Cuando las chicas se volvieron a unir al grupo, la mirada disuasoria de Irma cumplió su cometido: hacerles saber que no era aconsejable el más mínimo comentario, si querían seguir disfrutando de una buena salud.

Siguieron esperando en absoluto silencio. Pasados unos minutos el Sensei comenzó a pensar en la posibilidad de marcharse sigilosamente, pues el hambre del oso parecía no tener fin y la noche se les echaría encima antes de llegar al camping si no emprendían la vuelta ya. Se disponía a comunicarlo a sus alumnos cuando un tremendo estallido ultrajó la calma del lugar. El contraste con el silencio reinante provocó un respingo simultáneo en todo el grupo al tiempo que un rugido de dolor emergía de la garganta del oso. Desde donde se encontraban, a pesar del sobresalto y de la distancia pudieron ver cómo varios fragmentos de lo que había sido un pez brotaban de la boca del oso como si de un surtidor se tratara. El animal comenzó a correr renqueante, dominado por el pánico. Antes de que pudieran reaccionar, un nuevo lamento se unió al del animal. Era Samina, aunque a los demás les costó reconocer su voz. Gemía como si la bala la hubiera herido a ella. Salió de su escondrijo con inusitada rapidez, aullando:

—¡Nooo! ¡Asesinos!

Transcurridos un par de segundos, otro disparo ultrajó de nuevo la paz del lugar. Samina reparó entonces en una pequeña columna de humo que delataba la posición del cazador que había efectuado el disparo. Vislumbró dos figuras que habían salido de su escondrijo entre el follaje. Sin pararse a pensar, se agachó, agarró una piedra y la lanzó contra ellas. Evidentemente, el proyectil de Samina distó mucho de alcanzar su objetivo. Se oyó un nuevo trueno y un puñado de tierra saltó a unos pocos centímetros de sus pies. La chica tardó unos instantes en comprender que le estaban disparando. Oyó cómo alguien agitaba el follaje detrás de ella y se sintió alzada en volandas por la cintura como si fuera un bebé. En pocos segundos, se vio arropada de nuevo por la espesa vegetación. Sonó un nuevo disparo y, casi simultáneamente, vio cómo una rama situada a un metro escaso de ella era amputada por un cirujano invisible. El Sensei dejó a Samina en el suelo y gritó:

—¡Corred!

El pánico impulsó  al grupo a avanzar desordenadamente, sin plan, estrategia, ni rumbo fijo, tropezando con las plantas y las irregularidades del terreno. Llegaron al camino y lo siguieron en busca de ayuda, lo cual probablemente no era una brillante idea, teniendo en cuenta lo desierto del lugar a esas horas. El miedo había bloqueado su capacidad de pensar con claridad. Lo más inteligente habría sido ocultarse entre la vegetación, pues en el camino eran blancos fáciles, pero sus cerebros les gritaban que huyeran, y así lo hicieron.

Un nuevo sonido despertó todavía más las alarmas del Sensei. Se detuvo e hizo una señal para que sus alumnos también lo hicieran y guardaran silencio. Por encima de los jadeos se oía ya el sonido más cercano y ahora claramente identificable: el de un motor. No… dos. ¡Dos motocicletas se acercaban a gran velocidad! El Sensei recobró la serenidad y su capacidad de raciocinio.
—¡Fuera del camino! ¡Seguidme!
Se internó en una zona boscosa esperando que las motocicletas no pudieran seguirles, pero se equivocaba.

«¡Idiota! Llevan motocicletas trail»

Los motores sonaban cada vez más cerca. Estaban a punto de cazarlos. Habían conseguido que perdieran su presa y eso era algo que los furtivos no perdonaban.
El Sensei condujo a los muchachos por las zonas más frondosas, internándose cada vez más en el bosque. Si se perdían, ya encontrarían el camino de vuelta, pero la prioridad era salvar la vida. La vegetación se había espesado tanto que se veían obligados a saltar constantemente. Samina se alegró de la dureza de los entrenamientos en el dojo. De no ser por ellos, ya estaría tirada en el suelo, resollando y con una fuerte punzada en un costado, como le pasaba frecuentemente antes de comenzar a practicar Karate. Posiblemente, la dureza de la preparación física a la que los sometía su maestro les estaba salvando la vida, al menos por el momento. Ya no oían las motocicletas. Seguramente, la vegetación les había obligado a apearse y seguir a pie. Eso era bueno, pero no significaba que el peligro hubiera pasado. Aquellos hombres debían conocer la zona mucho mejor que ellos. El silencio era todavía más inquietante que el ruido de los motores. Éstos revelaban la posición de los asesinos y la distancia aproximada a la que se encontraban. Sin embargo, ahora podían estar a pocos metros de ellos sin que los detectaran. 

Sin duda, el Sensei había llegado a las mismas conclusiones que Samina, pues mediante señas, obligó al grupo a descender la velocidad y a moverse con sigilo. Miraba a derecha e izquierda. La muchacha dedujo que estaba buscando un buen escondite. Avanzaban lentamente, concentrándose en no pisar ramas u otros elementos del lugar que pudieran revelar su posición. A la mente de Samina vinieron las películas bélicas del Vietnam que le gustaban a su padre, en las que los protas avanzaban sigilosamente por la jungla, temiendo una emboscada del Vietcong. Normalmente, sus temores eran fundados y acababan siendo atacados. Esperaba que a ellos no les ocurriera lo mismo y consiguieran evitar la emboscada, pero tenía un mal presentimiento, estaba aterrada. El Sensei se detuvo bruscamente y alzó una mano indicando a los chicos que lo imitaran; el mismo gesto que habría hecho el oficial al mando en las películas que acababa de evocar.

Un enorme claro aparecía ante ellos. Pese a que el miedo no les permitiera disfrutar de la bucólica belleza del lugar, se encontraban en ese tipo de parajes que te trasladan a mundos imposibles en los que los elfos, gnomos, hadas, orcos y otras criaturas legendarias se camuflan entre la vegetación y libran sus eternos enfrentamientos, ocultos a los ojos humanos. Pero lo que los perseguía era bastante más peligroso que esas criaturas, así que se obligó a poner límites a su fantasía y centrarse en el presente. Su mente tenía tendencia a evadirse a través de la imaginación en los momentos difíciles, pero ya no era una niña. La situación requería bajar de las alturas y mantenerse atenta, pisando el suelo.

No había que ser un genio para comprender que el Sensei quería evitar a toda costa el claro. Los continuos movimientos de su cabeza mirando a su alrededor indicaban que buscaba frenéticamente un escondrijo. Después de unos segundos que a Samina se le antojaron horas, el Sensei les indicó que le siguieran. La muchacha localizó rápidamente el objetivo del Sensei. 

A unos metros a su derecha había un árbol frondoso, no demasiado alto, pero de tronco ancho y recio, parcialmente cubierto de musgo. Sus gruesas ramas, que caían perezosamente hasta rozar el suelo, dibujaban extrañas formas góticas y retorcidas que formaban varios huecos semi-ocultos entre él y la húmeda tierra poblada de vegetación, simulando pequeñas grutas. Era un lugar perfecto para esconderse. Parecía estar diseñado para juegos infantiles de princesas, caballeros, dragones y hadas. Volvía a dar rienda suelta a su imaginación. Sentía que ya podía hacerlo de nuevo. Habían encontrado un buen escondite y posiblemente, la salvación. Se ocultaron entre los recovecos del generoso árbol. No hizo falta que el Sensei ordenara silencio. Los chavales no emitían sonido alguno y se pegaban al árbol como si quisieran ser absorbidos por él, ser parte de su corteza, de su sabia, de sus ramas caídas y bondadosas, brazos de una vigorosa madre protegiendo a sus cachorros. El miedo y la incertidumbre deformaban la percepción del tiempo. Podrían haber transcurrido varios minutos o tan solo unos segundos cuando oyeron un susurro. Un movimiento leve que no se oye, se intuye.

Samina sabía que los dos hombres estaban allí, a tan solo unos metros. Aquel árbol de cuento era la única barrera que existía entre ellos y sus perseguidores. Sintió el impulso de asomarse por entre los nudos que formaban las protectoras ramas. Necesitaba verlos para deshacer el conjuro del miedo, pero se contuvo. Los monstruos son mucho más aterradores cuando no se dejan ver. Al mostrarse, por horribles que sean, tienen entidad física, y eso significa que no son invulnerables. Sin embargo, lo que todavía no se ha revelado está envuelto en un halo de misterio que permite hacer volar nuestra imaginación, liberar nuestros peores miedos, que les confieren poderes sobrenaturales.

Poderes que, con toda probabilidad, no poseen. Samina se esforzaba por controlar el temblor que nacía en su interior y que pugnaba por salir. Todo podría haber ido bien, sus dos perseguidores habrían pasado de largo de no ser por lo que ocurrió en ese preciso instante.

Nadie conocía el terror que Luís sentía por las avispas. Cuando era poco más que un bebé, tenía el pelo rizado. Posteriormente, como ocurre con muchos niños, los rizos desaparecerían. Un día, cuando estos todavía se enroscaban en su cabeza, una avispa quedó enganchada en uno de ellos y le picó en la frente. Debido al dolor y la hinchazón de la picadura, Luís lloró durante horas. Aquella experiencia le dejó huella. No podía soportar la cercanía de una avispa. Cuando un nuevo ejemplar con jersey a rayas se posó sobre su mano, los mecanismos irracionales de su cerebro actuaron sin dar oportunidad a que la parte reflexiva de Luís pusiera orden. El peligro de unos furtivos con armas de caza mayor pareció una nimiedad a su cerebro, cuya prioridad en ese instante era deshacerse del insecto que presagiaba una nueva y dolorosa inflamación en su organismo, a juzgar por el tamaño del bicho. Luís manoteó e intentó apartarse de la amenaza bicolor. Los susurros casi imperceptibles de sus perseguidores se transformaron en fuertes y apresuradas pisadas. Dos hombres de tamaño considerable aparecieron en el campo visual de Samina. Cuando el que abría la marcha la vio, una figura oculta por el árbol cayó sobre ellos. El Sensei, ante la obvia imposibilidad de evitar la pelea, se anticipó al ataque, aprovechando la corta distancia, que disminuía considerablemente la peligrosidad de las armas de caza mayor que empuñaban aquellos hombres.
—¡Huid! —gritó en el momento mismo de golpear a uno de los hombres con un Tobi Yoko Geri que lo lanzó al suelo.

Esa fue la primera vez que desobedecieron al Sensei en bloque. Lejos de huir, se echaron sobre el otro hombre. Alberto desvió su arma hacia arriba antes de que el disparo acabara definitivamente con el silencio del lugar. El furtivo recibió una lluvia de golpes de pierna y de puño por parte de Hamdi, Samina e Irma. Luís acudió en ayuda del Sensei. A los pocos segundos, el cazador estaba inconsciente. Todo parecía funcionar cuando en la mano del que todavía permanecía en pie, el más fuerte de los dos hombres, apareció un cuchillo de caza de enormes dimensiones. Los tres chicos palidecieron. El furtivo aprovechó este instante de titubeo para agarrar a Samina por la solapa y atraerla brutalmente hacia él. La muchacha soltó un grito de sorpresa y miedo. Al instante, sintió el espeluznante contacto de la hoja del cuchillo en su cuello, justo por debajo del mentón. Instintivamente quedó inmóvil. El hombre la había colocado de espaldas contra él con gran habilidad. Dedujo que no era la primera vez que llevaba a cabo la maniobra. Probablemente, no era solo asesino de animales. 

Samina había oído hacía unos meses en las noticias que un furtivo había matado a dos guardas forestales cuando lo habían sorprendido en sus actividades delictivas. ¿Sería este? ¿Y qué importaba? Aunque no lo fuera, estaba claro que era capaz de asesinar. Su visión se enturbió por culpa de sendas lágrimas de terror que no tardaron en emprender un rápido viaje hasta su mentón. Por entre las ondas que las lágrimas provocaban en su visión, pudo apreciar cómo el color abandonaba rápidamente los rostros de sus amigos. No obstante, la esperanza se coló por un resquicio al comprobar que no habían quedado paralizados, a pesar del peligro. Lenta e instintivamente, se colocaron frente a ella y el furtivo, apiñándose, transformándose en un bloque compacto. Estaban asustados, pero no se rendían, no la iban a abandonar. Avanzaban lentamente, con pasos casi imperceptibles. A Samina le sorprendió una de esas ideas absurdas y disparatadas que acudían a su mente en los peores momentos. Sus amigos avanzaban como los componentes de las comparsas de las fiestas de Moros y Cristianos a las que había ido alguna vez. A pesar de la resistencia de sus padres debido a que consideraban la fiesta como una muestra de desprecio hacia su pueblo, Samina había insistido hasta conseguir que accedieran. Finalmente comprendieron que era demasiado pequeña para arrebatarle la ilusión a causa de algo que todavía no era capaz de entender: las rivalidades de los adultos. Norte-sur, Oriente-Occidente, dominante-dominado, vencedor-vencido… A ella eso le traía sin cuidado. Solo quería admirar los hermosos y llamativos colores de los trajes de las chicas disfrazadas de moras o cristianas, sus bonitos rostros adornados con brillantes y exuberantes maquillajes, sus danzas sensuales, los malabarismos con las espadas y las cimitarras, sentir cómo el temblor producido por el estallido de los petardos recorría sus piernas como si estuviera conectada al suelo. Lejos de asustarla, la emocionaba sentir cómo la onda expansiva de los fuegos artificiales impactaba contra su pecho. El conjunto era perfecto para una mente inquieta como la suya.

El furtivo, ante el avance de la comparsa, comenzó a retroceder con cuidado para no tropezar, arrastrando a Samina con él. Llegaron al claro y penetraron en él. La brillante luz de la tarde estival le permitió contemplar las expresiones de sus amigos. Había miedo, preocupación, pero también determinación. Le llamó la atención la mirada de Luís. Había fiereza en ella, la misma que había aparecido cuando les había hablado de sus primos. Sujetaba la impresionante arma del furtivo que permanecía inconsciente en el bosque. Samina suponía que su intención no era utilizarla, sino evitar que volviera a ser utilizada por su dueño en caso de que recobrara la conciencia, pues estaba segura de que no sabía hacerlo, ni él ni los demás.

Tras internarse unos cuantos metros en el claro, el furtivo se detuvo.

—No sigáis avanzando o le rajo la garganta —su voz era grave y cascada. Seguramente había pasado mucho humo y alcohol por ese gaznate.

El grupo hizo caso omiso de la amenaza y siguió avanzando. Ya no estaban tan apiñados, comenzaban a dispersarse, probablemente para intentar alguna maniobra de rescate. Samina pensó que era una temeridad, pues el furtivo solo tenía que hacer un pequeño movimiento de su mano para quitarle la vida. Pero esta estaba en manos de sus amigos y confió en ellos. Sabía que no la pondrían en peligro a la ligera.

—¿No me habéis oído? ¡Parad o la mato!

Esta vez, el grupo obedeció.

—Si pensáis que no soy capaz de hacerlo, os equivocáis.

Samina sabía que era cierto. El furtivo se sintió dueño de la situación y cuando volvió a hablar, su voz había ganado en seguridad. Sonó cruel y prepotente.

—¡Eh, chaval! ¿Qué te ha pasado en las piernas? Brillan más que mi cuchillo —soltó una risa seca y despectiva, encantado con su ocurrencia. Era uno de los sonidos más desagradables que Samina había oído en su vida. Hamdi reaccionó como si el cuchillo que amenazaba la garganta de Samina se le hubiera clavado en las entrañas y hurgara allí dentro. Le rompió el corazón ver el brillo de las lágrimas en los ojos de Ham. Sintió cómo el chico se encogía. Parecía haber menguado en tamaño y edad. Adquirió el aspecto de un niño desvalido. Ham había viajado en el tiempo. En ese momento estaba explotando la mina antipersonal y sus piernas saltaban por los aires. El miedo de Samina se encogió con la misma velocidad con la que parecía haberlo hecho Ham y lo sustituyó la furia. Automáticamente, posó su atención en Luís. Todo el grupo estaba horrorizado por las palabras del despreciable furtivo, pero los ojos de Luís echaban fuego. La furia de Samina no era nada comparada con aquella incandescencia. El muchacho estaba a punto de perder el control y eso podía precipitar un final dramático en el que ella se llevaría la peor parte. Esto debería haberla aterrorizado. Por el contrario, pensó que no le importaba, que aquel ser cruel se merecía lo peor, aunque la arrastrara con él.

«¡Adelante, Luís! Yo os he metido en este lío. No me arrepiento de lo que hice, pero al fin y al cabo, es culpa mía. No podemos permitir que haga daño a Ham de esa forma. ¡Haz lo que tengas que hacer! ¡Acaba con esto!»

Luís la miró. Sabía que la estaba «oyendo». Si había podido enviarles aquella llamada cuando Irma y él estaban acorralados por los Khan, también podría captar su mensaje. Sintió cómo la furia de su amigo y el cariño por ella libraban en su interior una cruenta batalla. Su mirada se desvió hacia el furtivo. La incandescencia se intensificó. Samina cerró los ojos.

[1] Tobi Yoko Geri: Patada lateral con salto.

I. El viaje

I. El viaje

Kodama

I. El viaje

Era la primera vez que el Sensei veía a unos adolescentes tan pletóricos después de un madrugón. Había sido puntual, pero cuando llegó al dojo, ya estaba esperándolo todo el grupo, incluido Alberto, que era todo un maestro en el arte de la impuntualidad. La idea del Sensei les había entusiasmado desde el primer momento. Ninguno de ellos conocía el norte del país. En el programa de servicios sociales estaba reservada una parte del presupuesto a excursiones y salidas. Al Sensei se le había ocurrido que un viaje a un parque natural sería una buena oportunidad para disfrutar juntos de la naturaleza y de una nueva experiencia en común. Compartir las veinticuatro horas charlando, comiendo, durmiendo y recorriendo caminos juntos era una buena forma de conocerse todavía mejor.
Como era de esperar, los recursos de los que disponían no eran para echar cohetes. Por ello, cuando el Sensei hizo la propuesta, también advirtió a sus alumnos que si la llevaban a cabo, los gastos agotarían prácticamente el presupuesto y no podrían hacer ninguna excursión más al menos hasta el año siguiente. Sin embargo, no les importó. «Más vale un viaje guay que un puñado de excursiones chungas a lugares que ya conocemos», dijo Alberto, y todos sus compañeros estuvieron de acuerdo. Pasarían los últimos días de agosto allí. El viaje sería corto, pero intenso. Cuando volvieran, tendrían que prepararse para el inicio del nuevo curso, y aunque eso siempre era un rollo, lo harían con las pilas cargadas y el buen sabor de boca que les dejarían esos días juntos, a buen seguro.

—¡Me encanta la naturaleza! —exclamó Samina con una sonrisa beatífica cuando todo el grupo estuvo reunido a la puerta del dojo.

—¡Me encanta la naturaleza! —repitió Alberto, con voz de falsete, imitando la de Samina.

Al instante, Alberto aullaba de dolor, y saltaba a la pata coja agarrándose la tibia. Samina era tremendamente rápida dando puntapiés. Cuando el dolor se hizo más soportable, se apoyó en la pared y continuó frotándose la tibia con la palma de la mano. Hamdi lloraba de risa. El baile de Alberto había sido cómico.

 —¿No la regañas, Sensei? Esta niña es muy agresiva —se quejó Alberto.

—Iba a hacerlo, pero he pensado que quizá no te venga mal para aprender que a veces es mejor cerrar la boca —la respuesta del Sensei provocó nuevas carcajadas entre sus compañeros. Alberto refunfuñó algo ininteligible y acabó por callarse.

A primera hora de la mañana ya hacía bochorno. La más ligera actividad física era suficiente para que la ropa se pegara a la piel. El día prometía ser tórrido, pero en un rato los chicos y el Sensei  ya no estarían allí para sufrirlo. Se sentían aliviados por abandonar la ciudad y viajar al norte. En las latitudes en las que se encontraban, los próximos días iban a ser sofocantes, tanto como para no poder salir de casa hasta que no cayera el sol. Allí donde iban podrían disfrutar toda la jornada sin preocuparse por los golpes de calor. Así pues allí estaban, dispuestos a partir hacia un entorno privilegiado, uno de los parques naturales más bellos del país, donde todavía quedaban lobos y hasta unos pocos osos. Por supuesto, estaban protegidos, pues estaban en riesgo de extinción.

—¿Y si nos encontramos con un lobo o un oso? —preguntó Samina.

—Eso es muy improbable. Hay muy pocos, y tienen más miedo de nosotros que nosotros de ellos —dijo el Sensei.

—¡Sería una pasada! —el entusiasmo de Samina recordó al grupo el episodio del puntapié y todos miraron a Alberto, temiendo una nueva chanza y la posterior respuesta temperamental de la muchacha, pero permaneció callado, con cara de póker. Samina lo miró con una media sonrisa que significaba: «buen chico».

Cargaron con sus mochilas y se encaminaron hacia la estación de autobuses. El viaje fue largo e incómodo. Como todo el mundo sabe, cuando uno se dirige a un destino estimulante y está deseoso de llegar, el tiempo se dilata como el útero de una parturienta. No obstante, paliaron su aburrimiento e impaciencia leyendo, charlando, jugando a juegos que en otras circunstancias les habrían parecido absurdos y aburridos, admirando el paisaje, relatando historias de terror y otras que intentaban hacer pasar por verdaderas, pero igual de inverosímiles, y durmiendo a ratos. Dormir en un autobús produce un dolor de cuello horrible, pero es lo único que queda cuando la conversación y la imaginación se agotan.

 

En la recta final del viaje, los que permanecían despiertos, se vieron recompensados por el brusco cambio de paisaje, de la Meseta Central a la Cordillera Norte. En pocos kilómetros el marrón dominante fue tornándose en un verde intenso, que ya no los abandonaría hasta llegar a destino. A medida que avanzaban, la vegetación se hacía más espesa y exuberante. Las montañas los saludaron aupándose por encima de los árboles, recios y orgullosos. En varias ocasiones vislumbraron animalillos, incluso algún ciervo que desaparecía rápidamente cuando el monstruo rodante se aproximaba a ellos.

Una vez en el camping, tuvieron el tiempo justo para plantar sus tiendas antes de que la oscuridad fuera total. No querían provocar molestias a sus vecinos y aunque había iluminación artificial, no hay nada como la luz natural. Devoraron una cena rápida pero abundante en el restaurante del camping. Es posible que la palabra restaurante no fuera la más adecuada para describir aquel local, que era más un híbrido entre bar y cafetería. Pero preparaban bocadillos y platos combinados de una calidad muy aceptable, que el hambre  del viaje convertía en auténticos manjares. En aquellas tierras era difícil encontrar un lugar en el que la comida supiera mal. La gastronomía era tan variada y sabrosa que hasta en el más humilde de los bares había que contenerse para no comer hasta reventar. Con el estómago lleno, repasaron la planificación que habían hecho antes de emprender el viaje. No tenían más que tres días y había que sacarles el máximo partido. Había infinidad de bosques, montañas y lagos para elegir. Acordaron completar varias rutas en municipios colindantes y dejar para el último la de los lagos. Era famosa en todo el país y todas las guías turísticas la destacaban, calificando de imperdonable el hecho de pasar por allí sin recorrer al menos una parte, pues no todo el mundo era capaz de completarla. Era larga y agotadora. Pero ya se sabe, las cosas que valen la pena en la vida cuestan esfuerzo. Apenas finalizada la reunión, sus cerebros, asaltados con alevosía por el sueño, dejaron de funcionar. A esas horas, la temperatura había descendido en picado. Arrebujándose en sus respectivos sacos, no tardaron en adentrarse en los dominios de Morfeo casi sin darse cuenta. Se podría decir que alguno ya estaba dormido antes de meterse en el saco, y al día siguiente se preguntaría cómo había llegado hasta allí.

 

Durante los dos primeros días recorrieron a pie más de veinte kilómetros por jornada. Por la noche estaban agotados y dormían como bebés. Les encantaba despertarse cada mañana viendo las montañas ante sus ojos. No les molestaba comenzar el día con una temperatura de ocho o nueve grados centígrados en pleno agosto. Todo lo contrario. Era un cambio agradable y les proporcionaba una tregua hasta que volvieran al calor y humedad de su tierra. A mediodía, el intenso ejercicio y el potente sol los hacían sudar, pero raramente se sobrepasaban los treinta grados y el ambiente era seco, con lo cual el calor se soportaba mucho mejor. A partir de las seis o las siete de la tarde comenzaba a bajar la temperatura y por la noche tenían que dormir bien tapados. ¡Qué guay! Amaban su tierra, pero el verano era muy duro allí: caluroso, húmedo y demasiado largo. Las noches estivales en las ciudades de la costa mediterránea eran calurosas y húmedas. Te hacían desear que acabara el verano para poder dormir sin despertarte bañado en sudor, aunque ello significara el comienzo de las clases. Y más aún cuando ninguno de ellos tenía apartamento, chalet, ni nada que se le pareciera, y no les quedaba otro remedio que permanecer en la ciudad medio vacía, aburridos y con la camiseta húmeda pegada al cuerpo todo el día y parte de la noche. Aquel verano estaba siendo mucho más llevadero que los anteriores porque se reunían a menudo y paliaban así el tedio estival urbano. Pero si podían estar juntos y además en un lugar así, ¡mejor que mejor! ¡Era perfecto! No disponían de mucho tiempo, pero lo iban a exprimir como un limón maduro. Iban a sacar todo el jugo a cada instante, a cada paisaje, al rumor de los árboles acariciados por el viento, que alborotaba sus cabellos y arrastraba el sudor de sus pieles. Estaban tácitamente decididos a registrar en sus memorias cada sensación, cada emoción y cada momento compartido en ese viaje. Nada de grabar vídeos y sacar fotos constantemente. La mejor cámara que podían encontrar eran sus ojos y el mejor disco duro, su memoria. Hay gente que se centra en fotografiarlo o grabarlo todo, más interesada en demostrar a sus amigos y familiares que han estado en tal o cual lugar que en disfrutar del momento, del paisaje, de los sonidos, olores, etc. Ellos no necesitaban demostrar nada a nadie, sino vivir una experiencia lo más intensa posible, compartida con sus mejores amigos. No existe ni existirá jamás cámara, ordenador, smartphone ni ningún otro dispositivo que pueda producir ni reproducir tales sensaciones y sentimientos. Quedaría la experiencia, que jamás olvidarían. Estos cinco chicos con pocos recursos iban a disfrutar mucho más de esos tres días que otros mucho más adinerados y caprichosos, que se perderían en la niebla de la electrónica mientras todo un universo de emociones y estímulos sensoriales auténticos pasaba ante sus ojos sin que fuesen conscientes de ello ni les dieran importancia. El byte y el gigabyte no podrían mostrar más que una sombra de la realidad vivida intensamente, de los impresionantes paisajes, sonidos salvajes que jamás antes habían captado sus oídos, el tacto de la tierra, etc.

Tal y como habían acordado al llegar, dejaron lo mejor para el último día: la ruta de los lagos. Además de estos, que según habían leído en internet, eran espectaculares, a lo largo del camino tendrían la oportunidad de disfrutar de prados y zonas boscosas. Un poco de todo. Era la despedida perfecta. Estaban emocionados y un poco tristes al mismo tiempo, por tener que irse al día siguiente. En aquel viaje, los cinco entendieron aquel tópico de «pasó tan rápido como un suspiro». A partir de entonces, ya no les parecería una expresión tan cursi.
Llevaban en sus mochilas lo imprescindible, sobre todo comida y agua en abundancia, más un botiquín, linternas, cuerdas y poco más. Iba a ser la ruta más larga y con más desnivel. Les convenía ir ligeros de peso. Las anteriores habían sido espectaculares, pero eran solo un calentamiento para lo que les esperaba. Los chicos estaban en una forma física excelente después de entrenar durante todo el curso, pero aún así, era una dura prueba. No obstante, estaban ansiosos por partir. A las siete de la mañana ya estaban en pie. Después de un buen desayuno con fruta, leche y cereales, partieron hacia lo desconocido. Transcurridas un par de horas de caminar sin parar, volvían a tener hambre y se detuvieron para comer de nuevo. Después del almuerzo y de una buena charla, se quedaron unos minutos callados, disfrutando del silencio, al cual no estaban acostumbrados en la ciudad. Allí siempre había alguien o algo haciendo ruido. Te llegas a habituar tanto a él, que no te das cuenta de lo que es el verdadero silencio. Y cuando lo «oyes» en plena naturaleza, comprendes lo que te estás perdiendo.

A estos chicos de ciudad, que no habían tenido la oportunidad de disfrutar de la naturaleza más allá de un paseo por el campo a unos pocos kilómetros de sus casas, les emocionó tanto esta sensación que al retomar el camino siguieron sin hablar hasta que, al cabo de un rato, Luís rompió el rítmico sonido de los pasos sobre la tierra y las respiraciones del grupo:

—¡Qué bien! Este verano es el mejor de mi vida. Aquí, en este lugar tan bonito, caminando con vosotros me siento guay, puedo ser yo mismo. Bueno, siempre ha sido así, desde que empecé a conoceros bien, pero aquí ya es perfecto.

El grupo aminoró la marcha, mirando a Luís con sorpresa. Tales arrebatos de entusiasmo y espontaneidad no eran frecuentes en él. El muchacho enrojeció y miró al suelo. El Sensei apoyó una mano sobre el hombro.

—Me alegro de que te sientas tan a gusto con nosotros, Luís. Creo que puedo afirmar en nombre de todos que el sentimiento es mutuo.

—Claro que sí —terció Irma—. Te aseguro que yo te puedo comprender perfectamente.

—Pero, ¿por qué no te sientes tú mismo cuando no estás con nosotros? —la mente analítica de Hamdi no podía dejar un resquicio a la duda, necesitaba entenderlo todo al cien por cien.

Luís tardó unos segundos en responder. Parecía estar reflexionando, eligiendo cuidadosamente las palabras. Sus compañeros habían recuperado el ritmo y empezaban a pensar que Luís no respondería, cuando dijo:

—Con vosotros no tengo miedo a mostrarme como soy porque sé que me aceptáis y no me vais a juzgar. Me respetáis como yo os respeto a vosotros. Ya sé que todo esto del respeto nos lo ha enseñado el Sensei desde el principio, pero hay algo más, como si nuestro destino fuera encontrarnos.

La afirmación volvió a asombrar al grupo. Nadie respondió. Solo se oía el canto de los pájaros, el susurro del viento y sus pasos. Luís continuó:

—Si no fuera por vosotros, ahora estaría en el chalé de mis tíos con mis odiosos primos y primas, soportando su crueldad.

Hamdi alzó las cejas, asombrado y volvió a la carga:

—¿Son crueles contigo? ¿Por qué?

—Son unos niños pijos —respondió Luís, lanzando una piedra de una patada a varios metros de distancia. Su rostro se había ensombrecido—. No me aceptan y me lo hacen saber. Algunas veces me insultan, otras se ríen de mí porque no llevo ropa o zapatillas de marca como ellos. A veces simplemente me ignoran, hacen como si no estuviera allí, como si ni siquiera existiera. Eso es lo que más duele, todavía más que los insultos o las burlas.

Después de una pausa, se giró hacia su izquierda, donde se encontraba Alberto y le dijo:

—¿Entiendes ahora por qué me enfurecía tanto cuando me llamabas niño pijo?

Alberto asintió gravemente.

—¿Y por qué hacen eso? ¡Son tu familia! —Samina apoyó las yemas de sus dedos índices en ambas sienes, en un gesto que ilustraba lo incomprensible que era para ella tal actitud.

—Eso no les importa. No pertenezco a su tribu. Me desprecian por mi timidez y porque no soy rico como ellos. Porque ellos van a un colegio privado y yo a un instituto, ellos viven en un barrio de ricos y yo en uno de trabajadores, etc. No los envidio. No quiero ir a un colegio privado, ni vivir donde ellos viven. Sé perfectamente cuál es mi sitio y no me avergüenzo de ello, pero me repatea que se burlen y presuman. Me sacan de quicio. ¡Los odio!

—Pues alégrate por no ser de su tribu. Tú eres mil veces mejor que ellos —dijo Irma con un rictus de desprecio.

Luís agradeció las palabras de Irma con una sonrisa triste.

—Pero lo paso mal. Y deseo incluso que se acaben las vacaciones, para irme de allí.

—Lógico —convino Irma.

—¿Y por qué tu padre sigue llevándote allí? —quiso saber el detective Hamdi.

—No me cree. Dice que miento, que me lo he inventado porque no quiero ir. Admira a su hermana y su cuñado porque tienen dinero. Desea formar parte de su vida de lujo. Le es más fácil decir que miento que enfrentarse a ellos. ¡Es un cobarde!

—No hables así de tu padre, Luís —le recriminó el Sensei—. Tus conclusiones son precipitadas. Tu padre se equivoca al obligarte a pasar las vacaciones a un lugar en el que no te sientes a gusto, pero probablemente sus motivaciones no sean las que tú crees y piense que es mejor para ti estar allí que aburrido y pasando calor en la ciudad.

—No. Él sabe perfectamente lo que pasa, pero no le importa. Y prefiero un millón de veces quedarme aburrido en la ciudad y asarme de calor a estar allí. Además, realmente mis tíos desprecian a mi padre igual que mis primos me desprecian a mí, solo que lo disimulan porque son unos hipócritas. Hacen su buena acción del año, dejándonos pasar unos días en su chalé con piscina. Así, mi tía piensa que con eso y un par de llamadas al año, ha cumplido sus obligaciones con su hermano. Pero si mi padre acepta su caridad, ¡yo no!

El tono de Luís había ido ganando en desprecio y rabia hasta sus últimas palabras, que surgieron con un tono mucho más alto y violento de lo habitual en él. Su mirada quedó clavada  en un punto indeterminado. Luís estaba lejos de allí, lejos de sus amigos, en un abismo de oscuridad del que era necesario salvarlo. Los cinco lo miraron preocupados. El Sensei quedó impresionado por el odio que percibió en su voz, pero se apresuró a decir algo que sacara a Luís de la vorágine de rencor en la que se hallaba atrapado:

—Lo importante es que ahora estás aquí, con nosotros —dijo, enfatizando las dos últimas palabras—, como bien has dicho. Y eso significa que te ahorrarás unos días allí. Vivamos el presente, y disfrutemos del paisaje y de la compañía.

Luís asintió y sus compañeros se mostraron aliviados, pero solo había vuelto parcialmente del abismo. Una parte de él seguía allí, enganchado a su furia y su amargura, a solas en la oscuridad. El Sensei lo sabía, aunque fingía no darse cuenta. Los ojos de su alumno no habían vuelto a ser los mismos desde que pronunciara aquellas palabras llenas de rabia. Alberto echaba miradas de preocupación de tanto en tanto a su amigo. Su vínculo con él le hacía intuir que algo andaba mal. Los demás, ajenos ya al incidente, habían vuelto a centrarse en el paisaje; estaban convencidos de que las nubes de tempestad se habían despejado, pero el Sensei intuía que, lejos de ello, se espesarían todavía más. La tempestad podía convertirse en tifón y arrasarlo todo a su paso. Era cuestión de tiempo. Después de las enconadas palabras de Luís, sospechó que en la pelea con sus acosadores, el odio que sentía por sus primos había jugado un papel importante y quizás, en su mente, los Khan no fueran los únicos que recibían sus golpes.